Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

Monólogo

—¿Vos te das cuenta que hace quince minutos que haces un monologo de estupideces? ¡Cerra el orto chabon!

Mi otro yo cansado de las estupideces que (mentalmente) hablo.

Caminar entre boludos

Nada peor que andar atrás de uno de esos boludos que van apenas más lento que vos. Vos vas, ponele, a 40 km/h y ellos van a 39; entonces te vas acercando pero no querés hacer el esfuerzo de superarlos y aflojas el ritmo, pero te rompe las pelotas porque vas más lento de lo que te gustaría. Así estas un rato hasta que te decidís a pasarlo y cuando lo estás rebasando lo miras con cara de bronca por el esfuerzo que te obliga a hacer y él te mira con cara de pelotudo porque eso es lo que es.

Otros personajes del mismo tipo de caminante son los zigzagueantes, que parecen borrachos de estupidez. Te decidís a pasarlos por la izquierda y ellos se empiezan a mover para ese lado. Reculás, lo miras con desconfianza y encarás para el otro lado. Ahora se les da por desviarse a la derecha. Ya van dos veces que te hace lo mismo. Lo mirás mal (a la nuca, por supuesto, con lo que él ni se da cuenta) y tomas distancia para decidir qué hacer. Lo observas: zigzaguea sin lógica. Concluís que es imposible pasarlo por la vereda, mirás para atrás, no viene nadie, te bajás del cordón y lo pasas a toda velocidad tratando de no mirar su cara de gil.

También están ellas… y las vidrieras. Una regla general: nunca rebases a una mujer del lado de los escaparates: es imposible saber el momento preciso en que gira noventa grados para mirar unos zapatos y te la llevas puesta. Tampoco es bueno ir pegado atrás: ven una vidriera, les interesa, parece que se van a desviar, bajan la velocidad, vos estás listo para seguir apenas doble para mirar de cerca, pero a último momento decide resistir la tentación y recupera el ritmo y vos te quedás pagando y tenés que acomodar tu marcha y tu distancia para no chocar. Peor es cuando están indecisas. Miran, dudan; avanzan, se paran. Giran, sufren; siguen y se interrumpen de nuevo. Finalmente se deciden y responden a tu cara de paciencia agotada con una mezcla de culpa y sufrimiento. En su defensa, no debe ser fácil se mujer, no las envidio…

Otros casos notables son las parejas que avanzan juntos a la par, como dice la canción. Uno puede medir el avance de la relación por la disposición a dejar paso a los demás. Las parejas ya establecidas no tienen problema en ponerse en fila para dejarte pasar. Los recién enamorados no. Es como si el amor recién descubierto viniera con privilegios y cual monarcas de la vereda avanzan sin inmutarse ni intentar abrir paso. En este momento son el centro del universo y los demás unos pobres pelotudos que no saben lo que es el amor. Pretenden no sólo que les dejemos paso, sino que los admiremos y los envidiemos.

El premio, igual, se lo llevan los boludos con celular. En particular los que mandan mensajitos: a estos los detesto. Si no podés cruzar la calle y comer chicle a la vez no deberías hacerlo, pero ellos lo hacen. Ponele que van a una distancia de vos y empiezan a bajar la velocidad, con la cabeza gacha y concentrados en mandar el mensaje. Te vas acercando y cuando estás listo para pasarlo levanta la cabeza y recupera el ritmo. Un poco más allá de nuevo lo mismo. Esta vez bajás la velocidad porque sabés que si intentas pasarlo retoma el ritmo y te deja pagando. Entonces él se para y vos casi te lo llevás puesto. Te mira con cara de boludo y sigue con el mensaje (hoy ya casi nadie se disculpa), vos seguís. De golpe te pasa a toda velocidad para recuperar el tiempo perdido, pero un poco más allá otra vez sopa.

