Epopeya de una realidad meritoria

I

Los contactos son un capital importante:
uno puede ser vago, irresponsable e ignorante,
pero si tiene buenos amigos
las puertas se le abren.
Así es como pasó un día
en que había que cubrir una vacante.
El puesto estaba por ser otorgado
a un candidato de perfil impecable,
pero unos minutos antes
de esa elección tan destacable
el dueño recibió un pedido:
un querido amigo de la facultad
recurría a su apoyo afectuoso
para colocar con él
a su más ilustre pimpollo
que, —¿viste como es?
Está medio perdido…
Necesito que enfoque su mente
y avance recto
por lo menos un trecho…
—No te preocupes, querido,
mandalo nomás, que de él
yo me hago cargo.
Así te encontrás de sorpresa un lunes
con el gerente anunciando
tu nuevo jefe,
que a partir de ese aciago día
hará que maldigas tu suerte.
—Juan es de lo más competente,
dice el capo delante de todos
mientras el otro lo mira bochornoso
acalorado por comentario tan temeroso—
empieza hoy y promete mucho…
Bueno, los dejo tranquilos y solos
para que aprovechen
y se conozcan un poco.
El patrón se retira del grupo
dejando tras de si
un silencio muy sustancioso.
El nuevo superior
sonríe como un bobo
y la calma expectante
queda oscurecida de pronto.
Junta valor para dar su primer mensaje
las palabras que sellarán
la suerte de todos.
—No se crean todo lo que dijo,
dice sudando vergonzoso,
pero sé que juntos vamos a alcanzar
destacados logros.
Risas forzadas y apretones de mano
disimulan las caras de espanto;
miradas furtivas e incrédulas
acompañan su lento retorno al despacho.

II

Cuando los retoños toman el poder
se encuentran con un dilema de engorro:
no saben que hacer
sentados en su escritorio.
El problema con estos genios
no es sólo que no pueden ser productivos:
tampoco dejan serlo a los otros.
Se sienten mal
al ver el laburo ajeno
y a él le quieren adicionar
su pequeño grano de arena.
Con ello lo único que logran
(indefectiblemente)
es desarrollar
un gigantesco agujero negro.
Por eso si ves algo que no cuadra
en un trabajo por lo demás muy bien hecho
ya sabés quien fue
el que ofreció su sabio consejo.
Por suerte sólo se fijan
en lo que para ellos es más importante:
el diseño y su aspecto;
así que a corregir esos dobles espacios,
a resaltar con negrita, cursiva y subrayado
y poner bien grande y en el centro
ese elemento horrible
que se le ocurrió debía ir,
en un arrojo,
a su ingenio.
Sus variadas habilidades
para disfrutar de la vida
chocan con una realidad peliaguda
cuando llega el momento fatal
de tomar decisiones,
dirigir el equipo
o resolver los problemas.
Frente a cada proposición disyuntiva
no saben con que alternativa
van sellar su destino
y el de todos los otros.
Ante cada opción elegida
queda expuesta su desnudez
para oculto sarcasmo
de sus atónitos subalternos.
Incrédulos éstos miran
a esta bestia ignorante
dar confusas explicaciones
a las respuestas requeridas,
cada una de las cuales
cuesta en gran parte ser digerida
y es imposible de ser emprendida.
Aquel, como un animal en peligro,
busca liquidar el asunto espinoso
para refugiarse en su oficina
y evitar por un rato el sofoco.
Por encima de su monitor
atisba temeroso
la reacción de aquellos salvajes
que con garras le mostraron
el conocimiento y la destreza.
No es que le preocupe la burla
de éstos sus criados
(eso lo tiene sin el menor cuidado)
pero no quiere quedar mal parado
ante el amigo que generosamente
le dio la mano.

III

La solidaridad, empero,
es el código de honor
entre los que se encuentran en falta
y por cada necio puesto a dedo
siempre hay por ahí
uno o dos zalameros.
La amistad crece con envión y sin freno
entre el inútil que busca un aliado
y el que para vivir
está a todo dispuesto.
Empleado bien entrenado
que a todo lo que dice el jefe
asiente
y de cualquier chiste se ríe
como un simpático bufón
ante su soberano.
Sumiso se muestra ante su jefe,
ingenuo ante sus compañeros.
El equipo lo mira como a un traidor
que indiferente tira al tacho
tanto arduo trabajo
por acatar la expresa orden
de un mandamás irritante
que hace planteos tan dignos
como la opinión de un infante.
Como un chiquito obediente
replica las quejas de sus colegas
respondiendo con cara de sonso
que él no tiene la culpa de todo.
Los peores son, sin embargo,
los que en el medio se quedan.
No cortan la relación con los chupamedias
y a la par de los otros se quejan;
pero de frente al jefe
silenciosos esperan:
no se arriesgan ni a elevar
un tono su voz.
Con cara inocente miran sorprendidos
la frustración de los otros
enojados con ellos
por su neutral timidez.
Como diplomáticos del Vaticano
quieren unir a todos
como si fueran hermanos;
igual que aquellos ilustres santos
son sus resultados.
Contra jefes salames
y compañeros zalameros
los demás siguen su lucha
con perseverante denuedo.
Una batalla estéril
de resistencia agotante
contra tan poco ingenio
y tan enorme flojera.
Poco a poco
los ánimos tibios se incendian
y las discusiones se caldean,
pero despacio la bronca se asienta
hasta que el cansancio
la apaga del todo.
Los mejores
(o más suertudos)
comienzan su retirada
a horizontes mejores;
los otros
ven crecer su desesperación
hasta convertirse en sarcasmo.
Negativos, críticos e insoportables
ya no se bancan más el desastre,
pero por un motivo o por otro
nunca abandonan la nave.

IV

El mundo sigue
entretanto su rumbo
y en la inverosímil dimensión del demérito
los jefes impresentables
logran subir otro puesto.
Como son agradecidos
de aquellos que agua les dieron
mientras paseaban por el desierto,
utilizan su reposado dedo
para elevar con ellos
al más meloso de sus subalternos,
generalmente—el peor de todos.
Así se escribe la carrera meritocrática:
la amistad, la conveniencia y la experiencia
(para chupar las medias)
abren las mejores puertas.
Pero nada teman
los que privilegian otras competencias:
todo inútil siempre necesita alguien
que haga la parte que le cuesta
(después de todo
el área tiene que funcionar.)
Lo único que pide a cambio
es que no se le discuta
(no importa lo absurdo de lo que diga,)
que le dejen llevarse el mérito
(porque quiere mostrar su agradecimiento
con aquél que le dio el puesto)
y que sonrían y lo entretengan
cuando aparezca cada dos minutos
a matar los resquicios de tiempo
en su agenda exhausta de compromisos.