Como apreciar una obra de arte

El arte está de moda y se vuelve entonces requisito inevitable de nuestras rutinas burguesas asistir a exposiciones y muestras de esta disciplina. Es un desafío importante el poder opinar sobre esta difusa y compleja materia que es el arte contemporáneo y no quedar como un simplón sin más criterio que un “a mí me gusta, pero yo no entiendo nada de arte, ¿eh?”

Acudo así como un fiel amigo para socorrerlo ante esta difícil prueba de la vida moderna, de tal manera que no quede como un perejil y pueda demostrar (o aparentar, que viene a ser lo mismo) conocimiento de esta asignatura oscura pero vital de la institución que denominamos cultura. Si adopta estas enseñanzas elementales yo, virtualmente, le garantizo que su reputación crecerá en las redes sociales y hasta logrará algunos nuevos amigos en Facebook.

Para comenzar haremos un análisis de un extracto de la crítica a la obra “El absurdo” del pintor Octavio Garcharovsky:

Su obra es una síntesis culminante del evento pictórico. Un verdadero concierto de colores estilizados en aristas potentes y gravosas curvas que se balancean en un desequilibrio agónico. Garcharovsky realiza un complejo recorrido que demuestra una trascendental abstracción etílica que abandona el anclaje de las convenciones y mezcla tragicómicas formas con irreverentes despliegues de retórica sensible. Devela en su lenguaje espectral unas indagaciones creativas que conminan con la catástrofe.

Básicamente lo que el crítico nos quiere decir es que el pintor no está en su sano juicio (“trascendental abstracción etílica”) o, lo que es lo mismo, que nadie entiende de qué trata su obra (“indagaciones creativas”), como clasificarla y qué uso darle (por ejemplo, ¿da para ponerla en el estar o debería ubicarse en el baño?)

Lo importante para usted, de todas maneras, no es entender lo que dice el crítico sino saber qué responder, es decir poder lucirse con una frase que sugiera inteligencia y cultura. La manera de proceder es una cuestión bien sencilla.

Cuando le pregunten qué le parece la obra debe poner su mejor cara de circunspección (aquella que pone cuando se retira de una tienda sin comprar nada y el de seguridad lo mira fijo) y responder con convicción, como si fuera un intelectual o un crítico de arte, “esta obra refleja una coordenada específica que simula aparecer entre sombras dislocadas y linderas con la ausencia de todo volumen pero que muestran un pensamiento que fluye y eclosiona contra la abstracción de la nada”.

La fortaleza de la expresión radica en su completa falta de sentido. Es una frase que debe memorizar ya que es imposible de formular en forma espontánea. Ante ella, su amigo inculto lo mirará con asombro al descubrir esta faceta ilustrada que despliega y que hasta ese momento era desconocida por él, y no dirá nada para no quedar como un vulgar ignorante. Su amigo esnob, que le formuló la pregunta con el único y oculto fin de que demuestre su incultura para poder él explayarse con una disertación inentendible y aburridísima, lo mirará sorprendido y atemorizado por su demostración de una ignorancia erudita más incomprensible que la suya, y tampoco dirá nada, para no correr el riesgo de quedar como un vulgar ignorante.

De esta manera logrará a su alrededor un respeto profundo y silencioso que podrá reafirmar y terminar de afincar elevando una ceja, posando su mano derecha bajo el mentón y observando concentrado la obra como si fuera a penetrar en los oscuros confines del alma del artista mientras piensa en la media docena de medialunas que comerá apenas termine con este tedioso trámite.

Es así que el secreto de este arte radica apenas en memorizar una rebuscada frase y adoptar una actitud solemne mientras la expresa para luego mirar desde las alturas de su ego elevado las miradas asombradas de sus iletrados y maravillados amigos.

