La comedia relacional

Acto I

—La respuesta es no, ¿me entendés? No es un puede ser o un veremos: es no; simplemente no. ¿O acaso no es lo que siempre dije? ¿Eh? ¿O acaso alguna vez dije puede ser? No, siempre dije no; entonces no me vengas ahora con que sí, ¿entendés,? porque es no. Igual, ponele que fuera sí. Hipotéticamente hablando nomás, ¿no? O sea, no digo que sí, sino supongamos que sí. ¿Entonces qué? O sea, ¿qué cambia? Es lo mismo, ¿o no? Bueno, no es exactamente lo mismo pero casi, entonces ¿cuál es la diferencia? Claro, a vos porque te conviene nomás. En cambio lo mío es egoísta, ¿no? Claro, si vos decís sí, todo bien, pero si yo digo no, todo mal. ¿O no es así? Entonces te enojas. Entonces siempre termino cambiando de opinión para darte el gusto porque si no quiero cambiar todo mal. Así que bueno, ¿ves?, dije que sí. Sólo por esta vez, ¿eh? Para que veas que no soy egoísta.

Acto II

—¿Cómo no? ¿Ahora resulta que no? Yo digo sí, cambio de opinión por vos y ahora decís que no. Me taladraste con el sí, te cansaste de llorarme con que era una cuestión de vida o muerte para vos, que si me mantenía en mis trece se iba todo al diablo, nos cansamos de discutir y ahora que cedo ya no es sí sino no; entonces, ¿cómo es la cosa? No sé, parece que siempre está todo mal. Cuando hago lo que quiero, soy egoísta; y cuando hago lo que vos querés soy egoísta también. Te juro que no entiendo. Te juro que ya no entiendo más nada. Ya no sé qué responderte, ya no sé si es sí o no o es un hacé lo que quieras. Si te digo hacé lo que quieras, te enojas; si te digo me da lo mismo, te enojas; si te digo no sé, te enojas. ¿Ves cómo sos? ¿Ves cómo es la cosa? Siempre lo mismo: si no es sí, es no y sino al revés.

Panegírico a una persona querida

El jardín se muestra desolado. Una corta pero dura sequía marca su huella. Las flores apagan su color y se marchitan. El pasto pierde su vigor y se entristece de amarillo. Los grandes y robustos árboles, victoriosos de mil batallas, se bambolean abatidos, sus raíces vacilantes en el suelo que perdió su fuerza. La madre tierra se agrieta dolorida. El polvo de su padecimiento cubre todo y todos sufren con su dolor.

Hasta el sol, ese fiel compañero, parece soltar la mano cuando unos nubarrones oscuros lo cubren. En una calma expectante todo queda en silencio. La vida parece hacer una pausa.

De improviso, el rugido escalofriante de un trueno aturde la tarde. La tierra expuesta recibe los golpes de la lluvia que hieren sus resecas heridas y sucumbe ahogada en un denso barro.

 

El diluvio nos captura con su inesperada sorpresa. Nos agarra desprevenidos, incrédulos; nos impregna de llanto y aflicción; nos empantana en el sufrimiento. Por unos instantes nos quedamos atascados, atontados y aturdidos. Rociados de dolor.

Poco a poco el agua nos permea. Lentamente logramos asimilar su humedad. La tormenta pasa y la oscuridad del cielo se desvanece. Las nubes se despejan y el sol reaparece majestuoso y perseverante; infatigable y persistente, incansable y fiel, protector y compañero. Mira de lejos con sus ojos sabios e imperturbables pero cálidos y tiernos. En la frialdad del invierno nos abriga con su cariño. Con la perspectiva de su lejanía, con su sabiduría cercana, siempre atento a lo que pasa bajo su mirada.

Una prístina belleza se desnuda a contraluz. El aire está inmóvil. No hay viento, no se siente ni una ligera brisa, pero hay vida. La tierra que supo sobrellevar con entereza los vaivenes del tiempo regala su fruto. Los nutrientes acumulados son repartidos. Las raíces por ella aceptadas hace largo rato se afirman fortalecidas de ver el fin de la adversidad. Los árboles se ponen robustos, las flores se abren en un vistoso arcoíris, un campo incipiente de brotes muestra un camino verde de esperanza. Es el pacto eterno de la vida que sigue, de las sequías que se acaban.

Cuando la sorpresa y el dolor dan lugar a la reflexión observamos que entre las profundas grietas que forma la aridez, con los embates de la enfermedad y del tiempo, y la huella de brotes incipientes que trae la humedad, se hallan las caras contrapuestas de la vida. El dolor que da pie a la renovación, las heridas que nos lastiman y nos fortalecen, el valor que se manifiesta en el sufrimiento, el ejemplo que se revela en la adversidad.

La tierra supo ser fértil. Acogió la semilla, la germinó y la nutrió; la dejó crecer grande y libre. Sorteó con valentía batalla tras batalla en su afán de protegerla. Ahora la simiente agradece el gesto a la matriz que le dio vida, al humus que la nutrió, al tenaz terrón que nunca aflojo en la lucha y le rinde honor con el color de sus pétalos, con la firmeza de sus ramas, con el tapizado de su verde, desplegando para el mundo la belleza que la tierra, paciente y generosamente, cultivó.