Epopeya de una realidad meritoria

I

Los contactos son un capital importante:
uno puede ser vago, irresponsable e ignorante,
pero si tiene buenos amigos
las puertas se le abren.
Así es como pasó un día
en que había que cubrir una vacante.
El puesto estaba por ser otorgado
a un candidato de perfil impecable,
pero unos minutos antes
de esa elección tan destacable
el dueño recibió un pedido:
un querido amigo de la facultad
recurría a su apoyo afectuoso
para colocar con él
a su más ilustre pimpollo
que, —¿viste como es?
Está medio perdido…
Necesito que enfoque su mente
y avance recto
por lo menos un trecho…
—No te preocupes, querido,
mandalo nomás, que de él
yo me hago cargo.
Así te encontrás de sorpresa un lunes
con el gerente anunciando
tu nuevo jefe,
que a partir de ese aciago día
hará que maldigas tu suerte.
—Juan es de lo más competente,
dice el capo delante de todos
mientras el otro lo mira bochornoso
acalorado por comentario tan temeroso—
empieza hoy y promete mucho…
Bueno, los dejo tranquilos y solos
para que aprovechen
y se conozcan un poco.
El patrón se retira del grupo
dejando tras de si
un silencio muy sustancioso.
El nuevo superior
sonríe como un bobo
y la calma expectante
queda oscurecida de pronto.
Junta valor para dar su primer mensaje
las palabras que sellarán
la suerte de todos.
—No se crean todo lo que dijo,
dice sudando vergonzoso,
pero sé que juntos vamos a alcanzar
destacados logros.
Risas forzadas y apretones de mano
disimulan las caras de espanto;
miradas furtivas e incrédulas
acompañan su lento retorno al despacho.

II

Cuando los retoños toman el poder
se encuentran con un dilema de engorro:
no saben que hacer
sentados en su escritorio.
El problema con estos genios
no es sólo que no pueden ser productivos:
tampoco dejan serlo a los otros.
Se sienten mal
al ver el laburo ajeno
y a él le quieren adicionar
su pequeño grano de arena.
Con ello lo único que logran
(indefectiblemente)
es desarrollar
un gigantesco agujero negro.
Por eso si ves algo que no cuadra
en un trabajo por lo demás muy bien hecho
ya sabés quien fue
el que ofreció su sabio consejo.
Por suerte sólo se fijan
en lo que para ellos es más importante:
el diseño y su aspecto;
así que a corregir esos dobles espacios,
a resaltar con negrita, cursiva y subrayado
y poner bien grande y en el centro
ese elemento horrible
que se le ocurrió debía ir,
en un arrojo,
a su ingenio.
Sus variadas habilidades
para disfrutar de la vida
chocan con una realidad peliaguda
cuando llega el momento fatal
de tomar decisiones,
dirigir el equipo
o resolver los problemas.
Frente a cada proposición disyuntiva
no saben con que alternativa
van sellar su destino
y el de todos los otros.
Ante cada opción elegida
queda expuesta su desnudez
para oculto sarcasmo
de sus atónitos subalternos.
Incrédulos éstos miran
a esta bestia ignorante
dar confusas explicaciones
a las respuestas requeridas,
cada una de las cuales
cuesta en gran parte ser digerida
y es imposible de ser emprendida.
Aquel, como un animal en peligro,
busca liquidar el asunto espinoso
para refugiarse en su oficina
y evitar por un rato el sofoco.
Por encima de su monitor
atisba temeroso
la reacción de aquellos salvajes
que con garras le mostraron
el conocimiento y la destreza.
No es que le preocupe la burla
de éstos sus criados
(eso lo tiene sin el menor cuidado)
pero no quiere quedar mal parado
ante el amigo que generosamente
le dio la mano.

