La despedida

Un beso dulce que sabe amargo,
un abrazo que no se puede soltar;
una sensación convertida en nostalgia,
un recuerdo que empieza a asentar;
una emoción que sufre contenida,
una aflicción que no se quiere mostrar;
una voz cohibida que calla mucho,
una mirada triste que no para de hablar.

Una profunda mirada intenta retratar
como una cámara de fotos emocional;
una acariciante mano busca esculpir
los rasgos frágiles de una presencia sutil;
una certeza estéril el saber que es lo mejor
porque la separación igual rompe el corazón;
una fría y monótona voz se interpone al dolor,
la del guardia que exhorta al último adiós.

La tristeza que se expresa rendida,
la humedad que se queda contenida;
el alma que se contrae afligida,
el dolor que crece y aniquila.

Una calma que demora en llegar,
una zozobra que no se puede ocultar;
una rutina que ayuda a olvidar,
una realidad que obliga a continuar.

Bronca contenida

¡Andate a la puta que te parió!
Lamentablemente el grito no funcionó:
quedó atrapado en algún vértice de mi mente
apenas se visualizó con un ceño fruncido en mi frente.
Por eso mi bronca no se disipa:
mi frustración se retuerce con odio en mi tripa
y como una represa que poco a poco incrementa
queda contenida con una presión truculenta.

Es sobre el más débil que me descargo intenso
con un desenfreno del que mucho me avergüenzo
incomodado por mi carácter débil y pobre
que es un canario en la refriega, pero un cóndor ante una liebre.

Ese estigma no lo puedo quitar de mi aspecto
mi orgullo no soportaría semejante acto modesto;
así me enojo contra la víctima de mi bajeza
y lo aborrezco por confrontarme con mi tibieza,
con la que tengo una persistente y estéril disputa
a la que mi ego alienado en venganza le espeta
una injuria que en mi boca queda presa:
¡Andate a la puta que te parió!