Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

Calzado para matar

Me despierta un poco de curiosidad la tendencia o moda femenina de usar robustos borcegos que imponen respeto hasta al más gorila de los soldados. Botas con cinco centímetros de plataforma hecha de plástico duro y puntín reforzado.

El tamaño del botín, observo, es inversamente proporcional a la delgadez y fragilidad de quien lo lleva. Flacas y delgadas pero, eso sí, no débiles: marchan con la misma seguridad que el ejército del zar y aunque no parecen muy agresivas, guay del noviecito que se quiera retovar.

Cruzar la calle

El hombrecito del semáforo deja de titilar y se pone rojo; en las luces redondas se encienden la colorada y la amarilla. Él igual avanza. Sabe que es tonto lo que va a hacer. Yo sé que sabe porque se le nota un rubor en la cara y su andar es rígido. El conductor del auto en primera fila también lo sabe porque lo putea mentalmente. Sé que lo putea porque veo la cara de culo que pone. No pasa nada, sin embargo.

El pibe cruza estresado pero despacio. El conductor lo mira iracundo pero en silencio. El chico termina de cruzar y mira para atrás de reojo, pero aliviado. El automovilista pisa el acelerador y arranca, muy apurado. Yo los miro avanzar y me quedo como estoy—parado.

Tonadas

Los mendocinos hablan como chilenos, los salteños como bolivianos, los formoseños como paraguayos, los misioneros como brasileños, los santiagueños como mejicanos y los porteños—como los culiados que son.

En el supermercado

Es sábado, día de compras,
así que al súper, con fiaca, te vas.
La misión es una y concreta:
evitar tentarte para no gastar de más.

Hoy está en oferta un producto,
una marca a la que no te le animás.
Las opciones igual no son muchas:
es la única alternativa que hay.

Los precios son como una lotería
en la que nunca acertás:
salen todos los números
menos, justo, el que buscás.

Parado frente a la góndola
con la regla de tres te esforzás,
evocando a la profe que siempre decía
“algún día la vas a necesitar.”

Las heladeras de ningún modo se apagan
(eso es lo que debería pasar)
pero tocás el queso fresco
y parece bacalao puesto a dorar.

Apurado rastreás la fila más corta
con la mitad de las cosas que pudiste hallar
sólo hay un cajero que atiende…
y con pocas ganas de laburar.

—¿No tenés cincuenta centavos?
—No sé ni lo que es una moneda ya.
La cola mira, se fastidia y espera
mientras el cajero, tranquilo, sale a buscar.

A tu lado los dulces te tientan,
una cervecita no estaría mal,
pero tu voluntad se afirma y hace fuerte
agarrás unos caramelos—pero nada más.

Comprás dos o tres cosas
y dos tercios de tu sueldo se van
pero no son los precios que suben
es una impresión de tu bienestar.

Los que no entienden nada de fútbol

Me molesta la gente tonta. No el tonto que lo es porque no tiene el conjunto completo o porque no tiene buenos jugadores sino el que tiene equipo y no lo hace jugar. No lo hace entrenar, no lo saca a la cancha o, si lo hace, deja a los jugadores parados en el campo de juego como los conos en el entrenamiento.

Algunos me dan la sensación de que ahí adentro tienen un equipo de jubilados. Los miro sobre el hombro mientras espero con paciencia los cuarenta y siete minutos (dos adicionales) que tardan en abrir el adjunto que les mandé. En otras ocasiones es como si tuvieran un conjunto de Homero Simpson, tele y sillón incluidos, apachorrados en la cancha del diálogo. Parece que tuviera que ofrecerles una cerveza Duff para que se despierten lo suficiente como para expresar la respuesta que necesito.

Algunos (a pesar de que tienen el mismo equipo que yo y que va último en el torneo de los sábados) creen que son el Barça. No sólo se creen lo que no son sino que además intentan demostrarlo y se ponen a hacer jueguitos con sus explicaciones con la misma habilidad argumentativa de un chiquito de cuatro años.

En algunos equipos pareciera reinar el desorden. Es como si no tuvieran un mínimo de táctica y orden. Tratás de mantener una conversación y sus oraciones pasan de un despeje defensivo a un ataque desordenado. En una confusión total, un argumento de camiseta roja le da un pase a otro de camiseta azul que la toca a un jugador de casaca negra para que remate, pero a esa altura ya no sabe ni cuál es su arco, entonces paraliza el argumento en medio de la cancha o lo remata a cualquier lado.