III

La solidaridad, empero,
es el código de honor
entre los que se encuentran en falta
y por cada necio puesto a dedo
siempre hay por ahí
uno o dos zalameros.
La amistad crece con envión y sin freno
entre el inútil que busca un aliado
y el que para vivir
está a todo dispuesto.
Empleado bien entrenado
que a todo lo que dice el jefe
asiente
y de cualquier chiste se ríe
como un simpático bufón
ante su soberano.
Sumiso se muestra ante su jefe,
ingenuo ante sus compañeros.
El equipo lo mira como a un traidor
que indiferente tira al tacho
tanto arduo trabajo
por acatar la expresa orden
de un mandamás irritante
que hace planteos tan dignos
como la opinión de un infante.
Como un chiquito obediente
replica las quejas de sus colegas
respondiendo con cara de sonso
que él no tiene la culpa de todo.
Los peores son, sin embargo,
los que en el medio se quedan.
No cortan la relación con los chupamedias
y a la par de los otros se quejan;
pero de frente al jefe
silenciosos esperan:
no se arriesgan ni a elevar
un tono su voz.
Con cara inocente miran sorprendidos
la frustración de los otros
enojados con ellos
por su neutral timidez.
Como diplomáticos del Vaticano
quieren unir a todos
como si fueran hermanos;
igual que aquellos ilustres santos
son sus resultados.
Contra jefes salames
y compañeros zalameros
los demás siguen su lucha
con perseverante denuedo.
Una batalla estéril
de resistencia agotante
contra tan poco ingenio
y tan enorme flojera.
Poco a poco
los ánimos tibios se incendian
y las discusiones se caldean,
pero despacio la bronca se asienta
hasta que el cansancio
la apaga del todo.
Los mejores
(o más suertudos)
comienzan su retirada
a horizontes mejores;
los otros
ven crecer su desesperación
hasta convertirse en sarcasmo.
Negativos, críticos e insoportables
ya no se bancan más el desastre,
pero por un motivo o por otro
nunca abandonan la nave.

IV

El mundo sigue
entretanto su rumbo
y en la inverosímil dimensión del demérito
los jefes impresentables
logran subir otro puesto.
Como son agradecidos
de aquellos que agua les dieron
mientras paseaban por el desierto,
utilizan su reposado dedo
para elevar con ellos
al más meloso de sus subalternos,
generalmente—el peor de todos.
Así se escribe la carrera meritocrática:
la amistad, la conveniencia y la experiencia
(para chupar las medias)
abren las mejores puertas.
Pero nada teman
los que privilegian otras competencias:
todo inútil siempre necesita alguien
que haga la parte que le cuesta
(después de todo
el área tiene que funcionar.)
Lo único que pide a cambio
es que no se le discuta
(no importa lo absurdo de lo que diga,)
que le dejen llevarse el mérito
(porque quiere mostrar su agradecimiento
con aquél que le dio el puesto)
y que sonrían y lo entretengan
cuando aparezca cada dos minutos
a matar los resquicios de tiempo
en su agenda exhausta de compromisos.

Los disc-jockeys de la conversación

Muchos de nosotros somos inconscientes disc-jockeys. Somos los animadores de la fiesta que hacemos cotidianamente de la conversación. No es que nos contraten para serlo: por lo común nos quieren echar, pero estamos tan entregados a nuestra pasión que lo hacemos sin cobrar y aún a costa del deseo de los demás.

Alguien comenta un tema e inmediatamente sacamos el disco que lo contiene y pasamos una por una todas las canciones del compacto. Desde nuestro rincón en el evento monopolizamos el sonido y difundimos, a todo volumen y sin interrupción, cada una de las pistas pertinentes. Creemos que los demás bailan de alegría con nuestra música, pero sólo agitan los brazos resignados.

Algunos ingenuos quieren que pasemos un determinado tema, pero casi nunca aceptamos tocar lo que nos piden. Otros—animales—pretenden interponer otro artista o pasar una canción de otro género; en esos casos defendemos nuestra música con la misma fiereza del láser que la grabó. Si a los demás no les gusta la canción o no los termina de convencer, la repetimos de nuevo. La pasamos una y otra vez hasta que el disco queda plasmado en la mente del otro.

Si alguien pone en duda nuestro conocimiento musical sacamos a relucir nuestra completa y exhaustiva colección de discos. Apabullamos de datos y números con la erudición de un fanático apasionado por la música—pero sin oído para ella. Un frustrado intérprete sin habilidad ni para el canto ni para un instrumento que canaliza en un eterno long play lo que no pudo lograr en ejecución.

Acumulamos temas sin cesar. Nuestra colección es inmensa: no importa el género, la época o el artista de todo tenemos un disco. En el peor de los casos tenemos por lo menos un tema. Rara vez algún mal DJ admitirá que no tiene una canción—¡y para qué! Será criticado por los otros debido a su falta de preparación y para corregirlo, para que aprenda, recibirá una demostración de saber musical.

