La capacidad de observación del escritor

Es difícil conversar con un escritor. Lo noto cuando los demás conversan conmigo (también cuando hablo conmigo mismo). No hacemos mucho de lo que se llama “vivir” y por lo tanto es difícil encontrar temas en común. Por suerte, los escritores poseemos una aguda habilidad para observar. Esta capacidad es la herramienta que usamos para comunicarnos con el mundo que nos rodea.

Es una aptitud que sorprende a los demás. Lo sabemos porque nuestras observaciones siempre los dejan boquiabiertos. No porque comentemos aspectos fantásticos o interesantes del mundo que nos rodea, sino porque son insignificancias intrascendentes ante las cuales no saben cómo respondernos. Nos miran descolocados como preguntándose de qué planeta surgió el personaje este. “¿Ah, sí? Que interesante… eh, me voy a llenar la copa, ya vuelvo”. No vuelve, y la copa estaba llena.

A nosotros igual eso no nos molesta: ya estamos acostumbrados. Simplemente nos giramos y buscamos otra víctima para aburrir. O, cuando no queda nadie que quiera hablar con nosotros o nos cansamos de tanto socializar, nos quedamos por ahí—observando.

Eso pone a todos incómodos. Un tipo grande, con cara de boludo, desprolijo e inexpresivo que mira fijo. Si no fuera porque sabés que todos en el evento se conocen y alguien debe haberlo invitado pensarías que se coló un fugado de un psiquiátrico.

Notás de pronto que te mira. Lo mirás y ni que fuera una estatua: no pestañea, no sonríe, no desvía la mirada. La desviás vos y lo volvés a mirar después de una pequeña pausa, ahora de reojo. Te sigue mirando.

Después de un rato, para tu alivio, ves que se puso a mirar fijo el mantel, o un maní que se cayó al piso. Lo mirás curioso. Si te mira a vos te incomoda; si mira otra cosa te incomoda igual, pero por lo menos te sentís más tranquilo.

Así somos nosotros. Casi como uno más.

¿Hace ruido el árbol que cae cuando no hay nadie para escucharlo?

Si suena la alarma de un auto y no hay nadie para escucharla, ¿hace ruido? Sí, hace un quilombo infernal que perfora los tímpanos de todos a su alrededor menos, eso sí, del dueño, que misteriosamente es el único que no lo escucha nunca. A los demás sólo nos queda putearlo mentalmente y esperar que el ruido del orto se apague de una vez. Cosa que hace—o parece hacer—cuando se llama al silencio. Crees que fue desactivada y empezás a retomar la calma y es el momento exacto, ni un segundo más ni uno menos, en que vuelve a largar su sinfonía hiriente.

Si viera a un tipo aprovechar la indiferencia para robar el estéreo, sólo por revancha—le agradecería.

A brillar mi amor

Acicalándonos en la peluquería de moda
esta noche vamos a ver si se da
esa chance errante
que los productos mágicos nos prometieron lograr.
Jean ajustados, vestidos negros y leopardos,
escotes, minifaldas y elastizados;
anteojos negros, piercings y discretos tatuajes,
aros multicolores, collares y pulseras brillantes;
cremas, acondicionadores e intrincados peinados,
rímel, labios con rouge y uñas de gato:
los encantos del arte milenario
y los más recientes avances
potenciados con los recursos del marketing—
y ni un sólo flaco que dé con el target.

Burbujas en el espacio

A veces siento que las personas somos como burbujas de jabón. Como una frágil y delicada pompa flotante. Separados prudentemente de la realidad por una viscosa capa de agua jabonosa pero con la suficiente cercanía como para percibirla. Desde nuestra esfera de intimidad vemos el mundo con la misma perspectiva oblicua con que observamos una cuchara metida en un vaso con agua.

Nuestra delgada ampolla fluctúa con nuestras emociones. Por momentos estamos nítidos y brillantes, por momentos oscuros y opacos. Nos inflamos cuando estamos alegres y nos pinchamos (un poco) cuando una espina dolorosa nos roza. Nos condensamos cuando comemos mucho y nos ponemos más maleables cuando nos ejercitamos.

