Rutina de domingo

Un ladrido agudo me distrae. Giro la vista para ver a Max que, juguetón, da vueltas y procura atraer mi atención con gruñidos amistosos y suplicantes. El pelo blanco, enrulado, un poco largo y sucio, las patas cortas y ágiles y la cara de un rebelde pícaro e irreverente. Se agacha sobre sus patas delanteras con su pelota entre ellas. Con la lengua afuera y la mirada alerta agita el pompón que tiene por cola.

Me observa porque soy su última esperanza esta tarde de compartir un juego. Su mirada muestra la súplica lastimosa de los que piden amor. Lo contemplo desde mi mente distante y apática. Sus ojos atentos tratan de doblegar mi total indiferencia, hasta que pierden la esperanza. Apenado suelta la pelota y trota, resignado pero tranquilo, hacia el último rincón con luz que queda en la galería.

Es ahí cuando noto que el sol ya no me alcanza. La tarde perdió su brillo y colorido, el aire refrescó bastante y mi café se acabó. Mi melancolía respeta la costumbre y aprovecha la distracción para convertirse en aburrimiento. Decido que es el momento de levantarme y volver adentro, a matar el tiempo con un poco de televisión. Entro a la casa sin hacer ruido: lo último que quiero es llamar su atención.

La escucho en el estar. Parece que encontró nomás la inspiración para limpiar y ordenar el ropero. Hace días que le daba vueltas al tema. Un armario sin función o utilidad concreta y, por eso mismo, el destino de todo objeto que, quizás, “algún día se necesite” porque “nunca se sabe”. Lo último que necesito esta tarde es que me pida ayuda para ordenar todos los inservibles que contiene.

Con sigilo paso por la puerta del estar con destino al cuarto; por las dudas no miro ni de reojo el marco de luz que se abre a mi derecha. Subo la escalera en silencio. Lo único que escucho es el sonido de las cosas que acomoda y algunos ruidos del vecindario que entran por la ventana de la galería todavía abierta.

Entro al cuarto y la tele me saluda con la misma indiferencia apática con que la saludo a ella. Me tiro con desidia sobre la cama. Me acomodo hasta alcanzar una postura tan fatigosa en su incongruencia que sólo puedo definir como apachorrada. Me sonrío con satisfacción: es un placer tirarte y ahí nomás encontrar la postura perfecta, uno de los pequeños placeres de la vida.

Manoteo en la mesa de luz. Enseguida tanteo sobre la cama desarreglada, llena de diarios y juguetes, y revuelvo un poco todo. Es notable lo rápido que se fugan los pequeños placeres de la vida con un también diminuto imprevisto.

Investigo desde mi posición y con un creciente malhumor todos los rincones visibles del cuarto. La cama desordenada, la mesita de luz, la cómoda y el mueble de la tele. Atisbo con expectativa a ver si asoma entre los almohadones desparramados por el piso. La mirada que comenzó con un ligero brillo de esperanza, enseguida transmite sorna y no tarda en transfigurarse en la viva imagen de la bronca: los controles esquivos y mi limitada paciencia no combinan bien.

Me resigno a un repetido déjà vu, me levanto y me lanzo a revolver almohadones, ropa y cualquier elemento con apariencia de cómplice. Meto la mano abajo de la cama y encuentro un chupetín—a medio comer y con unas cuantas pelusas. Mi enojo crece pero sigo con la búsqueda. Finalmente, en el último lugar donde lo espero lo encuentro: sobre la mesa de luz, atrás de la lámpara, tapado por un libro, unos remedios y dos muñecos.

Me dejo caer con violencia sobre la cama que sufre, con un quejido, víctima de mi bronca. Trato de acomodarme pero no recupero la postura. Me revuelvo un poco más sin caso. Todavía incómodo tomo el control y aprieto el botón de encendido.

Nada.

Insisto.

La pantalla sigue negra.

Maldigo y golpeo el control con bronca. Negativo. Abro el compartimento de las pilas para revivir el legado que MacGyver me dejó: soplo, acomodo, reordeno y finalmente suplico implorante a las pilas para que no me fallen justo ahora. Cierro la tapita de nuevo. Aprieto—un instante de suspenso—un zumbido familiar y la caja boba se aviva.

El silencio tranquilo de la casa se refuerza y contrasta con la singular melodía del zapping. Explosiones estruendosas—silencio—risas alegres y exageradas. Un locutor con atrapante pasión deportiva—pausa—acordes vibrantes de suspenso. Voces chillonas de un dibujo animado—interludio—el llanto desconsolado de la protagonista de una telenovela. Microscópicos instantes de silencio intercalan universos de emoción y aventura, pero de contenido sólo agujeros negros.

Paso de un canal a otro con perseverante desidia. A pesar de la amplia lista de canales y de la variada oferta de material que debería embobarme sin interrupción de acá al fin de la humanidad no encuentro nada para ver. Dentro de las frustraciones que puedo tener cuando estoy aburrido pocas son peores que no encontrar alguna boludez lo bastante llevadera como para asesinar con rapidez mi tiempo libre. Ciento cincuenta mangos por mes, ochenta y seis canales para todos los gustos, bajísimas expectativas sobre la oferta cultural y ni una bosta para ver.

Pongo un canal, analizo la imagen una fracción de segundo y sigo. Siguiente. Siguiente. Golpe al mando remoto que falla. Siguiente.

—Gordo…

Silencio.

—Gordoooo…

Pausa.

—¿Qué?…

—¿Sabés donde quedó la valija azul?

