Amor a la vista

Mientras marchamos por la vida nos miramos unos a otros. Aunque la mayor parte de esas miradas no pasan de un instante y casi nunca se vuelven a cruzar, no dejan de dialogar. En ocasiones, más que conversar esbozan pequeñas historias que germinan a veces progresivamente, a veces vertiginosamente, en nuestras abstraídas mentes de transeúntes. En la mayoría de las ocasiones no son más que cotidianos eventos intrascendentes, pero en alguna que otra oportunidad progresan hasta convertirse en dramáticas y emocionantes telenovelas llenas de amor y desencuentros.

A veces las retinas expandidas exponen un amor ardiente. Un deseo profundo y latente que se descarga como un rayo. Los ojos, los rostros o una sonrisa comparten un universo de adoración en un efímero instante.

Otras veces sentís que esos ojos fulgurantes esconden una divinidad ajena a tu insustancial realidad. Boquiabierto admiras esa realeza como un sumiso vasallo que percibe en su soberano a un enviado de Dios.

En ocasiones la comunicación es romántica y tierna. Cruzás la vista con una de esas miradas llenas de dulzura en una persona a la que te gustaría morir abrazado. Tu corazón queda palpitando por un lapso, tu mente divagando en epopeyas de amor y perdices.

A veces tu amor sufre despechado. Mirás con ojos lujuriosos y la boca llena de baba, pero recibís a cambio una inspección dura y cortante que te ignora con menosprecio. A veces tu mirada deseosa y ansiosa encuentra unas pupilas que manifiestan la paz de una estable pareja amorosa, retinas que te miran con chanza porque empatizan con tu situación pero disfrutan con gozo de la suya.

A veces el amor es imposible. Las miradas se cruzan—pero tarde y dejan flotando en el aire la sensación de algo perdido, como cuando se te ocurre una idea legendaria a la que una distracción vaporiza y queda perdida por siempre en el éter.

A veces te enamoras en secreto. Empezás a imaginarte con tu media naranja en un romántico cuento de hadas hasta que el otro abre la boca y te das cuenta que es un tomate podrido. Sus palabras repercuten en tu pensamiento como una autobomba que avanza con la sirena puesta y los bomberos dispuestos y a toda máquina apaga en un instante el fuego de tu arrebato.

A veces te sostienen la mirada unas pupilas persistentes y delirantes de entusiasmadas hormonas adolescentes; a veces son unos ojos maduros y solitarios los que te curiosean con un coqueteo sutil. A veces observas deleite y alegría, a veces una mortificada desesperación; a veces los ojos muestran un ser que perdió toda esperanza, a veces son dos tímidos soles que vuelven a clarear luego de una larga noche; a veces son miradas cohibidas, secas de tanto lagrimear; a veces son ojos decididos que previsiblemente se van a golpear.

Los árboles, prisioneros de la ciudad

Confinados en una celda de cemento, crecen en cautiverio. Casi ahogados asoman su frondosa cabeza por un yugo cuadrado de material. Sus piernas restringidas por el asfalto, las baldosas y los tubos subterráneos. Sus brazos atrapados por edificios, rejas y cables colgantes. Algunos están condenados con estrechas rejas a su alrededor—como si tuvieran alguna posibilidad de escapar de la prisión en la que están.

Todos los días son meados por perros, gatos y pájaros ambulantes. Son tapados de desechos como si fueran vertederos puestos por el ayuntamiento. No pocas de sus ramas actúan como soportes improvisados de basureros informales. Cuando la frialdad del invierno los expone desnudos a la intemperie, a sufrir la inclemencia de los elementos, son vituperados por vecinos y porteros indignados por la limpieza de los despojos que su abrigo les deja.

Varios son majestuosos y colosales como los edificios con los que compiten por el lugar. Algunos son tímidos y flacos como un provinciano recién llegado a estudiar. Unos están arqueados y enclenques; otros amplios y rectos como una avenida principal. Algunos están más muertos que vivos; otros sobreviven, estoicos, sin dejar de luchar. Heridos por rayos de repentinas tormentas ocasionadas por el microclima de la ciudad o mutilados por los hierros punzantes de algún vehículo imprudente que tuvieron que atajar, exponen, indomables, los muñones-secuela de su batallar.