Jamás nos cansamos de nuestros ritmos. Tenemos puestos unos auriculares virtuales que nos aíslan del ruido exterior y así podemos deleitarnos encerrados en la pasión de oír una y otra vez nuestros temas favoritos harto repetidos pero jamas gastados. Como dice la canción, it‘s only rock and roll pero ¡cómo nos gusta!

Los que no entienden nada de fútbol

Me molesta la gente tonta. No el tonto que lo es porque no tiene el conjunto completo o porque no tiene buenos jugadores sino el que tiene equipo y no lo hace jugar. No lo hace entrenar, no lo saca a la cancha o, si lo hace, deja a los jugadores parados en el campo de juego como los conos en el entrenamiento.

Algunos me dan la sensación de que ahí adentro tienen un equipo de jubilados. Los miro sobre el hombro mientras espero con paciencia los cuarenta y siete minutos (dos adicionales) que tardan en abrir el adjunto que les mandé. En otras ocasiones es como si tuvieran un conjunto de Homero Simpson, tele y sillón incluidos, apachorrados en la cancha del diálogo. Parece que tuviera que ofrecerles una cerveza Duff para que se despierten lo suficiente como para expresar la respuesta que necesito.

Algunos (a pesar de que tienen el mismo equipo que yo y que va último en el torneo de los sábados) creen que son el Barça. No sólo se creen lo que no son sino que además intentan demostrarlo y se ponen a hacer jueguitos con sus explicaciones con la misma habilidad argumentativa de un chiquito de cuatro años.

En algunos equipos pareciera reinar el desorden. Es como si no tuvieran un mínimo de táctica y orden. Tratás de mantener una conversación y sus oraciones pasan de un despeje defensivo a un ataque desordenado. En una confusión total, un argumento de camiseta roja le da un pase a otro de camiseta azul que la toca a un jugador de casaca negra para que remate, pero a esa altura ya no sabe ni cuál es su arco, entonces paraliza el argumento en medio de la cancha o lo remata a cualquier lado.

Otro grupo está conformado por los atajadores. Éstos tienen un equipo de arqueros. Once jugadores, once arqueros. Diga lo que diga, me atajan el argumento. No importa lo irrelevante que sea: parece que va a llover. No, está nublado pero va a llover recién mañana. Lo miro. El dólar se está disparando. No, no se dispara es sólo una maniobra especulativa. Lo miro. Que rico que está esto. No, está bastante choto, yo comí cosas mucho mejores. Lo calzo en la yugular con los tapones de punta.

En esta situación mi rudeza está justificada, pero hay otros que tratan de defender cualquier situación con la aspereza de Eber Ludueña: partiendo por la mitad las canillas de los razonamientos y despejando con un pelotazo a la luna cualquier demostración de lógica.

A veces les sale un caño de casualidad y (después de que se les pasa la sorpresa) me miran como esperando que se me caiga la mandíbula inferior de admiración. “Seguro que no sabías eso, ¿eh?, jeje, pero papá de esto algo entiende”, guiño cómplice. Yo lo miro como un árbitro al jugador que le perjura que no lo toqué, ¡te juro que no lo toqué!

Otro grupo destacado son los troncos. Estos no pueden avanzar dos pasos seguidos con la pelota sin que se las robe el sinsentido. Los miro como pidiendo una explicación a la pelotudez que acaban de decir y me responden, “y que querés no soy Maradona”. No, boludo, sos un atentado al juego de la inteligencia.

Están los que se creen estrellas y hablan y hablan sin soltar la pelota verbal ni un segundo. Vos les pedís un pase pero te esquivan como si fueras un rival. Te calentás, los mandas a la mierda y entonces sí te tiran un pase—irrelevante y bien lejos del área, que lo único que te permite hacer es devolverlo. Lo peor es que ni siquiera hacen grandes goles: después de correr por la cancha media hora rematan con una conclusión que pasa tan cerca de la razón como un político del cielo.

Hablando de política tenemos la complicada situación que se presenta cuando dos de estas estrellas se ponen a discutir. Están las repetidas y filosóficas discusiones entre bilardistas y menotistas. Polémicas eternas y estériles. “La posta es ésta”, dice uno; el otro se mete y contrapone “nada que ver, che, la posta es la otra”, y se lanzan a intercambiar puntos de vista. Los veo discutir, resignado, como si me forzaran a ver un amistoso entre Uzbequistán y Bosnia-Herzegovina.

