Inocencia

Su coordinación es imperfecta, lo mismo que su perspectiva y la noción de su cuerpo. Quiere agarrar la pelota, pero se pone demasiado cerca y la patea cada vez que se agacha estirando los brazos. Así lo intenta cuatro o cinco veces hasta que frustrada se larga a llorar y llama a su mamá; la pelota, medio metro más adelante, parece decir “yo no tuve nada que ver, no es mi culpa”.

Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

Ecografía

Dos mujeres miran la ecografía de una de ellas:

—Ay, tiene la naricita parecida a vos.

—¿Te parece?

—Bueno, no conozco al padre pero es parecida a vos.

La señora tiene tres meses de embarazo; el bebe mide 15 centímetros, la “naricita,” seis—milímetros.

Calzado para matar

Me despierta un poco de curiosidad la tendencia o moda femenina de usar robustos borcegos que imponen respeto hasta al más gorila de los soldados. Botas con cinco centímetros de plataforma hecha de plástico duro y puntín reforzado.

El tamaño del botín, observo, es inversamente proporcional a la delgadez y fragilidad de quien lo lleva. Flacas y delgadas pero, eso sí, no débiles: marchan con la misma seguridad que el ejército del zar y aunque no parecen muy agresivas, guay del noviecito que se quiera retovar.

Cruzar la calle

El hombrecito del semáforo deja de titilar y se pone rojo; en las luces redondas se encienden la colorada y la amarilla. Él igual avanza. Sabe que es tonto lo que va a hacer. Yo sé que sabe porque se le nota un rubor en la cara y su andar es rígido. El conductor del auto en primera fila también lo sabe porque lo putea mentalmente. Sé que lo putea porque veo la cara de culo que pone. No pasa nada, sin embargo.

El pibe cruza estresado pero despacio. El conductor lo mira iracundo pero en silencio. El chico termina de cruzar y mira para atrás de reojo, pero aliviado. El automovilista pisa el acelerador y arranca, muy apurado. Yo los miro avanzar y me quedo como estoy—parado.

Tonadas

Los mendocinos hablan como chilenos, los salteños como bolivianos, los formoseños como paraguayos, los misioneros como brasileños, los santiagueños como mejicanos y los porteños—como los culiados que son.

¿Hace ruido el árbol que cae cuando no hay nadie para escucharlo?

Si suena la alarma de un auto y no hay nadie para escucharla, ¿hace ruido? Sí, hace un quilombo infernal que perfora los tímpanos de todos a su alrededor menos, eso sí, del dueño, que misteriosamente es el único que no lo escucha nunca. A los demás sólo nos queda putearlo mentalmente y esperar que el ruido del orto se apague de una vez. Cosa que hace—o parece hacer—cuando se llama al silencio. Crees que fue desactivada y empezás a retomar la calma y es el momento exacto, ni un segundo más ni uno menos, en que vuelve a largar su sinfonía hiriente.

Si viera a un tipo aprovechar la indiferencia para robar el estéreo, sólo por revancha—le agradecería.

Sueños compartidos

Ella le habla de sus sueños y lo mira. Lo busca con la mirada, con unos ojos amorosos y deseosos. Sus sueños lo incluyen a él, y él—mira para otro lado.

Ella le sonríe. Le relata lo que piensa, con mucha emoción. Le muestra todas las cosas lindas que podrían conseguir juntos. Le dibuja una sonrisa llena de esperanza, y él—mira serio adelante.

Ella, mientras habla, refuerza sus palabras con un cariñoso apretón de su mano, para que él la sienta, para que él perciba como están de unidos y lo bien que están así. Ella quiere el compromiso de un caminar juntos, y él—quiere caminar en otra dirección.