La comedia relacional

Acto I

—La respuesta es no, ¿me entendés? No es un puede ser o un veremos: es no; simplemente no. ¿O acaso no es lo que siempre dije? ¿Eh? ¿O acaso alguna vez dije puede ser? No, siempre dije no; entonces no me vengas ahora con que sí, ¿entendés,? porque es no. Igual, ponele que fuera sí. Hipotéticamente hablando nomás, ¿no? O sea, no digo que sí, sino supongamos que sí. ¿Entonces qué? O sea, ¿qué cambia? Es lo mismo, ¿o no? Bueno, no es exactamente lo mismo pero casi, entonces ¿cuál es la diferencia? Claro, a vos porque te conviene nomás. En cambio lo mío es egoísta, ¿no? Claro, si vos decís sí, todo bien, pero si yo digo no, todo mal. ¿O no es así? Entonces te enojas. Entonces siempre termino cambiando de opinión para darte el gusto porque si no quiero cambiar todo mal. Así que bueno, ¿ves?, dije que sí. Sólo por esta vez, ¿eh? Para que veas que no soy egoísta.

Acto II

—¿Cómo no? ¿Ahora resulta que no? Yo digo sí, cambio de opinión por vos y ahora decís que no. Me taladraste con el sí, te cansaste de llorarme con que era una cuestión de vida o muerte para vos, que si me mantenía en mis trece se iba todo al diablo, nos cansamos de discutir y ahora que cedo ya no es sí sino no; entonces, ¿cómo es la cosa? No sé, parece que siempre está todo mal. Cuando hago lo que quiero, soy egoísta; y cuando hago lo que vos querés soy egoísta también. Te juro que no entiendo. Te juro que ya no entiendo más nada. Ya no sé qué responderte, ya no sé si es sí o no o es un hacé lo que quieras. Si te digo hacé lo que quieras, te enojas; si te digo me da lo mismo, te enojas; si te digo no sé, te enojas. ¿Ves cómo sos? ¿Ves cómo es la cosa? Siempre lo mismo: si no es sí, es no y sino al revés.

La ilusión

Un hombre mira con pavor,
al sacar a pasear su caniche-toy,
sin atinar una explicación
al espectáculo que exalta su emoción:
la aparición sin justificación,
las muestras de una sinrazón
con atropello a toda consideración,
una falla que cala en su corazón:
lo incierto de su ilusión.

Monólogo

—¿Vos te das cuenta que hace quince minutos que haces un monologo de estupideces? ¡Cerra el orto chabon!

Mi otro yo cansado de las estupideces que (mentalmente) hablo.

Percepciones

Nuestras emociones tienen la misma volatilidad que las transformaciones que ocurren en el cielo. Nuestro rostro refleja las impresiones que estampa el tiempo pero es común que nos pase desapercibido cómo nos afecta el día a medida que cambia.

Mientras estamos concentrados en nuestros quehaceres, nuestros sentidos perciben y nuestra mente procesa todos los movimientos celestes. Un sol que se esconde detrás de una nube es apreciado por una piel que recibe menos calor y un ojo que recoge menos luz. Nuestro cuerpo se adapta pero no siempre nuestra conciencia es notificada y así nos encontramos sorprendidos de golpe por la nostalgia o la tristeza.

Cuando lo que tapa el firmamento es una marea blanca, nuestro espíritu se serena y la actividad se detiene. Si su tono es gris, la melancolía nos gana y cada aspecto del mundo nos recuerda a un tango. La oscuridad de un nubarrón apaga nuestra energía y todo a nuestro alrededor muestra indicios de que la vida no es más que una ilusión.

No siempre son los tonos grises los que predominan. Hay ocasiones en que las nubes y el firmamento se funden en un celeste patrio. No podemos distinguir unas del otro y quizás por eso esa combinación no nos produce más emoción que la indiferencia. A veces un azul profundo e intenso se extiende hacia el infinito y una serena armonía se compone en nuestro ánimo. Es en ese estado cuando nos ponemos a contemplar el cielo y vemos lo que allí ocurre.

