Amor a la vista

Mientras marchamos por la vida nos miramos unos a otros. Aunque la mayor parte de esas miradas no pasan de un instante y casi nunca se vuelven a cruzar, no dejan de dialogar. En ocasiones, más que conversar esbozan pequeñas historias que germinan a veces progresivamente, a veces vertiginosamente, en nuestras abstraídas mentes de transeúntes. En la mayoría de las ocasiones no son más que cotidianos eventos intrascendentes, pero en alguna que otra oportunidad progresan hasta convertirse en dramáticas y emocionantes telenovelas llenas de amor y desencuentros.

A veces las retinas expandidas exponen un amor ardiente. Un deseo profundo y latente que se descarga como un rayo. Los ojos, los rostros o una sonrisa comparten un universo de adoración en un efímero instante.

Otras veces sentís que esos ojos fulgurantes esconden una divinidad ajena a tu insustancial realidad. Boquiabierto admiras esa realeza como un sumiso vasallo que percibe en su soberano a un enviado de Dios.

En ocasiones la comunicación es romántica y tierna. Cruzás la vista con una de esas miradas llenas de dulzura en una persona a la que te gustaría morir abrazado. Tu corazón queda palpitando por un lapso, tu mente divagando en epopeyas de amor y perdices.

A veces tu amor sufre despechado. Mirás con ojos lujuriosos y la boca llena de baba, pero recibís a cambio una inspección dura y cortante que te ignora con menosprecio. A veces tu mirada deseosa y ansiosa encuentra unas pupilas que manifiestan la paz de una estable pareja amorosa, retinas que te miran con chanza porque empatizan con tu situación pero disfrutan con gozo de la suya.

A veces el amor es imposible. Las miradas se cruzan—pero tarde y dejan flotando en el aire la sensación de algo perdido, como cuando se te ocurre una idea legendaria a la que una distracción vaporiza y queda perdida por siempre en el éter.

A veces te enamoras en secreto. Empezás a imaginarte con tu media naranja en un romántico cuento de hadas hasta que el otro abre la boca y te das cuenta que es un tomate podrido. Sus palabras repercuten en tu pensamiento como una autobomba que avanza con la sirena puesta y los bomberos dispuestos y a toda máquina apaga en un instante el fuego de tu arrebato.

A veces te sostienen la mirada unas pupilas persistentes y delirantes de entusiasmadas hormonas adolescentes; a veces son unos ojos maduros y solitarios los que te curiosean con un coqueteo sutil. A veces observas deleite y alegría, a veces una mortificada desesperación; a veces los ojos muestran un ser que perdió toda esperanza, a veces son dos tímidos soles que vuelven a clarear luego de una larga noche; a veces son miradas cohibidas, secas de tanto lagrimear; a veces son ojos decididos que previsiblemente se van a golpear.

Sueños compartidos

Ella le habla de sus sueños y lo mira. Lo busca con la mirada, con unos ojos amorosos y deseosos. Sus sueños lo incluyen a él, y él—mira para otro lado.

Ella le sonríe. Le relata lo que piensa, con mucha emoción. Le muestra todas las cosas lindas que podrían conseguir juntos. Le dibuja una sonrisa llena de esperanza, y él—mira serio adelante.

Ella, mientras habla, refuerza sus palabras con un cariñoso apretón de su mano, para que él la sienta, para que él perciba como están de unidos y lo bien que están así. Ella quiere el compromiso de un caminar juntos, y él—quiere caminar en otra dirección.

Amor joven

Se besan. Apasionadamente, ininterrumpidamente; con las manos tomadas; con la tranquilidad del tiempo propicio. La calle se silencia de pronto: no pasan más autos. Se separan y miran el semáforo. Todavía está en verde. Aunque no viene nadie no cruzan, se vuelven a trenzar. Escuchan ruido de gente, de personas que avanzan, y vuelven a mirar. Ahora es el semáforo peatón el que está en verde. Se miran, se sonríen y cruzan la calle.

Glamour

Ella trota con un aire de seducción. Se siente diosa y se mueve coqueta. Busca el glamour con su ropa y con su actitud, pero su pancita no engaña a nadie: la seducción sigue estrictas dietas. Sus aires de diva quedan así: en el aire, y en las letras de las canciones de sus artistas favoritos, que la comprenden, que la valoran y que le permiten fugarse en fantasías de amor.

Termina de correr, recupera el aire y revuelve su cabellera como en un aviso de champú mientras aprovecha para mirar de reojo si alguien la mira, si alguien la nota, si alguien la admira. Pero no: nadie. Un encanto sin aprecio, un estrellato sin fama. No importa, se consuela; ellos se lo pierden piensa mientras se aleja caminando despacio y cabizbaja.