Cuando llegan a viejos (pero todavía más cuando se los considera molestos) son pasados por la guillotina eléctrica del pelotón municipal; sin el goce de una palabra amable y sin el derecho a replicar. Dejan un vacío invisible, una fosa sin cuerpo, una tumba sin lápida sepulcral. Difuntos sin nadie que los recuerde, sin nadie que por ellos se detenga a penar. Apenas reciben una palabra divina cuando en el camino de un transeúnte distraído su fosa se cruza y lo hacen tropezar.

Los otros árboles siguen imperturbables, a ellos tampoco les parece pesar. Débiles y enclaustrados en sus grilletes no les quedan fuerzas para llorar. Inmunes a todo parecen impasibles ante su ardua realidad. Pero no son fríos, apáticos ni distantes como la cal gris de las paredes o el fuego negro del asfalto industrial. Sosegados y constantes, trascienden las pequeñeces de esta urbana crueldad. Aportan una cuota de verde alegría que contrasta con los enormes mausoleos de apática civilidad.

Se muestran sonrientes y a veces coloridos si algún incauto se detiene a observar. Mirarlos, apreciar cómo apenas se mueven, es como sentarse a meditar. En una ciudad donde todos corren, ellos se toman el tiempo para respirar. En una ciudad donde todo parece efímero, ellos están hechos para perdurar. En una ciudad de miedos, amenazas y pesadumbre, persisten optimistas con valentía y serenidad. En una sociedad de charlas, gritos y ruidos, en silencio aprendieron a escuchar, y apenas se expresan, en un arrullador murmullo, cuando por algún imprevisto se callan los demás.

A pesar de nuestra reconocida impiedad, como silenciosos santos no nos dejan de ayudar. Nos refrescan y nos oxigenan y absorben el calor que no cesamos de generar. Le dan sombra a nuestros autos y de bicis y motos son el soporte ocasional. Son el refugio que contra la humedad de las lluvias nos resguarda, el cobijo de las palomas que se alimentan de nuestros despojos y la posada de los pocos pájaros que todavía se arriman a cantar. En una tenaz jungla de concreto, que avanza incansable y con fabril celeridad, son la única esperanza de unos pocos pastos verdes que intentan—locos—vivir y prosperar.

Cosas

Estamos rodeados de cosas. Cosas nuevas, cosas viejas, cosas prácticas, cosas vanas, cosas grandes, cosas chicas, cosas necesarias, cosas inútiles (pero atractivas.) No sólo tenemos cosas sino que cada vez tenemos más. Llevamos, de hecho, tantas cosas que es cada vez más raro ver a alguien caminar sin una bolsa o un morral, una mochila o alguna otra cosa.

Las cosas nos rodean. En todo momento, prácticamente, estamos usando alguna cosa. En forma constante estamos moviendo cosas y moviéndonos entre cosas. Si no estamos transportando nuestras cosas las estamos adquiriendo o, en menor medida, desechando; pero por suerte nuestras cosas son cada vez más maleables y fáciles de transportar.

Mantener las cosas no es fácil. Tenemos que cuidarlas: limpiarlas, acomodarlas y ordenarlas. A veces se rompen y necesitamos arreglarlas; a veces se rompen y necesitamos reponerlas; a veces se rompen y las descartamos imperceptiblemente por ahí. Cada vez más las cosas se vuelven obsoletas. Además, y a pesar de su abundancia, no dejan de inventarse nuevas cosas. Por eso necesitamos siempre la cosa más reciente: nos desesperamos por tener la novedad. A veces nos cansamos y decimos que la cosa no va más, pero siempre aparece una cosa bonita o una cosa insólita y original que nos tienta a comprar.

Tantas cosas atesoramos que ya ni sabemos cuántas tenemos. Es que las cosas nos encantan (salvo, claro, cuando nos tenemos que mudar. Sólo ahí—y sólo mientras dura la mudanza—notamos todas las cosas que llegamos a acumular.) No sabemos dónde metemos todo, pero siempre hay lugar para una cosa más.