Otro grupo está conformado por los atajadores. Éstos tienen un equipo de arqueros. Once jugadores, once arqueros. Diga lo que diga, me atajan el argumento. No importa lo irrelevante que sea: parece que va a llover. No, está nublado pero va a llover recién mañana. Lo miro. El dólar se está disparando. No, no se dispara es sólo una maniobra especulativa. Lo miro. Que rico que está esto. No, está bastante choto, yo comí cosas mucho mejores. Lo calzo en la yugular con los tapones de punta.

En esta situación mi rudeza está justificada, pero hay otros que tratan de defender cualquier situación con la aspereza de Eber Ludueña: partiendo por la mitad las canillas de los razonamientos y despejando con un pelotazo a la luna cualquier demostración de lógica.

A veces les sale un caño de casualidad y (después de que se les pasa la sorpresa) me miran como esperando que se me caiga la mandíbula inferior de admiración. “Seguro que no sabías eso, ¿eh?, jeje, pero papá de esto algo entiende”, guiño cómplice. Yo lo miro como un árbitro al jugador que le perjura que no lo toqué, ¡te juro que no lo toqué!

Otro grupo destacado son los troncos. Estos no pueden avanzar dos pasos seguidos con la pelota sin que se las robe el sinsentido. Los miro como pidiendo una explicación a la pelotudez que acaban de decir y me responden, “y que querés no soy Maradona”. No, boludo, sos un atentado al juego de la inteligencia.

Están los que se creen estrellas y hablan y hablan sin soltar la pelota verbal ni un segundo. Vos les pedís un pase pero te esquivan como si fueras un rival. Te calentás, los mandas a la mierda y entonces sí te tiran un pase—irrelevante y bien lejos del área, que lo único que te permite hacer es devolverlo. Lo peor es que ni siquiera hacen grandes goles: después de correr por la cancha media hora rematan con una conclusión que pasa tan cerca de la razón como un político del cielo.

Hablando de política tenemos la complicada situación que se presenta cuando dos de estas estrellas se ponen a discutir. Están las repetidas y filosóficas discusiones entre bilardistas y menotistas. Polémicas eternas y estériles. “La posta es ésta”, dice uno; el otro se mete y contrapone “nada que ver, che, la posta es la otra”, y se lanzan a intercambiar puntos de vista. Los veo discutir, resignado, como si me forzaran a ver un amistoso entre Uzbequistán y Bosnia-Herzegovina.

También están los partidos más latinoamericanos. Discusiones apasionadas y acaloradas, llenas de golpes bajos y que muchas veces parece que terminan a las manos. A veces trato de intervenir para apaciguar los ánimos y me siento como el juez que osa cobrar un penal dudoso para el equipo visitante en la cancha de Temperley. De golpe ellos dejan de discutir entre sí y me empiezan a putear mientras me arrepiento de haber abierto otra vez mi bocaza.

En fin, no es que me considere un crack, pero entreno de vez en cuando y le meto huevo. Qué se yo… no soy una enciclopedia, pero de fútbol algo entiendo.

La AFIP y las bodas

El tema del casamiento en las parejas es un poco como la cuestión impositiva. Es una relación similar a la que existe entre la AFIP y el contribuyente. Tenemos, por un lado, una autoridad que quiere imponer la ley y, por otro, un sujeto pasivo de ella que hace uso de todos los medios a su alcance para huir, eludir y evadir.
La administración es consciente de la situación y como un buen sabueso lo rastrea y lo conmina a cumplir con las normas. El susodicho, que se siente víctima de un aparato que quiere destruirlo y sacarle los beneficios que con esfuerzo consiguió, se escabulle a la par que busca las mil y una coartadas para evitar—o por lo menos postergar—el desenlace final.

El pobre contribuyente consulta y se lamenta con su contador de confianza y juntos desarrollan la mejor estrategia para mantener al poder a raya. Bajo su asesoramiento plantea exenciones: acusa ingresos bajos que lo eximen de la obligación, esconde sus actividades oscuras de la fachada legal, incumple decididamente los vencimientos (aunque después ingresa resignado en planes de pago) e intercambia datos y experiencias con otros ciudadanos que ya pasaron por situaciones similares.

La autoridad, por su parte, no se queda de brazos cruzados. Usa toda su potestad para que no se le escape la presa: investiga cada detalle de las actividades de su tributario, cruza datos con otras agencias y organismos de control, envía ultimatums, citaciones y amenazas de acciones legales y hace allanamientos sorpresivos en los que busca elementos incriminatorios. Como es astuta y bastante experimentada, no sólo lo amonesta: intenta seducirlo con campañas de concientización que muestran las ventajas de la legalidad y la importancia de cumplir con las obligaciones, mientras le ofrece descuentos y premios si se acerca voluntariamente.

El final de la historia no deja mucho suspenso. Las alternativas para el contribuyente no son muchas: o se muda a un paraíso fiscal o se resigna y entra en un plan de normalización.