Como apreciar una obra de arte

El arte está de moda y se vuelve entonces requisito inevitable de nuestras rutinas burguesas asistir a exposiciones y muestras de esta disciplina. Es un desafío importante el poder opinar sobre esta difusa y compleja materia que es el arte contemporáneo y no quedar como un simplón sin más criterio que un “a mí me gusta, pero yo no entiendo nada de arte, ¿eh?”

Acudo así como un fiel amigo para socorrerlo ante esta difícil prueba de la vida moderna, de tal manera que no quede como un perejil y pueda demostrar (o aparentar, que viene a ser lo mismo) conocimiento de esta asignatura oscura pero vital de la institución que denominamos cultura. Si adopta estas enseñanzas elementales yo, virtualmente, le garantizo que su reputación crecerá en las redes sociales y hasta logrará algunos nuevos amigos en Facebook.

Para comenzar haremos un análisis de un extracto de la crítica a la obra “El absurdo” del pintor Octavio Garcharovsky:

Su obra es una síntesis culminante del evento pictórico. Un verdadero concierto de colores estilizados en aristas potentes y gravosas curvas que se balancean en un desequilibrio agónico. Garcharovsky realiza un complejo recorrido que demuestra una trascendental abstracción etílica que abandona el anclaje de las convenciones y mezcla tragicómicas formas con irreverentes despliegues de retórica sensible. Devela en su lenguaje espectral unas indagaciones creativas que conminan con la catástrofe.

Básicamente lo que el crítico nos quiere decir es que el pintor no está en su sano juicio (“trascendental abstracción etílica”) o, lo que es lo mismo, que nadie entiende de qué trata su obra (“indagaciones creativas”), como clasificarla y qué uso darle (por ejemplo, ¿da para ponerla en el estar o debería ubicarse en el baño?)

Lo importante para usted, de todas maneras, no es entender lo que dice el crítico sino saber qué responder, es decir poder lucirse con una frase que sugiera inteligencia y cultura. La manera de proceder es una cuestión bien sencilla.

Cuando le pregunten qué le parece la obra debe poner su mejor cara de circunspección (aquella que pone cuando se retira de una tienda sin comprar nada y el de seguridad lo mira fijo) y responder con convicción, como si fuera un intelectual o un crítico de arte, “esta obra refleja una coordenada específica que simula aparecer entre sombras dislocadas y linderas con la ausencia de todo volumen pero que muestran un pensamiento que fluye y eclosiona contra la abstracción de la nada”.

La fortaleza de la expresión radica en su completa falta de sentido. Es una frase que debe memorizar ya que es imposible de formular en forma espontánea. Ante ella, su amigo inculto lo mirará con asombro al descubrir esta faceta ilustrada que despliega y que hasta ese momento era desconocida por él, y no dirá nada para no quedar como un vulgar ignorante. Su amigo esnob, que le formuló la pregunta con el único y oculto fin de que demuestre su incultura para poder él explayarse con una disertación inentendible y aburridísima, lo mirará sorprendido y atemorizado por su demostración de una ignorancia erudita más incomprensible que la suya, y tampoco dirá nada, para no correr el riesgo de quedar como un vulgar ignorante.

De esta manera logrará a su alrededor un respeto profundo y silencioso que podrá reafirmar y terminar de afincar elevando una ceja, posando su mano derecha bajo el mentón y observando concentrado la obra como si fuera a penetrar en los oscuros confines del alma del artista mientras piensa en la media docena de medialunas que comerá apenas termine con este tedioso trámite.

Es así que el secreto de este arte radica apenas en memorizar una rebuscada frase y adoptar una actitud solemne mientras la expresa para luego mirar desde las alturas de su ego elevado las miradas asombradas de sus iletrados y maravillados amigos.

Rutina de domingo

Un ladrido agudo me distrae. Giro la vista para ver a Max que, juguetón, da vueltas y procura atraer mi atención con gruñidos amistosos y suplicantes. El pelo blanco, enrulado, un poco largo y sucio, las patas cortas y ágiles y la cara de un rebelde pícaro e irreverente. Se agacha sobre sus patas delanteras con su pelota entre ellas. Con la lengua afuera y la mirada alerta agita el pompón que tiene por cola.

Me observa porque soy su última esperanza esta tarde de compartir un juego. Su mirada muestra la súplica lastimosa de los que piden amor. Lo contemplo desde mi mente distante y apática. Sus ojos atentos tratan de doblegar mi total indiferencia, hasta que pierden la esperanza. Apenado suelta la pelota y trota, resignado pero tranquilo, hacia el último rincón con luz que queda en la galería.

