Estirar el billete

—¿Estirando el billete?

—Más que estirarlo lo tengo martirizado como en la edad media: atado a las cuatro puntas y con cuatro caballos que empujan de cada lado. Ya está casi desmembrado de hecho.

El día del día

Estoy harto de los días. No de los días diarios, normales, sino de los especiales. Los días que la cultura burguesa y material nos anima a festejar. Esos días en que tenés que saludar y celebrar a los agasajados, que a veces somos todos y a veces unos pocos nomás.

Antes, por lo menos en el mundo cristiano, sólo te felicitaban el día de tu santo, que no por casualidad era el día de tu cumpleaños. Tu nombre surgía de una exclusiva selección entre los canonizados que hubieran nacido o muerto en la jornada en que vos apareciste en el mundo. Ahora, y fiel a un mundo interconectado y global, los días tienen un amplio y variado origen y a pesar de su fundamento cultural muchas veces incomprensible o incompatible con el local son aceptados como si fueran parte de la historia nacional. Halloween y San Valentín son dos de los mejores ejemplos.

Así es que además del santo comenzamos a festejar otras cosas. Arrancamos con los días familiares como el de la madre y el padre; después pasamos al día del niño y lo extendimos al amigo. Ahora están en carpeta el del tío, del cuñado y hasta del primo lejano; pero más a corto plazo tenemos el día del amante, ya que ofrece mejores perspectivas comerciales.

Por otro lado tenemos el rubro profesional, con el día del abogado y el del contador como pioneros. El efecto contagio en este ramo es veloz y por eso ya son muchas las carreras adheridas. Los oficios no se iban a quedar atrás y como suele suceder empezaron los más cercanos a las profesiones: el día de la secretaria y el del empleado administrativo. A continuación comenzó el día del florista que cultiva las flores para el día de la secretaria, el día del cadete, que las va a buscar, y el del chico del delivery, que juega un rol clave porque que trae el almuerzo. La estrategia es desarrollar en forma paulatina todos los eslabones de la cadena productiva.

 

Al principio estos días jóvenes sólo aspiran a un saludo y una felicitación, que muchas veces sorprende a los propios beneficiarios (“¿Es el día del estudiante de segundo año de ingeniería? No tenía idea.”)

Con el tiempo la agenda de cumpleaños se llena de fechas y observaciones sobre estos eventos (“mañana es el día del escribano: tengo que regalarle algo a Ale y mandarle un mensajito a Mili”) y no se demora la necesidad de asignar un presupuesto a los regalos y pequeños gestos.

Primero es regalarle algo chiquito a un beneficiario cercano y querido. Por ejemplo al contador que nos dio una mano clave con la inspección de Rentas o a la recepcionista que soporta nuestros chistes y los mil y un pedidos que le hacemos. Al año siguiente el regalo pasa a ser un compromiso incómodo que además crece en tamaño cada doce meses (el otro nos regala algo un poquito mejor para el día de nuestra profesión, entonces no nos queda otra que retribuir con algo por lo menos igual y así empieza una inevitable escalada regalerista).

La necesidad del obsequio es, claro, inevitable: sino no sería un día burgués y material. Así es que se aplican billetes a unas flores para la secretaria, unos chocolates por la dulzura, una salida a comer por la amistad, un electrónico por el día del padre, un spa por el de la madre y así sucesivamente.

A mí me tienen cada vez más podrido con el tema. Más se emocionan y festejan los demás, más disfruto de mi antipatía e indiferencia. El único día que estaría dispuesto a festejar es el día de mandar a todos a la mierda. Ese día si lo festejaría con ganas y mi regalo sería una importante patada en el culo.

Hoy salí a entrenar

Chuf, chuf, chuf
Mi locomotora arranca con lentitud,
la gente contempla y admira mi actitud,
quizás sorprendidos por mi amplitud.

Chuf, chuf, chuf
Mis pies se arrastran, vienen y van.
Intento respirar, intento inhalar:
resoplo buscando aire para quemar.

Tracatac, tracatac
La combustión de mi cuerpo larga vapor
una estela de humo flota a mi alrededor:
mi energía que huye con cada estertor.

