Vidriera

Todo negocio
un café, un banco, donde te cortan el pelo
es un escaparate
de ventanales inmensos y luces brillantes
donde la exposición en vidriera
sos vos—vos, hecho producto,
y todos te miran a su paso
y vos mirás a todos desde tu silla
y varios anhelan estar en tu sitio
y vos disfrutás ser el centro de anhelos.

Amor a la vista

Mientras marchamos por la vida nos miramos unos a otros. Aunque la mayor parte de esas miradas no pasan de un instante y casi nunca se vuelven a cruzar, no dejan de dialogar. En ocasiones, más que conversar esbozan pequeñas historias que germinan a veces progresivamente, a veces vertiginosamente, en nuestras abstraídas mentes de transeúntes. En la mayoría de las ocasiones no son más que cotidianos eventos intrascendentes, pero en alguna que otra oportunidad progresan hasta convertirse en dramáticas y emocionantes telenovelas llenas de amor y desencuentros.

A veces las retinas expandidas exponen un amor ardiente. Un deseo profundo y latente que se descarga como un rayo. Los ojos, los rostros o una sonrisa comparten un universo de adoración en un efímero instante.

Otras veces sentís que esos ojos fulgurantes esconden una divinidad ajena a tu insustancial realidad. Boquiabierto admiras esa realeza como un sumiso vasallo que percibe en su soberano a un enviado de Dios.

En ocasiones la comunicación es romántica y tierna. Cruzás la vista con una de esas miradas llenas de dulzura en una persona a la que te gustaría morir abrazado. Tu corazón queda palpitando por un lapso, tu mente divagando en epopeyas de amor y perdices.

A veces tu amor sufre despechado. Mirás con ojos lujuriosos y la boca llena de baba, pero recibís a cambio una inspección dura y cortante que te ignora con menosprecio. A veces tu mirada deseosa y ansiosa encuentra unas pupilas que manifiestan la paz de una estable pareja amorosa, retinas que te miran con chanza porque empatizan con tu situación pero disfrutan con gozo de la suya.

A veces el amor es imposible. Las miradas se cruzan—pero tarde y dejan flotando en el aire la sensación de algo perdido, como cuando se te ocurre una idea legendaria a la que una distracción vaporiza y queda perdida por siempre en el éter.

A veces te enamoras en secreto. Empezás a imaginarte con tu media naranja en un romántico cuento de hadas hasta que el otro abre la boca y te das cuenta que es un tomate podrido. Sus palabras repercuten en tu pensamiento como una autobomba que avanza con la sirena puesta y los bomberos dispuestos y a toda máquina apaga en un instante el fuego de tu arrebato.

A veces te sostienen la mirada unas pupilas persistentes y delirantes de entusiasmadas hormonas adolescentes; a veces son unos ojos maduros y solitarios los que te curiosean con un coqueteo sutil. A veces observas deleite y alegría, a veces una mortificada desesperación; a veces los ojos muestran un ser que perdió toda esperanza, a veces son dos tímidos soles que vuelven a clarear luego de una larga noche; a veces son miradas cohibidas, secas de tanto lagrimear; a veces son ojos decididos que previsiblemente se van a golpear.

Glamour

Ella trota con un aire de seducción. Se siente diosa y se mueve coqueta. Busca el glamour con su ropa y con su actitud, pero su pancita no engaña a nadie: la seducción sigue estrictas dietas. Sus aires de diva quedan así: en el aire, y en las letras de las canciones de sus artistas favoritos, que la comprenden, que la valoran y que le permiten fugarse en fantasías de amor.

Termina de correr, recupera el aire y revuelve su cabellera como en un aviso de champú mientras aprovecha para mirar de reojo si alguien la mira, si alguien la nota, si alguien la admira. Pero no: nadie. Un encanto sin aprecio, un estrellato sin fama. No importa, se consuela; ellos se lo pierden piensa mientras se aleja caminando despacio y cabizbaja.

Intimidad en la mirada

Fue un hecho tan emocionante y dramático que tuve que escribirlo. Cruzamos la mirada y por una fracción de segundo parecía que nos enamorábamos. Ella toda linda, con el pelo claro refulgurando a contraluz. Tenía un brillo especial en sus ojos y me dibujó una media sonrisa decidida pero casi imperceptible desde unos labios carnosos que invitaban a un atracón. Mis ojos se abrieron atentos, mis labios se partieron de amor, de mi estómago salían mariposas multicolor. Entonces pasó.

No fue tan sonoro como hediondo. Ahí me di cuenta que las mariposas no eran de amor: huían del caldo indigesto que se formaba en mi estómago. Aunque lo venía midiendo (para mi alivio ya estaba cerca de casa) su mirada me desconcentró. En su cara de ángel la mueca cambió de dirección: de una tímida sonrisa a un decidido asco. Que hij’ de puta, me dijo mientras se alejaba presurosa y tapándose la nariz. Yo la seguí con la vista, con la cabeza gacha y el culo fruncido; con la mirada de un perro que sabe que se portó mal y quiere que su dueño lo perdone. Ni en pedo me perdonaba. Igual, todo bien: fue una de las relaciones más íntimas que tuve de amor a la mirada.

Tenía hambre

Llegó mi cerveza. Con los manises, por supuesto: como corresponde. A la par llegó ella, regordeta y emperifollada. Se pone en la mesa de al lado. Me examina. De reojo me mira, de refilón, como sin hacerse cargo de su mirada. Cuando la miro se hace la que nada que ver y mira para otro lado. Se hace la tonta, ya sé. Ella también lo sabe y lo mismo se hace la tonta.

Lleva zapatos rojos, un vestido largo de un gris oscuro y una bufanda del mismo color pero con un tono verdoso y un dejo metálico, como hecho con esos hilos brillantes que simulan oro sólo que este es de algún otro metal, un metal gris-verdoso. Me hago el distraído y sigo con lo mío. Ella sigue con sus miradas. No me contempla a mí, enseguida me doy cuenta. A pesar de mi buena pinta no le importo un pito: tiene otra cosa en la mira.

Agarro un puñado de manises y sigue el movimiento de mi mano con sus ojos negros. La miro de improviso y la sorprendo por una fracción de segundo antes de que vuelva a desviar la vista. La sigo examinando y ella como si nada, aunque noto que se mueve cada vez más inquieta en su silla.

Me mira y ahora me sostiene la mirada unos segundos; después ojea el platito de los manís. Enseguida me vuelve a mirar y después desvía la mirada y observa a su alrededor. Debe tener mucha hambre, pienso. Me vuelvo hacia atrás y me relajo en la silla como invitándola a dar el primer paso. Me observa fijo. Mira el maní y me vuelve a contemplar; entonces revolotea hacia mi mesa.

Ahora está alerta. Da un par de pasos tímidos mientras me vigila recelosa. No mira el maní: me mira a mí para ver como reacciono. Le sonrío, entonces deja de observarme y concentra su atención en el maní. Se arrima al platito avanzando en diagonal, con pasitos cortos y saltarines. Me relojea una última vez y le entra a dar duro.

Agarra uno con el pico, lo traga mientras eleva la cabeza y la baja para agarrar otro. Con una velocidad que me da vértigo come cuatro o cinco. Mientras come ni me mira, aunque está alerta. Hace una pausa y se aleja un par de pasos para digerir. Curiosea todo a su alrededor—siempre de reojo. Se acerca una vez más, ya más relajada, y engulle un par más. Me observa. Fijo me mira, como si quisiera guardar mi rostro de recuerdo, quizás también como si quisiera agradecerme; después se larga a volar.