Nuestros puntos de contacto con las otras burbujas no son muchos; generalmente son esporádicos. En ocasiones se produce una reacción química y entonces nos unimos como en un diagrama de Venn. Así se unen amistades, se unen parejas y se unen equipos. Si tenemos suerte nos mantenemos unidos por todo lo que dura nuestra vida, pero muchas veces la fuerza del viento nos vuelve a separar.

Me imagino el mundo cargado con millones de estas pequeñas burbujas surgiendo y explotando continuamente. Burbujas que rebotan por ahí, sin un rumbo claro y con un destino impredecible: algunas flotan, otras sobrevuelan, unas se esquivan, otras colisionan. Por momentos rebotamos unos con otros, de a ratos vamos adheridos en un abrazo pegajoso. Por momentos avanzamos en la misma dirección, de a ratos volamos hacia diferentes destinos.

Nos soportamos unos sobre otros, nos mantenemos apartados por una alquimia invisible cuando somos incompatibles, nos ligamos entre varios y vamos juntos a todos lados, nos apretamos cuando estamos muy juntos (con una presión que a veces nos deja a punto de estallar) y salimos despedidos cuando otros nos repelen.

A veces nos elevamos tan alto que los demás nos miran asombrados y preocupados por lo amplio que será nuestra caída cuando reviente la fantasía. A veces nos arrastramos por el suelo y ni el enérgico soplo de un dios gigante nos logra levantar.

A veces reventamos, sólo para volver a nacer; renovados, más fuertes y más libres. A veces reventamos y dejamos de existir. Desintegrados en un millón de moléculas de agua que se pierden en la eternidad del mundo sensible que ya no sentimos más; pero que siguen sintiendo los otros. Esas pequeñas, casi imperceptibles, huellas moleculares se unen a las burbujas que estaban a nuestro alrededor y las impregnan con una pequeña porción de nuestro ser. Así dejamos de ser pero, a la vez, nunca dejamos de ser.

Sueños compartidos

Ella le habla de sus sueños y lo mira. Lo busca con la mirada, con unos ojos amorosos y deseosos. Sus sueños lo incluyen a él, y él—mira para otro lado.

Ella le sonríe. Le relata lo que piensa, con mucha emoción. Le muestra todas las cosas lindas que podrían conseguir juntos. Le dibuja una sonrisa llena de esperanza, y él—mira serio adelante.

Ella, mientras habla, refuerza sus palabras con un cariñoso apretón de su mano, para que él la sienta, para que él perciba como están de unidos y lo bien que están así. Ella quiere el compromiso de un caminar juntos, y él—quiere caminar en otra dirección.

El viento

La impiedad de su aliento
en un paisaje desolado y perpetuo
es un grito eterno y angustiante
de soledad.
Como el rugido de un león sordo
que brama incansable
el temor de su desamparo
porque no se puede escuchar.

Implacable frente a tu súplica
te deja aislado en el tiempo
perdido y sin un hilo
en el mismísimo infierno.
Intimidado ante un demonio
que impiadoso decreta
un terrible y duro castigo
quién sabe a qué atrevimiento.

Con su soplo continuo
te envuelve y te encierra
en un sonoro silencio
que abate tu voluntad.
Oprime uno por uno
cada uno de tus poros
hasta que te ahoga la asfixia
y ya no podés respirar.

Como un barrilete suelto en una tormenta
la esperanza de tu espíritu se vuela
empujada por un remolino
que junto al polvo te arrastra;
polvo que poco a poco te aplasta
y te convierte en monumento:
un túmulo donde reposa,
donde deja de luchar, tu alma.

Con los ojos llorosos

¿Viste cuando mirás el aire a contraluz y ves pasar esas partículas de polvo que son como cometas en miniatura? Bueno, eso estaba mirando concentrado y con la mente apagada cuando se levantó el viento y me dejo la vista que ni que saliera de un velorio.