Los disc-jockeys de la conversación

Muchos de nosotros somos inconscientes disc-jockeys. Somos los animadores de la fiesta que hacemos cotidianamente de la conversación. No es que nos contraten para serlo: por lo común nos quieren echar, pero estamos tan entregados a nuestra pasión que lo hacemos sin cobrar y aún a costa del deseo de los demás.

Alguien comenta un tema e inmediatamente sacamos el disco que lo contiene y pasamos una por una todas las canciones del compacto. Desde nuestro rincón en el evento monopolizamos el sonido y difundimos, a todo volumen y sin interrupción, cada una de las pistas pertinentes. Creemos que los demás bailan de alegría con nuestra música, pero sólo agitan los brazos resignados.

Algunos ingenuos quieren que pasemos un determinado tema, pero casi nunca aceptamos tocar lo que nos piden. Otros—animales—pretenden interponer otro artista o pasar una canción de otro género; en esos casos defendemos nuestra música con la misma fiereza del láser que la grabó. Si a los demás no les gusta la canción o no los termina de convencer, la repetimos de nuevo. La pasamos una y otra vez hasta que el disco queda plasmado en la mente del otro.

Si alguien pone en duda nuestro conocimiento musical sacamos a relucir nuestra completa y exhaustiva colección de discos. Apabullamos de datos y números con la erudición de un fanático apasionado por la música—pero sin oído para ella. Un frustrado intérprete sin habilidad ni para el canto ni para un instrumento que canaliza en un eterno long play lo que no pudo lograr en ejecución.

Acumulamos temas sin cesar. Nuestra colección es inmensa: no importa el género, la época o el artista de todo tenemos un disco. En el peor de los casos tenemos por lo menos un tema. Rara vez algún mal DJ admitirá que no tiene una canción—¡y para qué! Será criticado por los otros debido a su falta de preparación y para corregirlo, para que aprenda, recibirá una demostración de saber musical.

Jamás nos cansamos de nuestros ritmos. Tenemos puestos unos auriculares virtuales que nos aíslan del ruido exterior y así podemos deleitarnos encerrados en la pasión de oír una y otra vez nuestros temas favoritos harto repetidos pero jamas gastados. Como dice la canción, it‘s only rock and roll pero ¡cómo nos gusta!

Calzado para matar

Me despierta un poco de curiosidad la tendencia o moda femenina de usar robustos borcegos que imponen respeto hasta al más gorila de los soldados. Botas con cinco centímetros de plataforma hecha de plástico duro y puntín reforzado.

El tamaño del botín, observo, es inversamente proporcional a la delgadez y fragilidad de quien lo lleva. Flacas y delgadas pero, eso sí, no débiles: marchan con la misma seguridad que el ejército del zar y aunque no parecen muy agresivas, guay del noviecito que se quiera retovar.

Las hojas

Sopla la sudestada
Las hojas caen de la copa como si nevara.
La corriente tremolina
Las hojas se contonean con una vibración cantarina.
El viento se pacifica
Las hojas quedan esparcidas como una delgada garrapiña.
Una ráfaga sostenida
Las hojas corren sobre la vereda como una multitud en estampida.
La brisa se aplaca
Las hojas esperan inmóviles e inertes como estacas.
Los autos avanzan
Las hojas van y vienen revueltas en mezcolanza.
El semáforo cambia
Las hojas se serenan recelando otra danza.
Las personas avanzan
Las hojas crujen y se retuercen bajo sus plantas.
Un trueno retumba
Las hojas se agitan temerosas en la penumbra.
La lluvia se larga
Las hojas se condensan empapadas por el agua.
La tormenta arrecia
Las hojas ateridas ven alterada su peripecia.
La tromba escampa
Las hojas tiesas en la vereda aglutinadas como estampas.
La noche despeja
Las hojas tratan de descifrar estos hechos sin moraleja.