Es ahí cuando noto que el sol ya no me alcanza. La tarde perdió su brillo y colorido, el aire refrescó bastante y mi café se acabó. Mi melancolía respeta la costumbre y aprovecha la distracción para convertirse en aburrimiento. Decido que es el momento de levantarme y volver adentro, a matar el tiempo con un poco de televisión. Entro a la casa sin hacer ruido: lo último que quiero es llamar su atención.

La escucho en el estar. Parece que encontró nomás la inspiración para limpiar y ordenar el ropero. Hace días que le daba vueltas al tema. Un armario sin función o utilidad concreta y, por eso mismo, el destino de todo objeto que, quizás, “algún día se necesite” porque “nunca se sabe”. Lo último que necesito esta tarde es que me pida ayuda para ordenar todos los inservibles que contiene.

Con sigilo paso por la puerta del estar con destino al cuarto; por las dudas no miro ni de reojo el marco de luz que se abre a mi derecha. Subo la escalera en silencio. Lo único que escucho es el sonido de las cosas que acomoda y algunos ruidos del vecindario que entran por la ventana de la galería todavía abierta.

Entro al cuarto y la tele me saluda con la misma indiferencia apática con que la saludo a ella. Me tiro con desidia sobre la cama. Me acomodo hasta alcanzar una postura tan fatigosa en su incongruencia que sólo puedo definir como apachorrada. Me sonrío con satisfacción: es un placer tirarte y ahí nomás encontrar la postura perfecta, uno de los pequeños placeres de la vida.

Manoteo en la mesa de luz. Enseguida tanteo sobre la cama desarreglada, llena de diarios y juguetes, y revuelvo un poco todo. Es notable lo rápido que se fugan los pequeños placeres de la vida con un también diminuto imprevisto.

Investigo desde mi posición y con un creciente malhumor todos los rincones visibles del cuarto. La cama desordenada, la mesita de luz, la cómoda y el mueble de la tele. Atisbo con expectativa a ver si asoma entre los almohadones desparramados por el piso. La mirada que comenzó con un ligero brillo de esperanza, enseguida transmite sorna y no tarda en transfigurarse en la viva imagen de la bronca: los controles esquivos y mi limitada paciencia no combinan bien.

Me resigno a un repetido déjà vu, me levanto y me lanzo a revolver almohadones, ropa y cualquier elemento con apariencia de cómplice. Meto la mano abajo de la cama y encuentro un chupetín—a medio comer y con unas cuantas pelusas. Mi enojo crece pero sigo con la búsqueda. Finalmente, en el último lugar donde lo espero lo encuentro: sobre la mesa de luz, atrás de la lámpara, tapado por un libro, unos remedios y dos muñecos.

Me dejo caer con violencia sobre la cama que sufre, con un quejido, víctima de mi bronca. Trato de acomodarme pero no recupero la postura. Me revuelvo un poco más sin caso. Todavía incómodo tomo el control y aprieto el botón de encendido.

Nada.

Insisto.

La pantalla sigue negra.

Maldigo y golpeo el control con bronca. Negativo. Abro el compartimento de las pilas para revivir el legado que MacGyver me dejó: soplo, acomodo, reordeno y finalmente suplico implorante a las pilas para que no me fallen justo ahora. Cierro la tapita de nuevo. Aprieto—un instante de suspenso—un zumbido familiar y la caja boba se aviva.

El silencio tranquilo de la casa se refuerza y contrasta con la singular melodía del zapping. Explosiones estruendosas—silencio—risas alegres y exageradas. Un locutor con atrapante pasión deportiva—pausa—acordes vibrantes de suspenso. Voces chillonas de un dibujo animado—interludio—el llanto desconsolado de la protagonista de una telenovela. Microscópicos instantes de silencio intercalan universos de emoción y aventura, pero de contenido sólo agujeros negros.

Paso de un canal a otro con perseverante desidia. A pesar de la amplia lista de canales y de la variada oferta de material que debería embobarme sin interrupción de acá al fin de la humanidad no encuentro nada para ver. Dentro de las frustraciones que puedo tener cuando estoy aburrido pocas son peores que no encontrar alguna boludez lo bastante llevadera como para asesinar con rapidez mi tiempo libre. Ciento cincuenta mangos por mes, ochenta y seis canales para todos los gustos, bajísimas expectativas sobre la oferta cultural y ni una bosta para ver.

Pongo un canal, analizo la imagen una fracción de segundo y sigo. Siguiente. Siguiente. Golpe al mando remoto que falla. Siguiente.

—Gordo…

Silencio.

—Gordoooo…

Pausa.

—¿Qué?…

—¿Sabés donde quedó la valija azul?

Es en momentos como éste donde entiendo el concepto de surrealismo: una tarde irrelevante, un aburrimiento insufrible… y una pregunta incomprensible: ¿dónde está la valija azul? ¿¡Qué carajo puedo saber yo!?