Las cosas a veces actúan como paredes que nos separan de los demás. Vivimos intermediados de cosas que nos acercan a lo que no nos necesitábamos acercar. A veces estamos cerca pero las cosas nos alejan más de lo que nos gustaría aceptar. A veces no sabemos ni dónde estamos y necesitamos alguna de nuestras cosas para podernos encontrar. En ellas nos buscamos pero sin llegarnos a hallar.

Tan acostumbrados estamos a las cosas que una cosa nos parecen los demás. Eso no nos asusta—casi nunca lo llegamos a notar; el tema es cuando la cosa, somos nosotros para los demás. Es ahí cuando la cosa se pone fea y es entonces que recurrimos a esas mismas cosas mágicas para expresar nuestro pesar.

Estamos rodeados de cosas, cada vez tenemos más. El tema es qué cosa hacemos con todo lo que llegamos a acumular. El tema es qué cosa haremos cuando veamos el montón de nada que nos llevó toda una vida juntar.

Burbujas en el espacio

A veces siento que las personas somos como burbujas de jabón. Como una frágil y delicada pompa flotante. Separados prudentemente de la realidad por una viscosa capa de agua jabonosa pero con la suficiente cercanía como para percibirla. Desde nuestra esfera de intimidad vemos el mundo con la misma perspectiva oblicua con que observamos una cuchara metida en un vaso con agua.

Nuestra delgada ampolla fluctúa con nuestras emociones. Por momentos estamos nítidos y brillantes, por momentos oscuros y opacos. Nos inflamos cuando estamos alegres y nos pinchamos (un poco) cuando una espina dolorosa nos roza. Nos condensamos cuando comemos mucho y nos ponemos más maleables cuando nos ejercitamos.

Nuestros puntos de contacto con las otras burbujas no son muchos; generalmente son esporádicos. En ocasiones se produce una reacción química y entonces nos unimos como en un diagrama de Venn. Así se unen amistades, se unen parejas y se unen equipos. Si tenemos suerte nos mantenemos unidos por todo lo que dura nuestra vida, pero muchas veces la fuerza del viento nos vuelve a separar.

Me imagino el mundo cargado con millones de estas pequeñas burbujas surgiendo y explotando continuamente. Burbujas que rebotan por ahí, sin un rumbo claro y con un destino impredecible: algunas flotan, otras sobrevuelan, unas se esquivan, otras colisionan. Por momentos rebotamos unos con otros, de a ratos vamos adheridos en un abrazo pegajoso. Por momentos avanzamos en la misma dirección, de a ratos volamos hacia diferentes destinos.

Nos soportamos unos sobre otros, nos mantenemos apartados por una alquimia invisible cuando somos incompatibles, nos ligamos entre varios y vamos juntos a todos lados, nos apretamos cuando estamos muy juntos (con una presión que a veces nos deja a punto de estallar) y salimos despedidos cuando otros nos repelen.

A veces nos elevamos tan alto que los demás nos miran asombrados y preocupados por lo amplio que será nuestra caída cuando reviente la fantasía. A veces nos arrastramos por el suelo y ni el enérgico soplo de un dios gigante nos logra levantar.

A veces reventamos, sólo para volver a nacer; renovados, más fuertes y más libres. A veces reventamos y dejamos de existir. Desintegrados en un millón de moléculas de agua que se pierden en la eternidad del mundo sensible que ya no sentimos más; pero que siguen sintiendo los otros. Esas pequeñas, casi imperceptibles, huellas moleculares se unen a las burbujas que estaban a nuestro alrededor y las impregnan con una pequeña porción de nuestro ser. Así dejamos de ser pero, a la vez, nunca dejamos de ser.

La AFIP y las bodas

El tema del casamiento en las parejas es un poco como la cuestión impositiva. Es una relación similar a la que existe entre la AFIP y el contribuyente. Tenemos, por un lado, una autoridad que quiere imponer la ley y, por otro, un sujeto pasivo de ella que hace uso de todos los medios a su alcance para huir, eludir y evadir.
La administración es consciente de la situación y como un buen sabueso lo rastrea y lo conmina a cumplir con las normas. El susodicho, que se siente víctima de un aparato que quiere destruirlo y sacarle los beneficios que con esfuerzo consiguió, se escabulle a la par que busca las mil y una coartadas para evitar—o por lo menos postergar—el desenlace final.

