La capacidad de observación del escritor

Es difícil conversar con un escritor. Lo noto cuando los demás conversan conmigo (también cuando hablo conmigo mismo). No hacemos mucho de lo que se llama “vivir” y por lo tanto es difícil encontrar temas en común. Por suerte, los escritores poseemos una aguda habilidad para observar. Esta capacidad es la herramienta que usamos para comunicarnos con el mundo que nos rodea.

Es una aptitud que sorprende a los demás. Lo sabemos porque nuestras observaciones siempre los dejan boquiabiertos. No porque comentemos aspectos fantásticos o interesantes del mundo que nos rodea, sino porque son insignificancias intrascendentes ante las cuales no saben cómo respondernos. Nos miran descolocados como preguntándose de qué planeta surgió el personaje este. “¿Ah, sí? Que interesante… eh, me voy a llenar la copa, ya vuelvo”. No vuelve, y la copa estaba llena.

A nosotros igual eso no nos molesta: ya estamos acostumbrados. Simplemente nos giramos y buscamos otra víctima para aburrir. O, cuando no queda nadie que quiera hablar con nosotros o nos cansamos de tanto socializar, nos quedamos por ahí—observando.

Eso pone a todos incómodos. Un tipo grande, con cara de boludo, desprolijo e inexpresivo que mira fijo. Si no fuera porque sabés que todos en el evento se conocen y alguien debe haberlo invitado pensarías que se coló un fugado de un psiquiátrico.

Notás de pronto que te mira. Lo mirás y ni que fuera una estatua: no pestañea, no sonríe, no desvía la mirada. La desviás vos y lo volvés a mirar después de una pequeña pausa, ahora de reojo. Te sigue mirando.

Después de un rato, para tu alivio, ves que se puso a mirar fijo el mantel, o un maní que se cayó al piso. Lo mirás curioso. Si te mira a vos te incomoda; si mira otra cosa te incomoda igual, pero por lo menos te sentís más tranquilo.

Así somos nosotros. Casi como uno más.

Porque soy escritor

Camino por la calle ensimismado, en mi mundo. Me acompaña Pedro. Me habla pero no lo escucho mucho, concentrado como estoy en los dilemas profundos y estériles que aquejan a todo escritor; que me aquejan a mí. Dilemas que para los demás no tienen sentido, son una estupidez. Probablemente sea así, pero yo no soy como los demás. Ese es el motivo por el que soy escritor (¿qué otro destino para mí sino?). Por eso en lugar de escucharlo a Pedro, que me habla de cosas normales, sigo tratando de reinventar la rueda, de comprender la verdad profunda, de encontrar la piedra filosofal.

Una turista me pide que le saque una foto. La miro sorprendido, despresurizada mi mente por esta brusca caída a la realidad, con la mirada inteligente que tengo a las seis y media cuando me levanto para ir a laburar. “¿Eh?, ah, sí, dale.” Me sonríe y me da la cámara. “Tenés que apretar acá” señala mientras me mira a los ojos. Yo miro el botón. Sí, sí, le digo.

Se pone al lado de su amiga y sonríen con la iglesia de fondo. Aprieto y no sé qué pasa pero no sale la foto. Parezco un viejo pelotudo. Pelotudo e inútil.

Intento de nuevo. Mecánicamente les digo que sonrían, para ganar tiempo, mientras trato de enfocar y que no se me caiga la máquina (tengo mi cuaderno en la mano y a duras penas hago equilibrio con los dos). Les saco otra por las dudas, les indico para cumplir con el estándar. Ok, me dicen ellas.

Estiro la mano para devolver la cámara y ya mi mente retoma las disquisiciones sin sentido que habían quedado abandonadas. Ella me mira con insistencia y una marcada sonrisa mientras me agradece. Yo casi ni me doy cuenta porque ya encaré para donde está Pedro, que quedó un par de pasos más adelante. Seguimos caminando y yo sigo con mis ideas.

—¡Sos un pelotudo!—me larga de improviso. Lo miro sin comprender.

—¿Eh?—lo interrogo confundido.

—Le gustaste.

—¿A la mina?

—Sí, boludo, a la mina—me explica como un padre a su hijo de preescolar—¿no viste como te miró? ¿No te fijaste que te pidió a vos que le saques la foto?

—No, no. Ni me avive. Es que venía pensando en el tema ese, ¿viste?

—Sos un pelotudo. Podríamos estar tomando una cerveza con las minas ahora, ¿te das cuenta? Ya te dije que tenés que dejar de limarte la cabeza con pelotudeces y actuar como un tipo normal.

—¿Y qué querés?—me defiendo. —Ya te expliqué que nací así: nací pelotudo. Soy un pelotudo de nacimiento, ¿entendés? ¿Por qué te pensas que soy escritor? ¿Por la fama y la fortuna? ¡Gano menos que un cartonero!, ¿entendés? Soy escritor porque no me queda otra. Escribir es el destino final de los que nacieron con la misma enfermedad que yo.

—¿Qué enfermedad tenés vos?

—Insuficiencia social combinada con filosofitis pelotuzoide. O sea, soy un pelotudo.

Entrevista a un escritor

—¿Cómo es el día a día de un escritor?
—Bueno, agarrás y te buscás un lugar lindo para sentarte, donde puedas ver cosas y te sentás y mirás. Te quedás un buen rato, a veces una hora, a veces tres o cinco, y mirás la vida pasar. Tomás algunas notas de lo que te llama la atención, si querés, y si no simplemente observás.
—¿Eso es todo?
—Bueno, no. Después escribís sobre lo que viste y, si te interesa ser bueno, te ponés un buen rato a editar.
—¿Nada más?
—Bueno, después elegís qué te gusta de lo que lograste escribir (la mayoría es una cagada, lamentablemente, por lo que es necesario trabajar mucho; este es un laburo donde la mayor parte de lo que hacés está mal, casi como un meteorólogo, ¿viste?) y después tratás de enchufárselo a alguien y le implorás que tenga la caridad de tirarte unas monedas.
—Parece un laburo agradable.
—No está mal, la verdad. No es una cosa así como con mucho vértigo o dramatismo, pero por lo menos trabajás sentado.
—¿Y qué hacés para divertirte?
—Leer. Siempre hay algo nuevo para leer. También observar la vida pasar. ¡Ah!, sí, obvio: y tomar un buen cafecito.
—¿Nunca hacés algo?
(Acá el escritor me mira confundido, medio descolocado por la pregunta.)
—¿Algo? ¿Cómo “algo”? ¿Algo como qué?
—Y sí, ¿no vas a bailar, no jugás al fútbol, no vas al cine?
—Mmm, no, no, y a veces, pero no mucho. Voy al cineclub que es más económico y más interesante, ¿viste?
—¿No ves gente, algo?
—Sí, a veces no te queda otra. En esas situaciones tratás de zafar. O sea, a la gente no le importa mucho Dostoyevski o Flaubert ¿viste?
—¿Esto es todo?
—Ajá.
—¿Eso es todo?
(Me mira sorprendido)
—¿Te parece poco?