También están los partidos más latinoamericanos. Discusiones apasionadas y acaloradas, llenas de golpes bajos y que muchas veces parece que terminan a las manos. A veces trato de intervenir para apaciguar los ánimos y me siento como el juez que osa cobrar un penal dudoso para el equipo visitante en la cancha de Temperley. De golpe ellos dejan de discutir entre sí y me empiezan a putear mientras me arrepiento de haber abierto otra vez mi bocaza.

En fin, no es que me considere un crack, pero entreno de vez en cuando y le meto huevo. Qué se yo… no soy una enciclopedia, pero de fútbol algo entiendo.

El día del día

Estoy harto de los días. No de los días diarios, normales, sino de los especiales. Los días que la cultura burguesa y material nos anima a festejar. Esos días en que tenés que saludar y celebrar a los agasajados, que a veces somos todos y a veces unos pocos nomás.

Antes, por lo menos en el mundo cristiano, sólo te felicitaban el día de tu santo, que no por casualidad era el día de tu cumpleaños. Tu nombre surgía de una exclusiva selección entre los canonizados que hubieran nacido o muerto en la jornada en que vos apareciste en el mundo. Ahora, y fiel a un mundo interconectado y global, los días tienen un amplio y variado origen y a pesar de su fundamento cultural muchas veces incomprensible o incompatible con el local son aceptados como si fueran parte de la historia nacional. Halloween y San Valentín son dos de los mejores ejemplos.

Así es que además del santo comenzamos a festejar otras cosas. Arrancamos con los días familiares como el de la madre y el padre; después pasamos al día del niño y lo extendimos al amigo. Ahora están en carpeta el del tío, del cuñado y hasta del primo lejano; pero más a corto plazo tenemos el día del amante, ya que ofrece mejores perspectivas comerciales.

Por otro lado tenemos el rubro profesional, con el día del abogado y el del contador como pioneros. El efecto contagio en este ramo es veloz y por eso ya son muchas las carreras adheridas. Los oficios no se iban a quedar atrás y como suele suceder empezaron los más cercanos a las profesiones: el día de la secretaria y el del empleado administrativo. A continuación comenzó el día del florista que cultiva las flores para el día de la secretaria, el día del cadete, que las va a buscar, y el del chico del delivery, que juega un rol clave porque que trae el almuerzo. La estrategia es desarrollar en forma paulatina todos los eslabones de la cadena productiva.

 

Al principio estos días jóvenes sólo aspiran a un saludo y una felicitación, que muchas veces sorprende a los propios beneficiarios (“¿Es el día del estudiante de segundo año de ingeniería? No tenía idea.”)

Con el tiempo la agenda de cumpleaños se llena de fechas y observaciones sobre estos eventos (“mañana es el día del escribano: tengo que regalarle algo a Ale y mandarle un mensajito a Mili”) y no se demora la necesidad de asignar un presupuesto a los regalos y pequeños gestos.

Primero es regalarle algo chiquito a un beneficiario cercano y querido. Por ejemplo al contador que nos dio una mano clave con la inspección de Rentas o a la recepcionista que soporta nuestros chistes y los mil y un pedidos que le hacemos. Al año siguiente el regalo pasa a ser un compromiso incómodo que además crece en tamaño cada doce meses (el otro nos regala algo un poquito mejor para el día de nuestra profesión, entonces no nos queda otra que retribuir con algo por lo menos igual y así empieza una inevitable escalada regalerista).

La necesidad del obsequio es, claro, inevitable: sino no sería un día burgués y material. Así es que se aplican billetes a unas flores para la secretaria, unos chocolates por la dulzura, una salida a comer por la amistad, un electrónico por el día del padre, un spa por el de la madre y así sucesivamente.

A mí me tienen cada vez más podrido con el tema. Más se emocionan y festejan los demás, más disfruto de mi antipatía e indiferencia. El único día que estaría dispuesto a festejar es el día de mandar a todos a la mierda. Ese día si lo festejaría con ganas y mi regalo sería una importante patada en el culo.