—No sé…

Silencio.

—No se la prestamos (incomprensible)…

—¿Qué?

—¡Qué si no se la prestamos al Beto el otro día!

Uno vive con pocas aspiraciones, con sencillas esperanzas, con pequeños y concretos sueños materiales accesibles en cómodas cuotas, pero no hay caso: las delicias de la vida cotidiana y el entumecimiento confortable de la burguesía nos atrapan con su seducción.

—No sé…

Silencio.

—¿Vos no se la prestaste la última vez que vinieron a comer?

Pausa.

—No…

—¿Qué?

—¡No!…

—¿Dónde quedó entonces?

Su voz suena enojada, retórica pero acusadora; sin embargo no dice nada más. El silencio rutinario recupera su dominio y yo vuelvo al zapping con una renovada necesidad de olvidarme de mi existencia.

Los canales pasan con velocidad y sin pausa. Poco a poco recupero mi serenidad y apatía. Una vuelta completa. Dos. A pesar de los resultados negativos el cambio de franja horaria abre una puerta a mi esperanza. Paso algunos canales más y en eso una imagen llama mi atención. En el Discovery Channel comienza un especial sobre la construcción de grandes túneles. Parece interesante…

—Gordo…

Silencio.

—Carlooos… Hay que buscar a los chicos…

Una pregunta que se queda corta

¿Cómo lo vas a querer?, me preguntó mientras yo me acomodaba en el sillón y él me acogotaba suavemente con la bata. Más o menos la mitad de lo que tengo ahora, le dije. En ese momento tenía una melena de, digamos, veinte centímetros. No tan largo como parece en números pero bordeando la categoría de pelo largo. “Más o menos la mitad” sería cortarlo a diez centímetros, poco más, poco menos.

No muy corto, me gusta medio largo, le aclaré. Ah, perfecto, me contestó. Me roció con agua en espray mientras me peinaba. Después me puso un acondicionador o algo por el estilo (lo tenía bastante sucio, la verdad, y esta no era una de esas peluquerías de moda donde te lavan el pelo y después te fajan con el precio.) Me peinó un poco más, me levantó un mechón con el peine como en la famosa escena de Loco por Mary y me preguntó, midiendo con la tijera, ¿más o menos por acá? Como era justo la mitad le dije sí, ahí está bien.

Rotó el sillón hacia mi izquierda que es donde estaba la tele y empezó a cortar. Nos pusimos a charlar, como suele ocurrir, comentando lo típico (lo caro que está todo, las noticias del momento que pasaban en la tele, el clima…).

No sé cómo será en los cortes femeninos pero en los masculinos hay un proceso muy claro: primero te cortan con una tijera, después te hacen rebajes (algo que todavía no entiendo muy bien ni qué es ni cómo exactamente se hace) con otra y por último te tijeretean fino las puntas, con un tikitiki que corta más el aire que el pelo. La segunda fase consiste en recortar todos los bordes (patillas, atrás de las orejas y nuca) primero con una tijera y después con una afeitadora. Generalmente a continuación viene el peinado con secador, el cepillado de tu cara y el albornoz que sale de tu alrededor.

Desde mi posición no me podía ver en el espejo. Para hacerlo tenía que girar la cabeza y desde chiquito me enseñaron a no moverme mientras me cortaban y resulté muy obediente. En un momento de la charla, mientras él intercambiaba instrumentos giré la vista para seguir el comentario que me hacía. Vi una imagen en el espejo que me dejó un poco preocupado, preocupación que creció cuando en lugar de pasar a la afeitadora empezó a cortar nuevamente con la tijera con la que había comenzado.

No dije nada. Seguí mirando la tele y conversando como si nada pasara. Él lo mismo. Por dentro no dejaba de pensar: ya está muy corto—ya está demasiado corto, ¿por qué sigue cortando? Todavía más: ¿cuándo va a dejar de cortar? Dejó de cortar cuando repitió el ciclo completo esta segunda vez. (A posteriori me entró la duda de si tuvo un lapsus mental que lo hizo repetir el proceso o si tuvo un lapsus físico que lo hizo repetir el proceso).