El pobre contribuyente consulta y se lamenta con su contador de confianza y juntos desarrollan la mejor estrategia para mantener al poder a raya. Bajo su asesoramiento plantea exenciones: acusa ingresos bajos que lo eximen de la obligación, esconde sus actividades oscuras de la fachada legal, incumple decididamente los vencimientos (aunque después ingresa resignado en planes de pago) e intercambia datos y experiencias con otros ciudadanos que ya pasaron por situaciones similares.

La autoridad, por su parte, no se queda de brazos cruzados. Usa toda su potestad para que no se le escape la presa: investiga cada detalle de las actividades de su tributario, cruza datos con otras agencias y organismos de control, envía ultimatums, citaciones y amenazas de acciones legales y hace allanamientos sorpresivos en los que busca elementos incriminatorios. Como es astuta y bastante experimentada, no sólo lo amonesta: intenta seducirlo con campañas de concientización que muestran las ventajas de la legalidad y la importancia de cumplir con las obligaciones, mientras le ofrece descuentos y premios si se acerca voluntariamente.

El final de la historia no deja mucho suspenso. Las alternativas para el contribuyente no son muchas: o se muda a un paraíso fiscal o se resigna y entra en un plan de normalización.

Percepciones

Nuestras emociones tienen la misma volatilidad que las transformaciones que ocurren en el cielo. Nuestro rostro refleja las impresiones que estampa el tiempo pero es común que nos pase desapercibido cómo nos afecta el día a medida que cambia.

Mientras estamos concentrados en nuestros quehaceres, nuestros sentidos perciben y nuestra mente procesa todos los movimientos celestes. Un sol que se esconde detrás de una nube es apreciado por una piel que recibe menos calor y un ojo que recoge menos luz. Nuestro cuerpo se adapta pero no siempre nuestra conciencia es notificada y así nos encontramos sorprendidos de golpe por la nostalgia o la tristeza.

Cuando lo que tapa el firmamento es una marea blanca, nuestro espíritu se serena y la actividad se detiene. Si su tono es gris, la melancolía nos gana y cada aspecto del mundo nos recuerda a un tango. La oscuridad de un nubarrón apaga nuestra energía y todo a nuestro alrededor muestra indicios de que la vida no es más que una ilusión.

No siempre son los tonos grises los que predominan. Hay ocasiones en que las nubes y el firmamento se funden en un celeste patrio. No podemos distinguir unas del otro y quizás por eso esa combinación no nos produce más emoción que la indiferencia. A veces un azul profundo e intenso se extiende hacia el infinito y una serena armonía se compone en nuestro ánimo. Es en ese estado cuando nos ponemos a contemplar el cielo y vemos lo que allí ocurre.

Hay momentos en que las nubes parecen congeladas en su posición. Las observamos con la expectativa de encontrar algún signo de vida pero las esponjas de aire permanecen imperturbables: firmes como nieves eternas en montañas azules. En otras oportunidades el movimiento es lento pero perceptible, como si se realizara con gran esfuerzo. Con una calma perezosa la formación de vapores se traslada a lo largo del horizonte; sus formas y contornos se dibujan y difuman muy despacio a medida que surgen o se funden con el cielo.

A veces parecen contagiadas de modernidad y avanzan raudas y apuradas. Las vemos pasar, sin detenerse a saludar, y contemplamos como se pierden en el extremo antes de que podamos imaginar su forma. Su rastro fugaz hace más efímera su naturaleza y por eso dudamos si realmente las vimos o fue sólo un engaño de nuestra mente. No nos dejan esa duda cuando agrupadas en un batallón tenebroso cubren el horizonte de un extremo al otro y marchan amenazantes a paso de carga.