Los árboles, prisioneros de la ciudad

Confinados en una celda de cemento, crecen en cautiverio. Casi ahogados asoman su frondosa cabeza por un yugo cuadrado de material. Sus piernas restringidas por el asfalto, las baldosas y los tubos subterráneos. Sus brazos atrapados por edificios, rejas y cables colgantes. Algunos están condenados con estrechas rejas a su alrededor—como si tuvieran alguna posibilidad de escapar de la prisión en la que están.

Todos los días son meados por perros, gatos y pájaros ambulantes. Son tapados de desechos como si fueran vertederos puestos por el ayuntamiento. No pocas de sus ramas actúan como soportes improvisados de basureros informales. Cuando la frialdad del invierno los expone desnudos a la intemperie, a sufrir la inclemencia de los elementos, son vituperados por vecinos y porteros indignados por la limpieza de los despojos que su abrigo les deja.

Varios son majestuosos y colosales como los edificios con los que compiten por el lugar. Algunos son tímidos y flacos como un provinciano recién llegado a estudiar. Unos están arqueados y enclenques; otros amplios y rectos como una avenida principal. Algunos están más muertos que vivos; otros sobreviven, estoicos, sin dejar de luchar. Heridos por rayos de repentinas tormentas ocasionadas por el microclima de la ciudad o mutilados por los hierros punzantes de algún vehículo imprudente que tuvieron que atajar, exponen, indomables, los muñones-secuela de su batallar.

Cuando llegan a viejos (pero todavía más cuando se los considera molestos) son pasados por la guillotina eléctrica del pelotón municipal; sin el goce de una palabra amable y sin el derecho a replicar. Dejan un vacío invisible, una fosa sin cuerpo, una tumba sin lápida sepulcral. Difuntos sin nadie que los recuerde, sin nadie que por ellos se detenga a penar. Apenas reciben una palabra divina cuando en el camino de un transeúnte distraído su fosa se cruza y lo hacen tropezar.

Los otros árboles siguen imperturbables, a ellos tampoco les parece pesar. Débiles y enclaustrados en sus grilletes no les quedan fuerzas para llorar. Inmunes a todo parecen impasibles ante su ardua realidad. Pero no son fríos, apáticos ni distantes como la cal gris de las paredes o el fuego negro del asfalto industrial. Sosegados y constantes, trascienden las pequeñeces de esta urbana crueldad. Aportan una cuota de verde alegría que contrasta con los enormes mausoleos de apática civilidad.

Se muestran sonrientes y a veces coloridos si algún incauto se detiene a observar. Mirarlos, apreciar cómo apenas se mueven, es como sentarse a meditar. En una ciudad donde todos corren, ellos se toman el tiempo para respirar. En una ciudad donde todo parece efímero, ellos están hechos para perdurar. En una ciudad de miedos, amenazas y pesadumbre, persisten optimistas con valentía y serenidad. En una sociedad de charlas, gritos y ruidos, en silencio aprendieron a escuchar, y apenas se expresan, en un arrullador murmullo, cuando por algún imprevisto se callan los demás.

A pesar de nuestra reconocida impiedad, como silenciosos santos no nos dejan de ayudar. Nos refrescan y nos oxigenan y absorben el calor que no cesamos de generar. Le dan sombra a nuestros autos y de bicis y motos son el soporte ocasional. Son el refugio que contra la humedad de las lluvias nos resguarda, el cobijo de las palomas que se alimentan de nuestros despojos y la posada de los pocos pájaros que todavía se arriman a cantar. En una tenaz jungla de concreto, que avanza incansable y con fabril celeridad, son la única esperanza de unos pocos pastos verdes que intentan—locos—vivir y prosperar.

Cruzar la calle

El hombrecito del semáforo deja de titilar y se pone rojo; en las luces redondas se encienden la colorada y la amarilla. Él igual avanza. Sabe que es tonto lo que va a hacer. Yo sé que sabe porque se le nota un rubor en la cara y su andar es rígido. El conductor del auto en primera fila también lo sabe porque lo putea mentalmente. Sé que lo putea porque veo la cara de culo que pone. No pasa nada, sin embargo.

El pibe cruza estresado pero despacio. El conductor lo mira iracundo pero en silencio. El chico termina de cruzar y mira para atrás de reojo, pero aliviado. El automovilista pisa el acelerador y arranca, muy apurado. Yo los miro avanzar y me quedo como estoy—parado.