Finalmente terminó. Yo no me sorprendí con lo que vi porque ya lo preveía. Giró el sillón y me dejo recto a la imagen que devolvía el espejo: la imagen de mi nuevo corte de pelo. Él no me dijo nada. No me preguntó ¿qué te parece? Yo tampoco le dije lo que me parecía, la caretié con un “bien” poco efusivo. Yo sabía que no estaba bien y él sabía que no estaba bien, pero no dijimos nada. Yo estaba listo para pagar e irme rápido a putearlo mentalmente mientras volvía a mi casa pero él tenía otros planes. Se ve que, como dice la canción, pensó que la función debía continuar y en lugar de soltarme buscó un espejo de mano. Lo puso atrás de mi cabeza para que viera mi nuca rasurada desde el ángulo izquierdo y después lo movió para que pudiera observarme del derecho. Le di bis al “bien” que no sonó convencido pero que tampoco pretendía armar un escándalo. No contento con eso decidió mostrarme la cabeza desde el ángulo superior como para rematar mi derrota moral.

Dos centímetros me dejó el culeado. Dos centímetros—y eso en la parte superior que es donde se deja más largo. Yo le pedí la mitad y él me ofreció un diezmo. Con cara de monaguillo se quedó esperando que le pague. Con cara de cura que da la comunión le pagué. Qué tengas un buen día, me dijo. Nos vemos, le respondí.

Nos vemos el día que nos crucemos en el infierno hijo de la reputísima madre, ¡recontra culeado aprendiz de peluquero!

La tristeza de Natalia

El banco de la plaza nos recibe con un fuerte olor a meo. No hay nadie en él ni nadie cerca. El hedor es fuerte y profundo—penetrante. No sólo contiene pis: puedo sentir un dejo a vino de tetra y algo más que no llego a apreciar. Natalia se siente incómoda de sentarse ahí; yo también, pero la plaza está llena así que le digo que no pasa nada. Me siento para apoyar mis palabras, aunque inspecciono antes que no haya nada sospechoso. Ella no se sienta. Duda inquieta y mira con aprehensión y disgusto. Estiro la mano para darle aliento. Hace una mueca pero se sienta, con cuidado y sufrimiento.

El hedor nos envuelve. No es un olor que se sienta en un lugar específico: parece estar en todos lados, como si alguien hubiera meado cuidadosamente cada rincón del banco y todos sus alrededores. La miro preocupado; ella me mira con el entrecejo fruncido. No pasa nada, le digo y la abrazo.

Un poco de viento comienza a soplar y miramos como arrastra las hojas marrones que están desparramadas por el piso. Las hojas, algunas ramitas y un par de papelitos. También el olor—por suerte—se va. Natalia suspira, le gusta la caricia del viento; yo la aprieto contra mí. Eso también le gusta y trata de sonreír. Creo que lo hace: no le puedo ver la cara, que está apoyada en mi hombro, pero lo supongo.

En silencio observamos a nuestro alrededor. El cielo está despejado. Está pintado de un azul difuso. No es celeste: es un azul sin fuerzas, un azul débil, invernal. Lo mismo pasa con el sol: no se distingue como un círculo nítido sino como una mancha borrosa y cegadora. Contemplamos también los árboles, cuyas copas se transparentan a contraluz, las ventanas de los edificios que resplandecen los rayos del sol, la gente que pasa sin apuro y la que, serena, espera el colectivo.

—¿Cómo estás?—le pregunto.

—Bien.

—¿Cómo te sentís?

—Bien—me vuelve a responder, pero menos convencida y con la voz apenas quebrada.

—¿Cómo estás?

Esta vez no me responde y la escucho llorar muy quedo, tanto que no sé si es verdad o me lo imagino. Le acaricio el rostro con la mano. La paso suavemente desde su pómulo hasta la comisura de sus labios y siento en el camino la humedad de sus lágrimas. No digo nada; la sigo acariciando.

Ahora llora más fuerte pero en silencio. Escucho como aspira aire, mocos y dolor. Me muevo un poco para sacar un pañuelito que tengo en el bolsillo del jean y se lo doy. Intuyo un gracias en la frase ininteligible que me dice. La escucho limpiarse la nariz. Recupera el aire, ahora más limpio. Siento en mi mano acariciante la suya que se seca las lágrimas.

Poco a poco se serena. Respira profundo un par de veces buscando valor. Se levanta de mi hombro y le veo la cara más triste que le conocí. Parece mentira que en ese rostro que formó tantas sonrisas alegres y que me abrió la puerta a un mundo mejor ahora exponga cejas contraídas, ojos rojos y labios compungidos. La miro con cariño y le ofrezco una sonrisa triste que comparte su dolor.

—¿Vamos?—me dice y se para determinada.

La abrazo fuerte y empezamos a caminar.

El truco expuesto

Sentada en el pasto, sobre un mantel con un patrón escocés en amarillo y blanco, veo su espalda unos metros adelante mío. Una espalda redonda y encorvada. El pantalón del jogging lo tiene bajo y puedo observar su bombacha de un color rosa adolescente. La delicada prenda también está baja. El nacimiento del cañón se deja ver. Su naciente profunda se pierde entre dos bordes sonrosados—no precisamente de rubor—y se pierde en una cueva oscura de misterio pero no tanta seducción. Todo bajo el marco del crepúsculo verde esmeralda de su buzo.