Intimidad en la mirada

Fue un hecho tan emocionante y dramático que tuve que escribirlo. Cruzamos la mirada y por una fracción de segundo parecía que nos enamorábamos. Ella toda linda, con el pelo claro refulgurando a contraluz. Tenía un brillo especial en sus ojos y me dibujó una media sonrisa decidida pero casi imperceptible desde unos labios carnosos que invitaban a un atracón. Mis ojos se abrieron atentos, mis labios se partieron de amor, de mi estómago salían mariposas multicolor. Entonces pasó.

No fue tan sonoro como hediondo. Ahí me di cuenta que las mariposas no eran de amor: huían del caldo indigesto que se formaba en mi estómago. Aunque lo venía midiendo (para mi alivio ya estaba cerca de casa) su mirada me desconcentró. En su cara de ángel la mueca cambió de dirección: de una tímida sonrisa a un decidido asco. Que hij’ de puta, me dijo mientras se alejaba presurosa y tapándose la nariz. Yo la seguí con la vista, con la cabeza gacha y el culo fruncido; con la mirada de un perro que sabe que se portó mal y quiere que su dueño lo perdone. Ni en pedo me perdonaba. Igual, todo bien: fue una de las relaciones más íntimas que tuve de amor a la mirada.

Tolerancia

—¿Qué te pareció mi amiga?

—No… bien. Bien, buena onda.

—Ya te conozco: te pareció una naba porque es vegetariana y hace yoga, ¿no?

—No, no, para nada. Yo soy muy tolerante: me da lo mismo. Cada uno es libre de hacer con su vida las pelotudeces que se le ocurran. Yo no creo en el zodíaco pero eso no quiere decir que sea puro verso ¿no? O sea, no tiene ningún tipo de evidencia o fundamento que lo respalde pero ¿qué importa? el día de mañana se puede demostrar su validez, ¿quién sabe? En cambio el yoga sí tiene legitimidad. ¿Quién puede dudar de la efectividad de contorsionarse como el intestino delgado o de estar dos horas respirando cabeza abajo y con el culo en las narices? Eso es salud, no ponerse a correr atrás de una pelota como un boludo. En eso estábamos de acuerdo también. Hasta coincidimos en la comida. Bueno, en realidad al principio pensábamos distinto, pero después me convenció: ¿cómo comparar un chinchulín asado con una zanahoria al wok o un matambrito de cerdo con mostaza y limón, vuelta y vuelta, con unas verduras hervidas con salsa de soja y sin sal? De no haberla conocido me hubiera resultado imposible apreciar las virtudes de la vida vegetativa. No, si te soy honesto, me muero de ganas de salir de nuevo porque nos quedó pendiente mi iluminación sobre las ventajas de preparar un compost en el balcón…

El último gran poeta

Aunque no soy un gran poeta
igual, de caradura, me pongo a entonar
estas humildes estrofas
que tu amor intentarán conquistar.

El otro día salimos a la noche, fuimos a cenar.
Fuimos a un restó lindo y bastante popular.
Una cosa me di cuenta al momento de pagar:
no lo había notado, ¡la puta como morfas!

(No, ojo, igual sos re-flaca, ¿eh? No estás gorda, no digo eso. Es sólo que me sorprende cómo comes. O sea: comes más que yo y ¡yo como un montón! No, no, no te pongas así, lo digo con admiración. Es como uau, como lastra esta mina, pero bien, ¿eh? Tipo, uau, que bien, ¿entendés?)

Sé que estás celosa de Carlita, mi compañera laboral,
porque tiene gomas grandes y un encanto especial.
Crees que intento seducirla y que me pongo a fantasear,
pero quedate tranquila: apenas hablo con ella y sólo para saludar.

(Nada que ver, ¿eh?, no pasa nada con ella. O sea es linda—bueeno, no es tan linda, o sea, está para partirla en dos, es un camión, pero nada más. O sea: no pasa nada. Además no es mi tipo, ¿me entendés? Si fuera mi tipo bueno, pero no, nada que ver.)

A mí se me perdió tu chihuahua, nunca lo pude encontrar.
Me había ido al parque para sacarlo a pasear,
no sé en qué momento me distraje y el chucho se borró.
Te juro no miraba a ninguna mina: simplemente se esfumó.

(Me puse re-mal, ¿eh?, no sabés. Yo pensé: esta me mata, ¿viste? Por eso lo llamé y lo busqué por todos lados y nada. El bicho no estaba. No sé que hizo o a donde se fue. Sé que lo querías como un hijo y, bueno, tenés que pensar como que dejó el nido, ¿entendés? Debe estar retozando por ahí, feliz, independiente, haciendo su vida, ¿viste? Así son los hijos de mal agradecidos.)

A veces te pones como loca, un poco emocional;
te quejas por lo que no hago y por todo lo que hice mal;
me puteas de arriba a abajo y después te largas a llorar.
Yo lo único te pido: que no sea encima del sofá.