La necesidad de retirar el saludo

Los buenos modales indican que es importante saludar a las personas conocidas, donde “conocido” es cualquier cara que vemos con relativa frecuencia y con la que existe una mínima comunión. El problema que tengo con la gente y la simpatía es que me cansa. Me aburre saludar tanto. Me agota repetir una y otra vez los mismos comentarios cliché a lo largo del día. Me extenúa el profundo ejercicio de sonreír falsamente.

Siempre hay uno que te dice: “bueno, che, tampoco saludás a tanta gente” pero sí, es mucha. Está la viejita de la planta baja de mi edificio que es simpática y me da una mano cada vez que lo necesito pero que no hace un pomo de su vida así que se cansa de repetir las mismas historias y siempre está predispuesta para charlar y, por supuesto, criticar. Están los inquilinos nuevos, que son tan simpáticos como todo el que se acaba de mudar, y los demás con los que me encuentro de tanto en tanto.

Una vez que salgo a la calle tengo a la vecina de enfrente que tampoco tiene nada para hacer y es amiga de la señora de la planta baja. Un día estaban charlando y por saludar a una tuve que empezar a hacer lo mismo con la otra. Siguen los de al lado que son una familia “extendida”: padres, hijos, abuela, primos, tíos y qué se yo qué más. Un poco más allá un viejo que pasea veinticinco veces por día su caniche y que, por lo tanto, me lo cruzo toda vez que me muevo por la cuadra. El guardia de la Clínica de ojos, paradito firme y atento a lo que pasa en la calle para que no se afanen los estéreos de los autos (es una clínica muy reconocida: los autos suelen ser buenos, el barrio no es tan bueno). En la esquina la despensa donde salgo de apuro, y así sucesivamente.

Llegado al trabajo la cosa no mejora. Primero saludar a los de seguridad que, obviamente, rotan. Después la recepción de planta baja (dos recepcionistas), la recepcionista en mi piso; todos mis compañeros de área y los compañeros de las áreas vecinas. A veces aparecen los excompañeros que se cambiaron a otro sector pero que saludo por “herencia”. Están los jefes, los de las otras áreas con los que interactúo, el teléfono que a veces me toca atender, los que me encuentro en el ascensor… En fin, podría seguir pero creo que la idea se entiende. Lo mismo ocurre en el gimnasio, en el club donde juego los sábados y en el instituto de inglés.

Todos estos son sólo los saludos “cotidianos”; claro que están también los “ocasionales”. Éstos involucran a las personas que te cruzas cuando vas al departamento de un amigo o al de tus viejos, los del negocio al que fuiste a comprar alguna boludez, la gente del mercadito, la del consultorio y muchos más.

La semana pasada me puse a contar los saludos diarios. Fueron cincuenta y siete de la categoría “cotidianos” y dieciocho de “ocasionales”. Esto por día y en promedio, por supuesto, porque en una mala jornada pueden ser el doble. Si suponemos que cada saludo lleva (como media porque con algunos charlas un poco y con otros sólo saludas) treinta segundos resulta que se te van más de treinta minutos al día sólo en decir hola, ¿todo bien?; ¿qué parece?; lindo día tenemos hoy, ¿eh?; ¿qué pasó el domingo que perdieron?; ¡menos mal que es viernes ya!; sí, no veo la hora de que llegue el finde; qué caro que está todo, ¿no?; sí, una barbaridad; etcétera, etcétera, etcétera.

El tema es que si no saludas te miran mal. Capaz que nunca cruzaste con la persona una palabra más allá del buen día, pero dejas de saludar y pasas a ser una especie de enemigo. Al principio es como que mantienen la esperanza y te miran esperando que los saludes. Eventualmente se dan cuenta de que sos un hijo de puta antipático y mala onda y que simplemente no vas a decir ni hola. A partir de ahí cuando te los cruzas se hacen los distraídos pero te miran de refilón, o sino los ves en la otra vereda hablando y no te quedan dudas de que están diciendo este es el culiado que nunca saluda; sí, a mí tampoco me saluda, ¿tanto cuesta?; es lo que yo digo, pero así está la gente, ¿viste?; sí, cada vez peor, que me venga a pedir un favor algún día: ¡sabés como lo mando a la mierda!, ¿no?. Yo sigo como si nada pero siento la energía negativa que me arde en las orejas.

En fin, creo que es necesario que nos volvamos un poco más chinos. ¿Viste que ellos son millones y no se saludan ni nada y ninguno se hace drama? No digo llegar a ese extremo, no todavía por lo menos, pero creo que estamos en un punto de acumulación humana, por lo menos en algunas ciudades, donde no queda otra que ser más antipático, menos saludador y es momento de aceptarlo.