La perspectiva me tapa a su compañera. “¡Truco!”, escucho su voz. La espalda de mi atención se acomoda como un péndulo invertido y sus brazos y cabeza se comprimen pensando la cuestión.

Una cabeza enrulada y sonriente se asoma de improviso. Confiada en sus cartas y en el silencio de su adversaria, la rival se estira erecta. “¿Y?, la picanea. “Perá, che”, responde mi espalda. Su nuca se estira y me imagino las cejas fruncidas tratando de adivinar cuanta verdad hay en la amenaza. “Seguro me estás mintiendo”, le dice para ganar información. La otra se ríe. “Y bueno, acepta entonces”, la desafía.

Mi espalda se vuelve a balancear incómoda y después se inclina para adelante a meditar. El cañón crece, se hace más largo y profundo. El elástico de la bombacha se da vuelta abriendo más el panorama, que no es nada alentador. “Quiero”, dice mi espalda y vuelve para atrás, los hombros ahora relajados. La rival se ríe. “Estás en el horno”, le dice. Mi espalda se estira para agarrar unos bizcochitos; los come con ansiedad.

Tac suena la carta que su rival apoya. “¿Eso nomás tenés?”, comenta confiada mi espalda. “Ya te gané la primera y con la que me queda no tenés chances en la tercera”, dice rulos mientras le echa agua al mate. Tac, baja otra carta. “¿Estás nerviosa?”. “Jaja, si no tenés nada”, le dice rulos y se siente el agua que gorgotea mientras sube por la bombilla. “¿Y si te subo el canto, eh?” “Dale, a ver si te animás”. Mi espalda se balancea nerviosa hacia adelante y hacia atrás. El cañón de su culo se expone ahora un poco más, ahora un poco menos, como acompañando el dilema de si arriesgar o no.

“¡Quiero retruco!”, le lanza. La otra se ríe. “¿Estás segura?” Mi espalda agarra unos bizcochitos más. “Sí, obvio”, responde y engulle un puñado. “Quiero, entonces, y ¡quiero vale cuatro!” Mi espalda se apoya ligeramente sobre su costado y agarra el mate que le pasa su rival. “Quiero”, le dice y su mano derecha se mueve para tirar su última carta. La otra suelta una carcajada. “¿Eso nomás tenés?” “Jugá, dale, jugá”, responde impaciente, mientras sorbe el mate. “Tomá”, le dice y resuena el plac fuerte de la última carta.

Mi espalda se adelanta bien pronunciada como si no pudiera ver el naipe. El cañón se expone en toda su desnudez, la bombacha tan baja como el pantalón.

— ¡Uuh! Me rompiste el orto—se lamenta mientras con su diestra intenta recuperar la decencia.

Lechonas insconscientes

Como tres grandes elefantes avanzaban las amigas. Amplios tapados cubren sus amplias polleras y sus enormes blusas. Caminan con una ligera torpeza que hace recordar a los pingüinos. Apoyan pesadamente un pie, giran el cuerpo y apoyan el otro. Se empujan, se cruzan entre sí y se ríen alegres.

La cuadra de la plaza se les hace larga. La noche es cálida y húmeda y ya llevan unas cuadras de caminata.

—¡Vamos gorditas que ya llegamos!—dice una.

—Si seguimos así en cualquier momento vamos a movernos rodando.

Se ríen de nuevo.

—¿Cómo va esa dieta Mary?

Sonrisas y miradas cómplices entre las tres.

—¡Ay, querida! Para que te voy a mentir. Arranqué bien el primer día pero después fue el cumpleaños del Héctor, ¿viste? y venía aguantando bien hasta que trajeron el rogel para apagar las velitas y bueno… vos sabes que el rogel es mi debilidad…

Risotadas generales.

—Ay si, los cumpleaños son la perdición, siempre están llenos de cosas ricas.

Nuevas carcajadas. La caminata continúa con esfuerzo y llegan a la esquina acaloradas. Rosa pone un pie en la calle lista para empezar a cruzar.

—¡Cuidado que está en verde!—le advierte Mary.

—¡Pero si no viene ningún auto!

—¡Vamos!—dice Nelly y aprovecha el envión de la bajada para dar un par de pasos. Mary la mira asustada, pero más miedo le da quedar sola.

—Son unas imprudentes—dice preocupada y avanza mirando a su izquierda.

Nelly y Rosa se ríen.

—Imprudencia sería quedarme esperando con el hambre que tengo—se le burla Rosa.