Tracatac, tracatac
Los demás me pasan como un auto a un tractor:
una vieja en andador va más ligero que yo
¡La puta que me parió!

Chu, chuuu
Algo adelante atrae mi atención;
hundo la panza buscando el amor,
pero ella me mira con asco y temor.

Tracatac, tracatac
Mis poros transpiran como un colador;
mis sobacos hieden un agridulce olor;
mi ropa se moja y destiñe el color.

Tracatac, tracatac
Mi cuerpo me pide clemencia, ¡por favor!
No aguanto más y falta mucho para llegar
recién arranco y ya estoy por colapsar.

Tracatac, tracatac
Las articulaciones oxidadas me provocan dolor,
en el centro de mi pecho se concentra un ardor:
mi corazón cansado por este ímpetu agotador.

Tracatac, tracatac
Insulto a mi ego por ponerse a desvariar
¡Maldita la hora en que se me ocurrió adelgazar!
Encima el día se prestaba para apolillar.

Chu, chuuu
Sigo perseverante, pero porque no puedo frenar.
Avanzo repiqueteando, avanzo sin parar,
con cada paso un poco más cerca del hospital.

Glamour

Ella trota con un aire de seducción. Se siente diosa y se mueve coqueta. Busca el glamour con su ropa y con su actitud, pero su pancita no engaña a nadie: la seducción sigue estrictas dietas. Sus aires de diva quedan así: en el aire, y en las letras de las canciones de sus artistas favoritos, que la comprenden, que la valoran y que le permiten fugarse en fantasías de amor.

Termina de correr, recupera el aire y revuelve su cabellera como en un aviso de champú mientras aprovecha para mirar de reojo si alguien la mira, si alguien la nota, si alguien la admira. Pero no: nadie. Un encanto sin aprecio, un estrellato sin fama. No importa, se consuela; ellos se lo pierden piensa mientras se aleja caminando despacio y cabizbaja.

Sensación de inseguridad

Inseguridad en la oscuridad,
inseguridad a lo largo del día;
inseguridad en la vereda,
inseguridad en la puerta,
inseguridad a la vuelta,
inseguridad frente a la reja.

Rejas en las plazas,
rejas en las escuelas,
rejas en las viviendas;
rejas en las ventanas,
rejas en las entradas,
rejas en las cámaras.

Cámaras en las calles,
cámaras en los hogares,
cámaras en las peatonales;
cámaras en los ministerios,
cámaras en los comercios,
cámaras cada dos metros.

Polarizado en los autos,
candados en los rodados,
guardianes en los mercados;
bolsos en las gavetas,
alarmas en las botellas,
detectores en las puertas.

Un peatón cuidadoso,
un vendedor receloso,
un inquilino miedoso;
una mochila disimulada,
una cartera aferrada,
un andar siempre alerta.

Un bien despojado
un vecino afanado
un anciano golpeado
un comerciante asesinado
un hecho injustificado
un llanto desconsolado.

Un ciudadano enajenado,
un diario como un eco exagerado,
un político que busca ser excusado;
un estado indiferente y alejado,
un asentamiento colapsado,
un indefenso culpable y esposado.

La soltura de la impunidad,
la indolencia de la cotidianidad,
la frustración por la inutilidad;
la dirigencia sin reaccionar,
la medicina sin funcionar,
la defensa como único accionar.

Cansados de resguardar,
agotados de tanto vigilar,
tensionados con los demás;
vejados por la realidad,
asqueados por la crueldad,
apabullados por la inseguridad.

Seguridad pública

Me llama la atención cómo todas las dependencias estatales oficiales tienen cámaras de seguridad. Lo que me parece más curioso es que son los propios chorros los que ordenan instalarlas. ¿Será que, como dice el chiste, no quieren competencia? Aunque no sé quién puede querer entrar a robar a un Ministerio: lo único que hay adentro son computadoras viejas y legajos llenos de polvo. Bueno, y algunas máquinas de café y varios juegos de mate; pero la plata no está ahí: todo el mundo lo sabe. Está en las cuentas suizas.