El viento es el primero en sonar la alarma. Lo sentimos a nuestro alrededor y nos llama la atención. A continuación llega la avanzada en forma de un furtivo descenso de la temperatura que percibimos en nuestra piel erizada. Inquietos miramos y presenciamos el encrespado y volátil océano negro que acomete inexorable. Ni el más valiente deja de atemorizarse ante este oscuro ejército que invade sin piedad el hasta entonces tranquilo día. El momento se congela y reina la noche en el día como si fuera un eclipse.

Pocas cosas nos desorientan más que la oscuridad. No es la falta de luz lo que nos afecta—es la ausencia del sol. Este astro es el dictador implacable del paso de las eras. Ordena con su progreso nuestra existencia: nos ubica en el tiempo y el espacio y nos encadena a eso que llamamos realidad. No hay manera de controlarlo, de pedirle que congele la vida aunque sea un instante. Al contrario, cuando disfrutamos de su luz y calor el día vuela y apenas si podemos atraparlo en un vago recuerdo: empezamos la diversión con un sol pleno y fuerte; un instante después los rayos anaranjados y el frescor del atardecer nos indican que otra jornada pasó. Un día más que se aleja sin retorno.

Las nubes, en cambio, son atemporales. Aparecen y desaparecen sin orden ni previsión. Con su presencia el día se vuelve eterno e ininterrumpido. Las horas avanzan pero no advertimos sus pasos. Los momentos del día quedan indiferenciados: imposible distinguir la mañana de la tarde de la noche. A pesar de que inventamos artefactos que nos permiten vigilar la trayectoria del sol, las nubes cumplen su función desorientadora. Relajados, dejamos de actuar y comenzamos a soñar: rememoramos las épocas pasadas, fantaseamos con los tiempos futuros y rectificamos las oportunidades que perdimos y que no volverán.

El sol, de todas maneras, siempre gana y más tarde o más temprano las nubes se desdibujan y se esfuman, muchas veces con suavidad y sutileza. En ocasiones desaparecen de improviso y la energía del sol nos sorprende in fraganti—soñando. Su luz nos alegra, pero también nos baja a tierra, nos trae de vuelta a la ineludible realidad del mundo de la razón; entonces no nos queda más remedio que retomar nuestras tareas y volver a ser parte de la vida.

Seguridad pública

Me llama la atención cómo todas las dependencias estatales oficiales tienen cámaras de seguridad. Lo que me parece más curioso es que son los propios chorros los que ordenan instalarlas. ¿Será que, como dice el chiste, no quieren competencia? Aunque no sé quién puede querer entrar a robar a un Ministerio: lo único que hay adentro son computadoras viejas y legajos llenos de polvo. Bueno, y algunas máquinas de café y varios juegos de mate; pero la plata no está ahí: todo el mundo lo sabe. Está en las cuentas suizas.

Es bastante singular esto de que quienes deben ser vigilados en la práctica vigilen a los demás. Es como si un quisco de drogas pusiera una cámara en el frente para evitar y controlar los disturbios de la policía si a esta se le ocurre hacer valer la ley. El fiscal ordena el allanamiento, los policías se movilizan desde la comisaría y cuando llegan se encuentran a los narcos detrás de un vallado, con cara de pocos amigos y listos para arrojar gases lacrimógenos.

No sé por qué me viene a la cabeza en este momento Pablo Escobar. En su momento fue uno de los narcotraficantes más importantes de la región. Solía regalar plata, construir canchas de fútbol y dar regalos en Navidad a los más pobres. Era una manera de satisfacer su conciencia social y conseguir apoyo para seguir con sus fechorías. Quizás me apareció su figura por la referencia a los narcos porque con el accionar de los políticos, ahora que lo pienso, no tiene nada que ver.

 

Otro lugar favorito para ubicar las cámaras son los espacios públicos. Lugares que están siempre bien iluminados y llenos de gente todo el día. Muchos, incluso, suelen adicionar alguna guardia policial. Sólo un boludo podría intentar un robo ahí; más teniendo en cuenta la cantidad de alternativas para hacerlo sin riesgo. Por ejemplo esa esquina oscura y que es paso obligado para la gente del barrio. Ahí no ponen nada: no ponen un foquito, mucho menos una cámara. De más está decir que es justamente en ese punto donde afanan. Los chorros lo saben, los vecinos lo saben, los que no son del barrio no tardan en deducirlo.