Cuando están por la mitad de la avenida, Mary ve un auto que se acerca.

—¡Viene un auto!—dice casi en pánico.

—¡Vamos, apúrense!—dice Nelly y dobla los codos y pega los brazos al cuerpo como si fuera a correr.

La situación es pintoresca. Asemeja una manada de paquidermos que avanzan como pingüinos sobre una sabana gris mientras bufan y jadean como búfalos.

Rosa es la primera en llegar a la vereda. Mira para atrás y se ríe divertida de sus amigas que avanzan. Nelly llega segunda. Se apoya contra el poste del semáforo y busca aire.

—¡Ay!—dice.

—¡Espérenme!—grita Mary.

—¡Dale!—la alienta Rosa.

—¡Ay!—repite Nelly.

El auto pasa—acarrea a un grupo de jóvenes imberbes—el conductor les grita “¡lechonas inconscientes!”

—¡Qué mal educado!—dice Mary, casi sin voz, manos en las rodillas y transpirando profusamente. Nelly mira el auto pasar.

—¡Vas a ver lo que te hace este lechón si te agarra, papito!—le grita Rosa.

Nelly y Rosa se miran y se destornillan a carcajadas.

—Sos una guaranga—la reta Mary.

—¡Vamos gorditas!—incentiva Rosa—¡Acá venden las mejores facturas y me muero de hambre!

Al ritmo de la moda

Un repiqueteo veloz capta mi atención. Un par de diminutos tacos se mueven con un paso cortito pero vigoroso. De ellos se elevan dos piernas que avanzan temblorosas. El temblor se origina en la dificultad de estabilizar una recatada caderita sobre una base tan puntiaguda y fina. El esfuerzo es doble porque además de equilibrar dos jamones que alcanzan para alimentar a toda la hinchada debe contrapesar dos bolsos, un bolsón y una cartera—que no es pequeña.

Dos brazos robustos (pero no extensos) sostienen los bártulos. Se sitúan a los extremos de un torso delicado centrado en una sufrida columna que hace contrapeso y baila al compás del repiqueteo. En el puesto de mando una cara sonrosada y suspirante, con dos ojos vivaces que miran de reojo para uno y otro lado. Con típica gracia femenina intenta mostrar seducción, pero no es difícil apreciar en sus cejas tensas que sus sentidos están puestos en el equilibrio.

El porqué de los tacos es un misterio. Suman más o menos siete centímetros a su altura pero no la hacen más alta: el ojo común igual la cataloga como petisa. Los acusados de siempre (las exigencias de los hombres, las de la sociedad o las de la moda) no son los causantes en este caso de semejante acto de intrepidez. La culpa está en la siempre presente, siempre espinosa, siempre fría y silenciosa rivalidad de mujeres, en la que se enreda una compleja combinación de deseo personal y crítica externa (a veces expresada; generalmente intuida). Siento un poco de piedad por su mujeril lucha mientras veo como su figura de trompo se aleja traqueteando en un zigzag inseguro.

Me pregunto cuanto más aguantarán las agujas de los tacos.

Tenía hambre

Llegó mi cerveza. Con los manises, por supuesto: como corresponde. A la par llegó ella, regordeta y emperifollada. Se pone en la mesa de al lado. Me examina. De reojo me mira, de refilón, como sin hacerse cargo de su mirada. Cuando la miro se hace la que nada que ver y mira para otro lado. Se hace la tonta, ya sé. Ella también lo sabe y lo mismo se hace la tonta.

Lleva zapatos rojos, un vestido largo de un gris oscuro y una bufanda del mismo color pero con un tono verdoso y un dejo metálico, como hecho con esos hilos brillantes que simulan oro sólo que este es de algún otro metal, un metal gris-verdoso. Me hago el distraído y sigo con lo mío. Ella sigue con sus miradas. No me contempla a mí, enseguida me doy cuenta. A pesar de mi buena pinta no le importo un pito: tiene otra cosa en la mira.

Agarro un puñado de manises y sigue el movimiento de mi mano con sus ojos negros. La miro de improviso y la sorprendo por una fracción de segundo antes de que vuelva a desviar la vista. La sigo examinando y ella como si nada, aunque noto que se mueve cada vez más inquieta en su silla.

Me mira y ahora me sostiene la mirada unos segundos; después ojea el platito de los manís. Enseguida me vuelve a mirar y después desvía la mirada y observa a su alrededor. Debe tener mucha hambre, pienso. Me vuelvo hacia atrás y me relajo en la silla como invitándola a dar el primer paso. Me observa fijo. Mira el maní y me vuelve a contemplar; entonces revolotea hacia mi mesa.

