La despedida

Un beso dulce que sabe amargo,
un abrazo que no se puede soltar;
una sensación convertida en nostalgia,
un recuerdo que empieza a asentar;
una emoción que sufre contenida,
una aflicción que no se quiere mostrar;
una voz cohibida que calla mucho,
una mirada triste que no para de hablar.

Una profunda mirada intenta retratar
como una cámara de fotos emocional;
una acariciante mano busca esculpir
los rasgos frágiles de una presencia sutil;
una certeza estéril el saber que es lo mejor
porque la separación igual rompe el corazón;
una fría y monótona voz se interpone al dolor,
la del guardia que exhorta al último adiós.

La tristeza que se expresa rendida,
la humedad que se queda contenida;
el alma que se contrae afligida,
el dolor que crece y aniquila.

Una calma que demora en llegar,
una zozobra que no se puede ocultar;
una rutina que ayuda a olvidar,
una realidad que obliga a continuar.

La tristeza de Natalia

El banco de la plaza nos recibe con un fuerte olor a meo. No hay nadie en él ni nadie cerca. El hedor es fuerte y profundo—penetrante. No sólo contiene pis: puedo sentir un dejo a vino de tetra y algo más que no llego a apreciar. Natalia se siente incómoda de sentarse ahí; yo también, pero la plaza está llena así que le digo que no pasa nada. Me siento para apoyar mis palabras, aunque inspecciono antes que no haya nada sospechoso. Ella no se sienta. Duda inquieta y mira con aprehensión y disgusto. Estiro la mano para darle aliento. Hace una mueca pero se sienta, con cuidado y sufrimiento.

El hedor nos envuelve. No es un olor que se sienta en un lugar específico: parece estar en todos lados, como si alguien hubiera meado cuidadosamente cada rincón del banco y todos sus alrededores. La miro preocupado; ella me mira con el entrecejo fruncido. No pasa nada, le digo y la abrazo.

Un poco de viento comienza a soplar y miramos como arrastra las hojas marrones que están desparramadas por el piso. Las hojas, algunas ramitas y un par de papelitos. También el olor—por suerte—se va. Natalia suspira, le gusta la caricia del viento; yo la aprieto contra mí. Eso también le gusta y trata de sonreír. Creo que lo hace: no le puedo ver la cara, que está apoyada en mi hombro, pero lo supongo.

En silencio observamos a nuestro alrededor. El cielo está despejado. Está pintado de un azul difuso. No es celeste: es un azul sin fuerzas, un azul débil, invernal. Lo mismo pasa con el sol: no se distingue como un círculo nítido sino como una mancha borrosa y cegadora. Contemplamos también los árboles, cuyas copas se transparentan a contraluz, las ventanas de los edificios que resplandecen los rayos del sol, la gente que pasa sin apuro y la que, serena, espera el colectivo.

—¿Cómo estás?—le pregunto.

—Bien.

—¿Cómo te sentís?

—Bien—me vuelve a responder, pero menos convencida y con la voz apenas quebrada.

—¿Cómo estás?

Esta vez no me responde y la escucho llorar muy quedo, tanto que no sé si es verdad o me lo imagino. Le acaricio el rostro con la mano. La paso suavemente desde su pómulo hasta la comisura de sus labios y siento en el camino la humedad de sus lágrimas. No digo nada; la sigo acariciando.

Ahora llora más fuerte pero en silencio. Escucho como aspira aire, mocos y dolor. Me muevo un poco para sacar un pañuelito que tengo en el bolsillo del jean y se lo doy. Intuyo un gracias en la frase ininteligible que me dice. La escucho limpiarse la nariz. Recupera el aire, ahora más limpio. Siento en mi mano acariciante la suya que se seca las lágrimas.

Poco a poco se serena. Respira profundo un par de veces buscando valor. Se levanta de mi hombro y le veo la cara más triste que le conocí. Parece mentira que en ese rostro que formó tantas sonrisas alegres y que me abrió la puerta a un mundo mejor ahora exponga cejas contraídas, ojos rojos y labios compungidos. La miro con cariño y le ofrezco una sonrisa triste que comparte su dolor.

—¿Vamos?—me dice y se para determinada.

La abrazo fuerte y empezamos a caminar.