No quiero

No quiero aceptarte por compromiso
no quiero agregarte sin saber quién sos;
no quiero una relación tan cercana
no quiero saber tanto de vos.

No quiero ver las fotos de tu sobrino
no quiero ver a tu perro, ¡que divino;!
no quiero más invitaciones a tus juegos
no quiero más convocatorias de eventos.

No quiero compartir mis comidas
no quiero compartir mis salidas;
no quiero expresar lo que siento
no quiero manifestar lo que pienso.

No quiero comentarios comedidos
no quiero sentimientos desmedidos;
no quiero lindas declaraciones vacías
no quiero grandes hazañas emotivas.

No quiero un pequeño refrán exquisito
no quiero palabras de un gran erudito;
no quiero una oración milagrosa
no quiero una frase profunda y virtuosa.

No quiero mil y un chistes agotados
no quiero más clichés estereotipados;
no quiero cadenas de mail rescatadas
no quiero revivir otra vez esa etapa.

-o-

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Tonadas

Los mendocinos hablan como chilenos, los salteños como bolivianos, los formoseños como paraguayos, los misioneros como brasileños, los santiagueños como mejicanos y los porteños—como los culiados que son.

Cosas

Estamos rodeados de cosas. Cosas nuevas, cosas viejas, cosas prácticas, cosas vanas, cosas grandes, cosas chicas, cosas necesarias, cosas inútiles (pero atractivas.) No sólo tenemos cosas sino que cada vez tenemos más. Llevamos, de hecho, tantas cosas que es cada vez más raro ver a alguien caminar sin una bolsa o un morral, una mochila o alguna otra cosa.

Las cosas nos rodean. En todo momento, prácticamente, estamos usando alguna cosa. En forma constante estamos moviendo cosas y moviéndonos entre cosas. Si no estamos transportando nuestras cosas las estamos adquiriendo o, en menor medida, desechando; pero por suerte nuestras cosas son cada vez más maleables y fáciles de transportar.

Mantener las cosas no es fácil. Tenemos que cuidarlas: limpiarlas, acomodarlas y ordenarlas. A veces se rompen y necesitamos arreglarlas; a veces se rompen y necesitamos reponerlas; a veces se rompen y las descartamos imperceptiblemente por ahí. Cada vez más las cosas se vuelven obsoletas. Además, y a pesar de su abundancia, no dejan de inventarse nuevas cosas. Por eso necesitamos siempre la cosa más reciente: nos desesperamos por tener la novedad. A veces nos cansamos y decimos que la cosa no va más, pero siempre aparece una cosa bonita o una cosa insólita y original que nos tienta a comprar.

Tantas cosas atesoramos que ya ni sabemos cuántas tenemos. Es que las cosas nos encantan (salvo, claro, cuando nos tenemos que mudar. Sólo ahí—y sólo mientras dura la mudanza—notamos todas las cosas que llegamos a acumular.) No sabemos dónde metemos todo, pero siempre hay lugar para una cosa más.

Las cosas a veces actúan como paredes que nos separan de los demás. Vivimos intermediados de cosas que nos acercan a lo que no nos necesitábamos acercar. A veces estamos cerca pero las cosas nos alejan más de lo que nos gustaría aceptar. A veces no sabemos ni dónde estamos y necesitamos alguna de nuestras cosas para podernos encontrar. En ellas nos buscamos pero sin llegarnos a hallar.

Tan acostumbrados estamos a las cosas que una cosa nos parecen los demás. Eso no nos asusta—casi nunca lo llegamos a notar; el tema es cuando la cosa, somos nosotros para los demás. Es ahí cuando la cosa se pone fea y es entonces que recurrimos a esas mismas cosas mágicas para expresar nuestro pesar.

Estamos rodeados de cosas, cada vez tenemos más. El tema es qué cosa hacemos con todo lo que llegamos a acumular. El tema es qué cosa haremos cuando veamos el montón de nada que nos llevó toda una vida juntar.