(Pasa que es nuevo, ¿viste? Lo compré el otro día y vos sabes lo que me salió. Además es de cuerina blanca importada y está re-difícil de conseguir, aparte de que es re-cara. Igual, ojo, no te digo que no llores, no, está perfecto que lo hagas: está bueno expresar lo que uno siente, pero no en el sillón, ¿me entendés? O de última poné un pañuelo o algo para que no se manche.)

Siempre me contás tus cosas y todo lo que pensás,
me decís lo que te pasa y todo lo que querés lograr.
La verdad me aburre un poco todo ese conversar
en especial si es cuando juega la selección nacional.

(Entiendo que me quieras contar de tu abuela que está en terapia intensiva, pero podrías esperar hasta el final, ¿no? Son dos horas nomás, el partido. Si total no hace diferencia: una hora más o una hora menos, a su edad, ¿qué importa?)

Yo sé que no estoy perfecto, que no soy un matador:
no tengo los abdominales marcados ni el pelo con acondicionador.
Me insistís para que haga dieta y me ponga en condición,
por eso, si me anoto en el gimnasio, ¿qué te parece si vamos los dos?

(Digo, como para hacer algo juntos, ¿no?, así nos ponemos lindos los dos. Bueeno, vos estás linda, siempre estás re-linda, pero tonificar un poquito nunca viene mal; sobre todo apenitas la cola, ¿viste? Ni se nota, ¿eh? Ojo: nadie se da cuenta. Yo sí porque te veo bien en detalle, pero estás perfecta. Bueno, apenitas, apenitas, imperfecta.)

Así termina este canto, esta oda al amor,
para que después no te me quejes de lo poco romántico que soy.
Me imagino cómo estarás de enamorada y ardiente de pasión
por eso te pregunto: ¿qué tal si vamos al cuarto, a jugar entre los dos?

 

—Sos un pelotudo Hernán.

Porque soy escritor

Camino por la calle ensimismado, en mi mundo. Me acompaña Pedro. Me habla pero no lo escucho mucho, concentrado como estoy en los dilemas profundos y estériles que aquejan a todo escritor; que me aquejan a mí. Dilemas que para los demás no tienen sentido, son una estupidez. Probablemente sea así, pero yo no soy como los demás. Ese es el motivo por el que soy escritor (¿qué otro destino para mí sino?). Por eso en lugar de escucharlo a Pedro, que me habla de cosas normales, sigo tratando de reinventar la rueda, de comprender la verdad profunda, de encontrar la piedra filosofal.

Una turista me pide que le saque una foto. La miro sorprendido, despresurizada mi mente por esta brusca caída a la realidad, con la mirada inteligente que tengo a las seis y media cuando me levanto para ir a laburar. “¿Eh?, ah, sí, dale.” Me sonríe y me da la cámara. “Tenés que apretar acá” señala mientras me mira a los ojos. Yo miro el botón. Sí, sí, le digo.

Se pone al lado de su amiga y sonríen con la iglesia de fondo. Aprieto y no sé qué pasa pero no sale la foto. Parezco un viejo pelotudo. Pelotudo e inútil.

Intento de nuevo. Mecánicamente les digo que sonrían, para ganar tiempo, mientras trato de enfocar y que no se me caiga la máquina (tengo mi cuaderno en la mano y a duras penas hago equilibrio con los dos). Les saco otra por las dudas, les indico para cumplir con el estándar. Ok, me dicen ellas.

Estiro la mano para devolver la cámara y ya mi mente retoma las disquisiciones sin sentido que habían quedado abandonadas. Ella me mira con insistencia y una marcada sonrisa mientras me agradece. Yo casi ni me doy cuenta porque ya encaré para donde está Pedro, que quedó un par de pasos más adelante. Seguimos caminando y yo sigo con mis ideas.

—¡Sos un pelotudo!—me larga de improviso. Lo miro sin comprender.

—¿Eh?—lo interrogo confundido.

—Le gustaste.

—¿A la mina?

—Sí, boludo, a la mina—me explica como un padre a su hijo de preescolar—¿no viste como te miró? ¿No te fijaste que te pidió a vos que le saques la foto?

—No, no. Ni me avive. Es que venía pensando en el tema ese, ¿viste?

—Sos un pelotudo. Podríamos estar tomando una cerveza con las minas ahora, ¿te das cuenta? Ya te dije que tenés que dejar de limarte la cabeza con pelotudeces y actuar como un tipo normal.

—¿Y qué querés?—me defiendo. —Ya te expliqué que nací así: nací pelotudo. Soy un pelotudo de nacimiento, ¿entendés? ¿Por qué te pensas que soy escritor? ¿Por la fama y la fortuna? ¡Gano menos que un cartonero!, ¿entendés? Soy escritor porque no me queda otra. Escribir es el destino final de los que nacieron con la misma enfermedad que yo.

—¿Qué enfermedad tenés vos?

—Insuficiencia social combinada con filosofitis pelotuzoide. O sea, soy un pelotudo.