Capaz que a vos te indigna que pase eso porque pensás que un político lo único que hace es viajar en helicóptero y sacarse fotos con otros políticos, pero no: tiene una agenda muy apretada. Tiene que ir a eventos deportivos, saludar a personas famosas y viajar por el mundo, entre otras actividades oficiales; entonces no le queda otra que elegir: o cierra jugosas licitaciones o camina por los barrios, y ¿cuál es la ganancia de recorrer el barrio cuando no hay elecciones?

El tema es que a veces la gente es incomprensiva y arma bardo. Como no entienden las dificultades de hacer política arremeten contra sus ejecutores y le arman quilombo en su oficina. ¿A vos te gustaría que cuando te bajas del bondi para entrar a tu laburo tengas que atravesar una batucada improvisada y llena de gente que te insulta? Más vale que no. ¿Qué harías entonces? Yo pondría una cámara para vigilar a los que pretenden arruinarme el día. Así por lo menos me quedo en mi casa y no voy a laburar. Bueno, ellos son seres humanos también, ¿o qué te pensás?

Distracciones cotidianas

El paquete descansa sobre la mesa de un mármol duro y frío como el acero. El plástico transparente muestra su prolijo y ordenado contenido: galletas. Bajo la luz directa se muestran con claridad, como si estuvieran contenidas por un envoltorio invisible; donde la luz rebota, el transparente se transforma en un blanco brillante y luminoso.

Acercamos nuestra mano y sentimos liso el plástico. Con la mirada enfocada y el tacto atento, repasamos con el pulgar el envase produciendo el característico sonido de aire metálico que tienen los paquetes. Lo afirmamos donde un vacío nos indica el punto exacto entre dos galletas. Presionamos y el plástico se contonea hasta que ruge vencido. Aflojamos la presión cuando sentimos la masa horneada vertical.

Usamos nuestros dedos como palitos chinos y tomamos la Traviata con una acción de pinza. Instintivamente la reconocemos por su forma, pero no nos detenemos a observarla. El contorno rectangular sólo muestra sus imperfecciones a una mirada atenta. Agujeros simétricos perforan sin compasión un paisaje de valles claros y cerros tostados, salvo algunos que perdieron su cabeza y aparecen como grandes y apagados volcanes.

Ignoramos todo eso mientras acomodamos la galletita a la altura correcta y enfocamos la vista en el cuchillo que reposa sobre la tapa. Los restos del Mendicrim de la última untada forman un pintoresco paisaje de montañas blancas. Debajo hace contraste el rojo de la tapa que levita inclinada por el peso que se recuesta sobre ella. Levantamos con nuestra mano ágil el cuchillo y la tapa interpreta una versión más plástica y frágil del característico ruido de una moneda cuando cae.

Con el cuchillo raspamos desde el borde del pote hacia el antártico mar de queso para cargarlo. La pasta se rinde sin resistencia a su paso suave y un montículo queda formado. Desplegamos el queso sobre la galleta con pequeños, casi imperceptibles, golpes secos. Equilibramos con una mano la galleta mientras aplicamos con la otra la presión justa para esparcirlo, con una naturalidad tal que no necesitamos pensar en la compleja ingeniería que este sencillo acto requiere. Toda la acción es supervisada por nuestra vista atenta que, ante los eventos que se desarrollan, alerta a las glándulas salivales.

Reposamos apenas el cuchillo con una mano mientras con la otra acercamos la galleta cargada a nuestra boca. Aunque no la podemos ver cuando está muy cerca coordinamos sin error la última etapa de su viaje. Las mandíbulas se cierran entonces con decisión, los incisivos cortan, la galleta cruje y la saliva invade la mitad atrapada en la boca. Alejamos la mano mientras trabajamos la presa. Los molares comprimen con un sonido seco y contundente. El ruido de la masticación se vuelve esponjoso y húmedo a medida que la lengua actúa como un cucharón y amasa la mezcla.