Ahora está alerta. Da un par de pasos tímidos mientras me vigila recelosa. No mira el maní: me mira a mí para ver como reacciono. Le sonrío, entonces deja de observarme y concentra su atención en el maní. Se arrima al platito avanzando en diagonal, con pasitos cortos y saltarines. Me relojea una última vez y le entra a dar duro.

Agarra uno con el pico, lo traga mientras eleva la cabeza y la baja para agarrar otro. Con una velocidad que me da vértigo come cuatro o cinco. Mientras come ni me mira, aunque está alerta. Hace una pausa y se aleja un par de pasos para digerir. Curiosea todo a su alrededor—siempre de reojo. Se acerca una vez más, ya más relajada, y engulle un par más. Me observa. Fijo me mira, como si quisiera guardar mi rostro de recuerdo, quizás también como si quisiera agradecerme; después se larga a volar.

Plaza 9 de Julio, Salta

La pausa inevitable

Caminar por el centro de Salta un domingo a media tarde es como caminar por una ciudad fantasma. No porque sea un sitio de tenebroso misterio sino por su deshabitada desolación. No se observan casi negocios abiertos: apenas dos restoranes y uno que otro café. La plaza está tan desierta que hasta las siempre abundantes palomas parecen haber emigrado.

Muchas veces no notamos como el entorno que nos rodea afecta nuestro comportamiento. El clima y la geografía nos influyen colectivamente y las actitudes colectivas nos impactan individualmente. Como un virus nos contagiamos unos a otros hasta que todos quedamos afectados. Nos convertimos en víctimas pasivas de nuestro medio con inconsciente inocencia.

En el Norte es un pecado contra las buenas costumbres no respetar la siesta pero, como podemos ver, no se trata sólo de costumbres. La tarde calurosa invita a serenarse. El cielo, totalmente despejado, deslumbra y pierde a la mente con la inabarcable profundidad de su tono azul. La pesadez posterior a un almuerzo generoso contribuye al letargo. Todo el ambiente contagia una sensación general de paz e intimidad, con algo de trascendental y de místico; una pasividad optimista—y soñolienta.

A pesar del embrujo melodioso de la siesta podemos observar algunos desorientados espíritus que esperan con resignación a que la tediosa monotonía se acabe. La mayoría de estos rebeldes son oriundos de tierras más frías y por eso no comprenden esta inactividad tan completa e improductiva. Sentados en los bares que rodean la plaza, unos terminan un almuerzo tardío mientras otros estiran la sobremesa con un café. Resignados a esperar, sin apuros ni preocupaciones, charlan relajados.

Su tranquilidad es sorprendida por la visita de un perro callejero. De raza caschi, con alguna reminiscencia de pastor alemán, su pelaje tiene el mismo tono opaco y uniforme de la tierra. El pañuelo atado a su cuello, de un verde descolorido con algunas manchas amarillas imposibles de calificar, le da un aire entre bohemio y hogareño. No está limpio, tampoco flaco. Con desgano se acerca parsimonioso a los comensales. Experimentado trotamundos sabe cuándo es el momento de hacerse amigo.

Sus ojos son tristes y sabios; también amistosos y tímidos. Los ojos de un norteño todavía no muy contagiado por el progreso. Busca con la mirada y la sostiene cuando lo miran; no pide nada, sin embargo. No es que se haya resignado a una vana espera: nunca perdió su inocencia lo suficiente como para inventar expectativas. Es un ser simple que vive una vida sencilla. Su sereno equilibrio genera empatía en los turistas que alegres por la novedad de su compañía le ofrecen una caricia o alguna sobra que haya quedado en su plato.

Cumplida la rutina con la que se provee su almuerzo Queco se aleja con la misma tranquilidad silenciosa con la que se acercó. No tiene mucho que hacer pero no está aburrido. Aunque le cuesta resignarse a la pausa inevitable tiene pocas alternativas; entonces se deja contagiar por la parsimonia en que se sumió la ciudad y busca un rinconcito tranquilo y soleado para dormir.

Empieza a caminar sin rumbo con un andar ligeramente torpe. Inmóvil por un momento, espera sin saber qué. Ve que no hay nada que mirar y entonces continúa con su búsqueda. Pasea indiferente hasta encontrar un lugar de su agrado. Da un par de vueltas sobre él para acomodar la dura y seca tierra de la plaza. Hace una pausa y escudriña a su alrededor con la esperanza de encontrar una señal que le permita evitar la situación—pero no llega. Agacha vencido la cabeza y pisotea un poco más su rincón antes de acostarse.

