Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

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