Hay muchos más, pero no vamos a enumerarlos a todos. Podemos, eso sí detallar unos pocos destacados: están los que avanzan exactamente por el medio de la vereda, los que la tapan con sus bolsas de compras, las viejas con los carritos y su paso de tortuga, los reyes de la calzada que te miran como a un súbdito y esperan no sólo que les abras paso sino que además les hagas una reverencia (una manga de pelotudos), los grupos de adolescentes que usan las baldosas como su living, los perros que duermen la siesta a lo largo de ella. En fin, una larga lista de especímenes de idiosincrasia urbana moderna.

Porque soy escritor

Camino por la calle ensimismado, en mi mundo. Me acompaña Pedro. Me habla pero no lo escucho mucho, concentrado como estoy en los dilemas profundos y estériles que aquejan a todo escritor; que me aquejan a mí. Dilemas que para los demás no tienen sentido, son una estupidez. Probablemente sea así, pero yo no soy como los demás. Ese es el motivo por el que soy escritor (¿qué otro destino para mí sino?). Por eso en lugar de escucharlo a Pedro, que me habla de cosas normales, sigo tratando de reinventar la rueda, de comprender la verdad profunda, de encontrar la piedra filosofal.

Una turista me pide que le saque una foto. La miro sorprendido, despresurizada mi mente por esta brusca caída a la realidad, con la mirada inteligente que tengo a las seis y media cuando me levanto para ir a laburar. “¿Eh?, ah, sí, dale.” Me sonríe y me da la cámara. “Tenés que apretar acá” señala mientras me mira a los ojos. Yo miro el botón. Sí, sí, le digo.

Se pone al lado de su amiga y sonríen con la iglesia de fondo. Aprieto y no sé qué pasa pero no sale la foto. Parezco un viejo pelotudo. Pelotudo e inútil.

Intento de nuevo. Mecánicamente les digo que sonrían, para ganar tiempo, mientras trato de enfocar y que no se me caiga la máquina (tengo mi cuaderno en la mano y a duras penas hago equilibrio con los dos). Les saco otra por las dudas, les indico para cumplir con el estándar. Ok, me dicen ellas.

Estiro la mano para devolver la cámara y ya mi mente retoma las disquisiciones sin sentido que habían quedado abandonadas. Ella me mira con insistencia y una marcada sonrisa mientras me agradece. Yo casi ni me doy cuenta porque ya encaré para donde está Pedro, que quedó un par de pasos más adelante. Seguimos caminando y yo sigo con mis ideas.

—¡Sos un pelotudo!—me larga de improviso. Lo miro sin comprender.

—¿Eh?—lo interrogo confundido.

—Le gustaste.

—¿A la mina?

—Sí, boludo, a la mina—me explica como un padre a su hijo de preescolar—¿no viste como te miró? ¿No te fijaste que te pidió a vos que le saques la foto?

—No, no. Ni me avive. Es que venía pensando en el tema ese, ¿viste?

—Sos un pelotudo. Podríamos estar tomando una cerveza con las minas ahora, ¿te das cuenta? Ya te dije que tenés que dejar de limarte la cabeza con pelotudeces y actuar como un tipo normal.

—¿Y qué querés?—me defiendo. —Ya te expliqué que nací así: nací pelotudo. Soy un pelotudo de nacimiento, ¿entendés? ¿Por qué te pensas que soy escritor? ¿Por la fama y la fortuna? ¡Gano menos que un cartonero!, ¿entendés? Soy escritor porque no me queda otra. Escribir es el destino final de los que nacieron con la misma enfermedad que yo.

—¿Qué enfermedad tenés vos?

—Insuficiencia social combinada con filosofitis pelotuzoide. O sea, soy un pelotudo.

El piso es duro

Me ofrecieron una silla, pero me hice el interesante y preferí el piso. “Me gusta la perspectiva que tengo”, expliqué. ¡Qué boludo! No aprendo. Ahora tengo los cachetes del culo que parecen dos ruedas de tractor desinfladas, no siento la pierna derecha hace siete minutos y el dolor de la espalda me asesina con paciencia. Encima esto va para rato…