Caminar entre boludos

Nada peor que andar atrás de uno de esos boludos que van apenas más lento que vos. Vos vas, ponele, a 40 km/h y ellos van a 39; entonces te vas acercando pero no querés hacer el esfuerzo de superarlos y aflojas el ritmo, pero te rompe las pelotas porque vas más lento de lo que te gustaría. Así estas un rato hasta que te decidís a pasarlo y cuando lo estás rebasando lo miras con cara de bronca por el esfuerzo que te obliga a hacer y él te mira con cara de pelotudo porque eso es lo que es.

Otros personajes del mismo tipo de caminante son los zigzagueantes, que parecen borrachos de estupidez. Te decidís a pasarlos por la izquierda y ellos se empiezan a mover para ese lado. Reculás, lo miras con desconfianza y encarás para el otro lado. Ahora se les da por desviarse a la derecha. Ya van dos veces que te hace lo mismo. Lo mirás mal (a la nuca, por supuesto, con lo que él ni se da cuenta) y tomas distancia para decidir qué hacer. Lo observas: zigzaguea sin lógica. Concluís que es imposible pasarlo por la vereda, mirás para atrás, no viene nadie, te bajás del cordón y lo pasas a toda velocidad tratando de no mirar su cara de gil.

También están ellas… y las vidrieras. Una regla general: nunca rebases a una mujer del lado de los escaparates: es imposible saber el momento preciso en que gira noventa grados para mirar unos zapatos y te la llevas puesta. Tampoco es bueno ir pegado atrás: ven una vidriera, les interesa, parece que se van a desviar, bajan la velocidad, vos estás listo para seguir apenas doble para mirar de cerca, pero a último momento decide resistir la tentación y recupera el ritmo y vos te quedás pagando y tenés que acomodar tu marcha y tu distancia para no chocar. Peor es cuando están indecisas. Miran, dudan; avanzan, se paran. Giran, sufren; siguen y se interrumpen de nuevo. Finalmente se deciden y responden a tu cara de paciencia agotada con una mezcla de culpa y sufrimiento. En su defensa, no debe ser fácil se mujer, no las envidio…

Otros casos notables son las parejas que avanzan juntos a la par, como dice la canción. Uno puede medir el avance de la relación por la disposición a dejar paso a los demás. Las parejas ya establecidas no tienen problema en ponerse en fila para dejarte pasar. Los recién enamorados no. Es como si el amor recién descubierto viniera con privilegios y cual monarcas de la vereda avanzan sin inmutarse ni intentar abrir paso. En este momento son el centro del universo y los demás unos pobres pelotudos que no saben lo que es el amor. Pretenden no sólo que les dejemos paso, sino que los admiremos y los envidiemos.

El premio, igual, se lo llevan los boludos con celular. En particular los que mandan mensajitos: a estos los detesto. Si no podés cruzar la calle y comer chicle a la vez no deberías hacerlo, pero ellos lo hacen. Ponele que van a una distancia de vos y empiezan a bajar la velocidad, con la cabeza gacha y concentrados en mandar el mensaje. Te vas acercando y cuando estás listo para pasarlo levanta la cabeza y recupera el ritmo. Un poco más allá de nuevo lo mismo. Esta vez bajás la velocidad porque sabés que si intentas pasarlo retoma el ritmo y te deja pagando. Entonces él se para y vos casi te lo llevás puesto. Te mira con cara de boludo y sigue con el mensaje (hoy ya casi nadie se disculpa), vos seguís. De golpe te pasa a toda velocidad para recuperar el tiempo perdido, pero un poco más allá otra vez sopa.

Hay muchos más, pero no vamos a enumerarlos a todos. Podemos, eso sí detallar unos pocos destacados: están los que avanzan exactamente por el medio de la vereda, los que la tapan con sus bolsas de compras, las viejas con los carritos y su paso de tortuga, los reyes de la calzada que te miran como a un súbdito y esperan no sólo que les abras paso sino que además les hagas una reverencia (una manga de pelotudos), los grupos de adolescentes que usan las baldosas como su living, los perros que duermen la siesta a lo largo de ella. En fin, una larga lista de especímenes de idiosincrasia urbana moderna.