Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

El boliche más inclusivo de todos

Existe una utopía a la que todo filósofo debería tomar de modelo,
un lugar que se busca con más empeño que la entrada del Cielo;
donde todos tienen la puerta abierta y nadie se queda afuera,
donde todos son iguales y nadie mira al otro en forma altanera;
donde no importa si sos alto, bajo, rollizo o delgado,
si sos negro, blanco o de un marrón no categorizado,
si llegaste al mundo recién o festejas este día como uno ganado,
si estás en la flor de la vida o tu vida es una flor que lentamente marchita;
donde no importa si sos hétero, gay o transexuado,
si tu situación es casado, viudo o algún otro estado,
si cambiás todos los días de novia o estás solo y mortificado,
si salís seguido con tus amigos o te la pasás aislado en tu pieza;
donde no importa si sos budista, judío, musulmán o cristiano,
si crees en Dios o sos un ateo que nunca se ha confesado,
si sos obrero, clase media o un cerdito acaudalado,
si sos de izquierda, indiferente o más bien derechista;
donde no importa si tenés un trabajo digno o estás desempleado,
si sos cumplido, serio y honrado o un transgresor por la policía buscado,
si vivís en una villa o en el más exclusivo barrio cerrado,
si te sobra el dinero o no te alcanza ni para dos galletitas;
mientras tengas un billete de circulación válido
o un rectángulo con tu nombre hecho de plástico
(y que cuando pase por el aparato diga que tenés saldo)
podés entrar al boliche más inclusivo de todos;
pero si no tenés un medio de pago a mano,
vas a aprender lo que es el ostracismo, estar out y ser ignorado
porque este club es un lujo…
pero sólo para los que están invitados.

Los disc-jockeys de la conversación

Muchos de nosotros somos inconscientes disc-jockeys. Somos los animadores de la fiesta que hacemos cotidianamente de la conversación. No es que nos contraten para serlo: por lo común nos quieren echar, pero estamos tan entregados a nuestra pasión que lo hacemos sin cobrar y aún a costa del deseo de los demás.

Alguien comenta un tema e inmediatamente sacamos el disco que lo contiene y pasamos una por una todas las canciones del compacto. Desde nuestro rincón en el evento monopolizamos el sonido y difundimos, a todo volumen y sin interrupción, cada una de las pistas pertinentes. Creemos que los demás bailan de alegría con nuestra música, pero sólo agitan los brazos resignados.

Algunos ingenuos quieren que pasemos un determinado tema, pero casi nunca aceptamos tocar lo que nos piden. Otros—animales—pretenden interponer otro artista o pasar una canción de otro género; en esos casos defendemos nuestra música con la misma fiereza del láser que la grabó. Si a los demás no les gusta la canción o no los termina de convencer, la repetimos de nuevo. La pasamos una y otra vez hasta que el disco queda plasmado en la mente del otro.

Si alguien pone en duda nuestro conocimiento musical sacamos a relucir nuestra completa y exhaustiva colección de discos. Apabullamos de datos y números con la erudición de un fanático apasionado por la música—pero sin oído para ella. Un frustrado intérprete sin habilidad ni para el canto ni para un instrumento que canaliza en un eterno long play lo que no pudo lograr en ejecución.

Acumulamos temas sin cesar. Nuestra colección es inmensa: no importa el género, la época o el artista de todo tenemos un disco. En el peor de los casos tenemos por lo menos un tema. Rara vez algún mal DJ admitirá que no tiene una canción—¡y para qué! Será criticado por los otros debido a su falta de preparación y para corregirlo, para que aprenda, recibirá una demostración de saber musical.

Jamás nos cansamos de nuestros ritmos. Tenemos puestos unos auriculares virtuales que nos aíslan del ruido exterior y así podemos deleitarnos encerrados en la pasión de oír una y otra vez nuestros temas favoritos harto repetidos pero jamas gastados. Como dice la canción, it‘s only rock and roll pero ¡cómo nos gusta!

Cruzar la calle

El hombrecito del semáforo deja de titilar y se pone rojo; en las luces redondas se encienden la colorada y la amarilla. Él igual avanza. Sabe que es tonto lo que va a hacer. Yo sé que sabe porque se le nota un rubor en la cara y su andar es rígido. El conductor del auto en primera fila también lo sabe porque lo putea mentalmente. Sé que lo putea porque veo la cara de culo que pone. No pasa nada, sin embargo.

El pibe cruza estresado pero despacio. El conductor lo mira iracundo pero en silencio. El chico termina de cruzar y mira para atrás de reojo, pero aliviado. El automovilista pisa el acelerador y arranca, muy apurado. Yo los miro avanzar y me quedo como estoy—parado.