Gran parte de nuestra percepción de sabor proviene del olfato. Al humedecer la comida con la saliva la esparcimos a lo largo de la lengua y así más de nuestras glándulas gustativas la degustan, además de que podemos sentir mejor sus olores. De esta manera apreciamos con más profundidad lo que definimos como sabor… siempre y cuando prestemos atención a esa percepción, lo que no suele ocurrir luego de un tiempo con nuestros alimentos cotidianos. Así probablemente ya nos olvidamos del gusto salado y la sensación fría y suave que nos provoca el queso untable.

Una vez que la comida alcanza uniformidad y consistencia utilizamos la lengua como un volquete y, con la ayuda de la gravedad, tragamos la mezcla de harina, queso y saliva que formamos.

Repetimos estas acciones varias veces sin prisa ni mucha atención, con nuestra mente concentrada en el escape mental de los sueños y los dilemas existenciales que a veces nos plantean los hechos de nuestra vida cotidiana. Mientras usamos toda nuestra conciencia para imaginar, nuestra mente dirige una compleja operación desde la subconsciencia. Como un hábil general en lo más duro de la refriega, nuestras neuronas envían contingentes de químicos y ácidos estomacales a la vez que coordinan a los órganos pertinentes.

Eventualmente nuestro estómago se llena. El general cambia su estrategia y retira algunas tropas mientras llama al frente a otras. Nosotros apenas nos percatamos en nuestra ensoñación de la sensación de plenitud. Sin cuestionarnos el porqué dejamos de comer. Agarramos el paquete y lo escurrimos como una toalla para cerrarlo. El plástico sufre en un reclamo indescriptible, pero lo ignoramos. Ponemos el cuchillo en la mesa, cerramos la lámina de aluminio y coronamos el pote con su tapa ejerciendo una ligera presión hasta que un clic nos indica, para nuestra tranquilidad, que cerró bien.

Entonces nos retiramos, estiramos las patas y nos ponemos cómodos. Sin distracciones cotidianas podemos enfocarnos de lleno en nuestra mente y las posibilidades que nos brinda.

Los monumentos

A veces me sorprendo, en mi andar por una plaza cualquiera, con un acto de homenaje frente a la estatua de algún prócer. Un cometido que se desarrolla imperturbable, con bandas militares, pomposos discursos y fúnebres arreglos florales. Cada vez más breves y menos concurridos pero todavía presentes. Veo ese grupito reducido, firme y engalanado que entona himnos y ora discursos y percibo la presencia del realismo mágico de Cien años de soledad. Siento como si en un olvido garrafal nadie hubiera avisado en el Ministerio que los tiempos cambiaron y las costumbres ya no son las mismas. Miro entonces las estatuas para intentar determinar que fantasma del pasado despierta está acción inverosímil del presente.

Efigies grises y solemnes, majestuosas e impávidas, que persisten como vestigios de un ayer inmóvil. Trascendieron para ser olvidadas, pero perseverantes resisten las inclemencias del tiempo y del progreso con la misma tozudez que llevó a las personas que representan a destacarse. Cubiertas de palomas y de polvo pero refulgurantes con el brillo del sol, opacas en su materia pero iluminadas artificialmente, abandonadas pero presentes.

Sus nombres los conocemos porque sus plazas lo llevan. Podemos saber algo de ellas por la letra de molde con que se tallaron sus logros más importantes en las plaquetas ornamentales que las acompañan. Me genera duda saber si hay alguien (más allá del solemne séquito) que todavía las note. No me refiero a mirarlas buscando el mejor ángulo para la foto turística, sino a realmente reconocer el héroe detrás del plomo y la importancia para los tiempos actuales de su gesta de antaño.

Me pregunto también qué pensaría el hombre de la escultura si con sus ojos apagados pudiera ver. Si desde la mirada pensativa de su asiento o en su vista solemne desde la altura de su caballo mirara el mundo. Tantos años y eventos que pasaron bajo sus ojos: tantos días y tantas noches; tantas lluvias y tantos vientos; tantas promesas de campañas políticas; tantas generaciones jóvenes que se prepararon para enfrentar el mundo. Me pregunto qué pensaría de nosotros.