Hay momentos en que las nubes parecen congeladas en su posición. Las observamos con la expectativa de encontrar algún signo de vida pero las esponjas de aire permanecen imperturbables: firmes como nieves eternas en montañas azules. En otras oportunidades el movimiento es lento pero perceptible, como si se realizara con gran esfuerzo. Con una calma perezosa la formación de vapores se traslada a lo largo del horizonte; sus formas y contornos se dibujan y difuman muy despacio a medida que surgen o se funden con el cielo.

A veces parecen contagiadas de modernidad y avanzan raudas y apuradas. Las vemos pasar, sin detenerse a saludar, y contemplamos como se pierden en el extremo antes de que podamos imaginar su forma. Su rastro fugaz hace más efímera su naturaleza y por eso dudamos si realmente las vimos o fue sólo un engaño de nuestra mente. No nos dejan esa duda cuando agrupadas en un batallón tenebroso cubren el horizonte de un extremo al otro y marchan amenazantes a paso de carga.

El viento es el primero en sonar la alarma. Lo sentimos a nuestro alrededor y nos llama la atención. A continuación llega la avanzada en forma de un furtivo descenso de la temperatura que percibimos en nuestra piel erizada. Inquietos miramos y presenciamos el encrespado y volátil océano negro que acomete inexorable. Ni el más valiente deja de atemorizarse ante este oscuro ejército que invade sin piedad el hasta entonces tranquilo día. El momento se congela y reina la noche en el día como si fuera un eclipse.

Pocas cosas nos desorientan más que la oscuridad. No es la falta de luz lo que nos afecta—es la ausencia del sol. Este astro es el dictador implacable del paso de las eras. Ordena con su progreso nuestra existencia: nos ubica en el tiempo y el espacio y nos encadena a eso que llamamos realidad. No hay manera de controlarlo, de pedirle que congele la vida aunque sea un instante. Al contrario, cuando disfrutamos de su luz y calor el día vuela y apenas si podemos atraparlo en un vago recuerdo: empezamos la diversión con un sol pleno y fuerte; un instante después los rayos anaranjados y el frescor del atardecer nos indican que otra jornada pasó. Un día más que se aleja sin retorno.

Las nubes, en cambio, son atemporales. Aparecen y desaparecen sin orden ni previsión. Con su presencia el día se vuelve eterno e ininterrumpido. Las horas avanzan pero no advertimos sus pasos. Los momentos del día quedan indiferenciados: imposible distinguir la mañana de la tarde de la noche. A pesar de que inventamos artefactos que nos permiten vigilar la trayectoria del sol, las nubes cumplen su función desorientadora. Relajados, dejamos de actuar y comenzamos a soñar: rememoramos las épocas pasadas, fantaseamos con los tiempos futuros y rectificamos las oportunidades que perdimos y que no volverán.

El sol, de todas maneras, siempre gana y más tarde o más temprano las nubes se desdibujan y se esfuman, muchas veces con suavidad y sutileza. En ocasiones desaparecen de improviso y la energía del sol nos sorprende in fraganti—soñando. Su luz nos alegra, pero también nos baja a tierra, nos trae de vuelta a la ineludible realidad del mundo de la razón; entonces no nos queda más remedio que retomar nuestras tareas y volver a ser parte de la vida.

El bólido

Un ruido retumba con fuerza en la ciudad. Suena como un auto de competición que acelera en la recta final. Los edificios vibran con las ondas expansivas que provoca el motor. El sonido se percibe en un feroz in crescendo—hasta que el bólido aparece.

Un cascarón brillante, de un azul plateado, que exige a los pistones todo lo que pueden dar. Pasa frente a mis ojos y me provoca una sensación de mareo con sus vertiginosos 63,2km/h. Como una versión colorida del Agente Smith de Matrix en la escena en la que esquiva en cámara lenta las balas, es sobrepasado por todos los costados por los demás autos.

Se aleja. El fragor atronador permanece en mis oídos apenas un poco más que la figura rutilante de este Meteoro de Villa Adelina.