Es bastante singular esto de que quienes deben ser vigilados en la práctica vigilen a los demás. Es como si un quisco de drogas pusiera una cámara en el frente para evitar y controlar los disturbios de la policía si a esta se le ocurre hacer valer la ley. El fiscal ordena el allanamiento, los policías se movilizan desde la comisaría y cuando llegan se encuentran a los narcos detrás de un vallado, con cara de pocos amigos y listos para arrojar gases lacrimógenos.

No sé por qué me viene a la cabeza en este momento Pablo Escobar. En su momento fue uno de los narcotraficantes más importantes de la región. Solía regalar plata, construir canchas de fútbol y dar regalos en Navidad a los más pobres. Era una manera de satisfacer su conciencia social y conseguir apoyo para seguir con sus fechorías. Quizás me apareció su figura por la referencia a los narcos porque con el accionar de los políticos, ahora que lo pienso, no tiene nada que ver.

 

Otro lugar favorito para ubicar las cámaras son los espacios públicos. Lugares que están siempre bien iluminados y llenos de gente todo el día. Muchos, incluso, suelen adicionar alguna guardia policial. Sólo un boludo podría intentar un robo ahí; más teniendo en cuenta la cantidad de alternativas para hacerlo sin riesgo. Por ejemplo esa esquina oscura y que es paso obligado para la gente del barrio. Ahí no ponen nada: no ponen un foquito, mucho menos una cámara. De más está decir que es justamente en ese punto donde afanan. Los chorros lo saben, los vecinos lo saben, los que no son del barrio no tardan en deducirlo.

Capaz que a vos te indigna que pase eso porque pensás que un político lo único que hace es viajar en helicóptero y sacarse fotos con otros políticos, pero no: tiene una agenda muy apretada. Tiene que ir a eventos deportivos, saludar a personas famosas y viajar por el mundo, entre otras actividades oficiales; entonces no le queda otra que elegir: o cierra jugosas licitaciones o camina por los barrios, y ¿cuál es la ganancia de recorrer el barrio cuando no hay elecciones?

El tema es que a veces la gente es incomprensiva y arma bardo. Como no entienden las dificultades de hacer política arremeten contra sus ejecutores y le arman quilombo en su oficina. ¿A vos te gustaría que cuando te bajas del bondi para entrar a tu laburo tengas que atravesar una batucada improvisada y llena de gente que te insulta? Más vale que no. ¿Qué harías entonces? Yo pondría una cámara para vigilar a los que pretenden arruinarme el día. Así por lo menos me quedo en mi casa y no voy a laburar. Bueno, ellos son seres humanos también, ¿o qué te pensás?

La necesidad de retirar el saludo

Los buenos modales indican que es importante saludar a las personas conocidas, donde “conocido” es cualquier cara que vemos con relativa frecuencia y con la que existe una mínima comunión. El problema que tengo con la gente y la simpatía es que me cansa. Me aburre saludar tanto. Me agota repetir una y otra vez los mismos comentarios cliché a lo largo del día. Me extenúa el profundo ejercicio de sonreír falsamente.

Siempre hay uno que te dice: “bueno, che, tampoco saludás a tanta gente” pero sí, es mucha. Está la viejita de la planta baja de mi edificio que es simpática y me da una mano cada vez que lo necesito pero que no hace un pomo de su vida así que se cansa de repetir las mismas historias y siempre está predispuesta para charlar y, por supuesto, criticar. Están los inquilinos nuevos, que son tan simpáticos como todo el que se acaba de mudar, y los demás con los que me encuentro de tanto en tanto.

Una vez que salgo a la calle tengo a la vecina de enfrente que tampoco tiene nada para hacer y es amiga de la señora de la planta baja. Un día estaban charlando y por saludar a una tuve que empezar a hacer lo mismo con la otra. Siguen los de al lado que son una familia “extendida”: padres, hijos, abuela, primos, tíos y qué se yo qué más. Un poco más allá un viejo que pasea veinticinco veces por día su caniche y que, por lo tanto, me lo cruzo toda vez que me muevo por la cuadra. El guardia de la Clínica de ojos, paradito firme y atento a lo que pasa en la calle para que no se afanen los estéreos de los autos (es una clínica muy reconocida: los autos suelen ser buenos, el barrio no es tan bueno). En la esquina la despensa donde salgo de apuro, y así sucesivamente.