Como toda persona a punto de sucumbir al llamado de la siesta, sus acciones y su mente se aíslan en ese instante del mundo. Batalla concentrado con su cuerpo mientras busca una postura cómoda. No es fácil y entonces algunos movimientos fastidiosos se suceden antes de encontrar la posición inmejorable. Una vez ajustado pispea a su alrededor: busca de nuevo, por hábito pero ya sin deseo, alguna novedad en el horizonte. No la halla y ya que está dispuesto se relaja.

Refriega su cara contra el suave cepillo de sus piernas. Mira hacia adelante aletargado; el sopor de la siesta ejerce presión sobre sus ojos. Se relame y vuelve a recostar la cabeza dócil sobre su regazo. Casi parece sonreír ante la expectativa del placer pequeño pero profundo y sentido de dormir un rato al abrigo del sol.

Pequeño drama cotidiano

Tomi tiene la camiseta de Messi, la del Barça. El número diez en la espalda y el nombre de su ídolo sobre él. Llegó primero a la plaza por que corrió el último tramo. Con la pelota lista espera inquieto a que llegue su papá.

Oscar se acerca tranquilo: es domingo y se toma las cosas con calma. Charla con Helenita que le hace las típicas preguntas que una nenita de tres años puede hacer. Sonia camina más rezagada, entre abstraída con sus dilemas existenciales y presente para disfrutar con la vista de su familia contenta y en paz.

Con ademanes pacientes Oscar se para unos metros frente a Tomi a la espera de su impreciso pelotazo. Helenita mira la situación encantada y avanza hasta interponerse entre su hermano y su papi. Ahí se planta. Se acomoda con delicadeza sus rulos y queda lista para jugar.

Tomi suspira enojado mientras pide al cielo una justificación para su infortunio. Busca con ojos resignados la mirada cómplice de su padre. Mientras tanto Sonia se acerca a la escena. Mira divertida a Helenita. Una sutil sonrisa se le dibuja en el rostro con el recuerdo de situaciones similares vividas alguna vez.

—¡Dale, pateá!—indica Oscar; pero Messi no está a gusto.

—Que se corra—dice mientras estira el brazo y gira la mano para señalar lo evidente.

—¡Patia Tomi, patia!—se escucha una tierna y fresca voz femenina.

Tomi bufa enojado. Sonia lo mira censuradora. No quiere que la normalidad familiar le arruine la imagen idílica de su familia que tan bien se desarrolla… y se lo comunica a Oscar de reojo. Él comprende y no quiere problemas; también tiene intención de disfrutar de un domingo tranquilo. Se acomoda sobre una pierna.

—No importa, pateá, ya se va a ir—intenta conciliar.

—¡Pucha, siempre lo mismo!

Helenita sigue a la espera, totalmente ajena a la situación que la tiene como problema. Reacomoda su “bebe” que es acogotado con cariño bajo su brazo. Los rulos desordenados por el viento, el vestido rosa y el tosco abrazo a su bebe enternecen su imagen. Sonia se siente en el mundo utópico de una publicidad: todos alegres y dichosos enmarcados por un cielo despejado, una temperatura agradable y un atardecer que con suavidad abre las puertas a la noche.

Tomi toma distancia, mide el objetivo y patea. La cara de Helenita rompe el más duro de los corazones con su llanto mientras su “bebe” vuela despedido. La cara de Sonia se transforma con una mueca. Oscar mira para el costado y después, resignado, camina hacia Helenita y levanta en el camino al bebe.

—Tomi me pego—dice entre sollozos Helenita.

—¿Era necesario Tomás?

—Y bueno… siempre lo mismo: me tiene harto.

—Es tu hermana, tenés que tenerle paciencia. Además sólo quería jugar con vos.

—¿Po’qué me pegaste Tomi?—pregunta ella mientras moquea y recupera el aire.

—Estábamos jugando nosotros. ¿Por qué siempre se tiene que meter?

—Pedile perdón—exige Sonia mientras sube en brazos a Helenita.

Tomi no dice nada. Cabizbajo se mira los botines. Helenita lo examina buscando una pista que explique porque la odia tanto. Sonia mira a Oscar en silencio pero con ojos duros. Él fija su vista incómodo en la muñeca todavía entre sus manos sin decidir para que lado rumbear. Finalmente toma aire.

—Pedile perdón Tomi, no tenés que hacer eso.

Tomi lo mira de reojo, un ligero rubor colorea sus mejillas al verse traicionado.

—Perdón…

La disculpa llega con palabras estiradas mientras la rabia se diluye en vergüenza. Camina hacia su pelota con la vista en el piso. Helenita lo sigue desconfiada con la vista. Sonia también lo sigue, pero con otro tipo de mirada.

—Si te perdono Tomi—decide finalmente Helenita con puro amor infantil y corre torpemente a darle un beso con abrazo. La vergüenza de Tomi se acrecienta mientras un lagrimón brota de sus ojos.