Llegado al trabajo la cosa no mejora. Primero saludar a los de seguridad que, obviamente, rotan. Después la recepción de planta baja (dos recepcionistas), la recepcionista en mi piso; todos mis compañeros de área y los compañeros de las áreas vecinas. A veces aparecen los excompañeros que se cambiaron a otro sector pero que saludo por “herencia”. Están los jefes, los de las otras áreas con los que interactúo, el teléfono que a veces me toca atender, los que me encuentro en el ascensor… En fin, podría seguir pero creo que la idea se entiende. Lo mismo ocurre en el gimnasio, en el club donde juego los sábados y en el instituto de inglés.

Todos estos son sólo los saludos “cotidianos”; claro que están también los “ocasionales”. Éstos involucran a las personas que te cruzas cuando vas al departamento de un amigo o al de tus viejos, los del negocio al que fuiste a comprar alguna boludez, la gente del mercadito, la del consultorio y muchos más.

La semana pasada me puse a contar los saludos diarios. Fueron cincuenta y siete de la categoría “cotidianos” y dieciocho de “ocasionales”. Esto por día y en promedio, por supuesto, porque en una mala jornada pueden ser el doble. Si suponemos que cada saludo lleva (como media porque con algunos charlas un poco y con otros sólo saludas) treinta segundos resulta que se te van más de treinta minutos al día sólo en decir hola, ¿todo bien?; ¿qué parece?; lindo día tenemos hoy, ¿eh?; ¿qué pasó el domingo que perdieron?; ¡menos mal que es viernes ya!; sí, no veo la hora de que llegue el finde; qué caro que está todo, ¿no?; sí, una barbaridad; etcétera, etcétera, etcétera.

El tema es que si no saludas te miran mal. Capaz que nunca cruzaste con la persona una palabra más allá del buen día, pero dejas de saludar y pasas a ser una especie de enemigo. Al principio es como que mantienen la esperanza y te miran esperando que los saludes. Eventualmente se dan cuenta de que sos un hijo de puta antipático y mala onda y que simplemente no vas a decir ni hola. A partir de ahí cuando te los cruzas se hacen los distraídos pero te miran de refilón, o sino los ves en la otra vereda hablando y no te quedan dudas de que están diciendo este es el culiado que nunca saluda; sí, a mí tampoco me saluda, ¿tanto cuesta?; es lo que yo digo, pero así está la gente, ¿viste?; sí, cada vez peor, que me venga a pedir un favor algún día: ¡sabés como lo mando a la mierda!, ¿no?. Yo sigo como si nada pero siento la energía negativa que me arde en las orejas.

En fin, creo que es necesario que nos volvamos un poco más chinos. ¿Viste que ellos son millones y no se saludan ni nada y ninguno se hace drama? No digo llegar a ese extremo, no todavía por lo menos, pero creo que estamos en un punto de acumulación humana, por lo menos en algunas ciudades, donde no queda otra que ser más antipático, menos saludador y es momento de aceptarlo.

Intimidad en la mirada

Fue un hecho tan emocionante y dramático que tuve que escribirlo. Cruzamos la mirada y por una fracción de segundo parecía que nos enamorábamos. Ella toda linda, con el pelo claro refulgurando a contraluz. Tenía un brillo especial en sus ojos y me dibujó una media sonrisa decidida pero casi imperceptible desde unos labios carnosos que invitaban a un atracón. Mis ojos se abrieron atentos, mis labios se partieron de amor, de mi estómago salían mariposas multicolor. Entonces pasó.

No fue tan sonoro como hediondo. Ahí me di cuenta que las mariposas no eran de amor: huían del caldo indigesto que se formaba en mi estómago. Aunque lo venía midiendo (para mi alivio ya estaba cerca de casa) su mirada me desconcentró. En su cara de ángel la mueca cambió de dirección: de una tímida sonrisa a un decidido asco. Que hij’ de puta, me dijo mientras se alejaba presurosa y tapándose la nariz. Yo la seguí con la vista, con la cabeza gacha y el culo fruncido; con la mirada de un perro que sabe que se portó mal y quiere que su dueño lo perdone. Ni en pedo me perdonaba. Igual, todo bien: fue una de las relaciones más íntimas que tuve de amor a la mirada.