Es en momentos como éste donde entiendo el concepto de surrealismo: una tarde irrelevante, un aburrimiento insufrible… y una pregunta incomprensible: ¿dónde está la valija azul? ¿¡Qué carajo puedo saber yo!?

—No sé…

Silencio.

—No se la prestamos (incomprensible)…

—¿Qué?

—¡Qué si no se la prestamos al Beto el otro día!

Uno vive con pocas aspiraciones, con sencillas esperanzas, con pequeños y concretos sueños materiales accesibles en cómodas cuotas, pero no hay caso: las delicias de la vida cotidiana y el entumecimiento confortable de la burguesía nos atrapan con su seducción.

—No sé…

Silencio.

—¿Vos no se la prestaste la última vez que vinieron a comer?

Pausa.

—No…

—¿Qué?

—¡No!…

—¿Dónde quedó entonces?

Su voz suena enojada, retórica pero acusadora; sin embargo no dice nada más. El silencio rutinario recupera su dominio y yo vuelvo al zapping con una renovada necesidad de olvidarme de mi existencia.

Los canales pasan con velocidad y sin pausa. Poco a poco recupero mi serenidad y apatía. Una vuelta completa. Dos. A pesar de los resultados negativos el cambio de franja horaria abre una puerta a mi esperanza. Paso algunos canales más y en eso una imagen llama mi atención. En el Discovery Channel comienza un especial sobre la construcción de grandes túneles. Parece interesante…

—Gordo…

Silencio.

—Carlooos… Hay que buscar a los chicos…

Tolerancia

—¿Qué te pareció mi amiga?

—No… bien. Bien, buena onda.

—Ya te conozco: te pareció una naba porque es vegetariana y hace yoga, ¿no?

—No, no, para nada. Yo soy muy tolerante: me da lo mismo. Cada uno es libre de hacer con su vida las pelotudeces que se le ocurran. Yo no creo en el zodíaco pero eso no quiere decir que sea puro verso ¿no? O sea, no tiene ningún tipo de evidencia o fundamento que lo respalde pero ¿qué importa? el día de mañana se puede demostrar su validez, ¿quién sabe? En cambio el yoga sí tiene legitimidad. ¿Quién puede dudar de la efectividad de contorsionarse como el intestino delgado o de estar dos horas respirando cabeza abajo y con el culo en las narices? Eso es salud, no ponerse a correr atrás de una pelota como un boludo. En eso estábamos de acuerdo también. Hasta coincidimos en la comida. Bueno, en realidad al principio pensábamos distinto, pero después me convenció: ¿cómo comparar un chinchulín asado con una zanahoria al wok o un matambrito de cerdo con mostaza y limón, vuelta y vuelta, con unas verduras hervidas con salsa de soja y sin sal? De no haberla conocido me hubiera resultado imposible apreciar las virtudes de la vida vegetativa. No, si te soy honesto, me muero de ganas de salir de nuevo porque nos quedó pendiente mi iluminación sobre las ventajas de preparar un compost en el balcón…

El último gran poeta

Aunque no soy un gran poeta
igual, de caradura, me pongo a entonar
estas humildes estrofas
que tu amor intentarán conquistar.

El otro día salimos a la noche, fuimos a cenar.
Fuimos a un restó lindo y bastante popular.
Una cosa me di cuenta al momento de pagar:
no lo había notado, ¡la puta como morfas!

(No, ojo, igual sos re-flaca, ¿eh? No estás gorda, no digo eso. Es sólo que me sorprende cómo comes. O sea: comes más que yo y ¡yo como un montón! No, no, no te pongas así, lo digo con admiración. Es como uau, como lastra esta mina, pero bien, ¿eh? Tipo, uau, que bien, ¿entendés?)

Sé que estás celosa de Carlita, mi compañera laboral,
porque tiene gomas grandes y un encanto especial.
Crees que intento seducirla y que me pongo a fantasear,
pero quedate tranquila: apenas hablo con ella y sólo para saludar.

(Nada que ver, ¿eh?, no pasa nada con ella. O sea es linda—bueeno, no es tan linda, o sea, está para partirla en dos, es un camión, pero nada más. O sea: no pasa nada. Además no es mi tipo, ¿me entendés? Si fuera mi tipo bueno, pero no, nada que ver.)

A mí se me perdió tu chihuahua, nunca lo pude encontrar.
Me había ido al parque para sacarlo a pasear,
no sé en qué momento me distraje y el chucho se borró.
Te juro no miraba a ninguna mina: simplemente se esfumó.

(Me puse re-mal, ¿eh?, no sabés. Yo pensé: esta me mata, ¿viste? Por eso lo llamé y lo busqué por todos lados y nada. El bicho no estaba. No sé que hizo o a donde se fue. Sé que lo querías como un hijo y, bueno, tenés que pensar como que dejó el nido, ¿entendés? Debe estar retozando por ahí, feliz, independiente, haciendo su vida, ¿viste? Así son los hijos de mal agradecidos.)

A veces te pones como loca, un poco emocional;
te quejas por lo que no hago y por todo lo que hice mal;
me puteas de arriba a abajo y después te largas a llorar.
Yo lo único te pido: que no sea encima del sofá.

(Pasa que es nuevo, ¿viste? Lo compré el otro día y vos sabes lo que me salió. Además es de cuerina blanca importada y está re-difícil de conseguir, aparte de que es re-cara. Igual, ojo, no te digo que no llores, no, está perfecto que lo hagas: está bueno expresar lo que uno siente, pero no en el sillón, ¿me entendés? O de última poné un pañuelo o algo para que no se manche.)

Siempre me contás tus cosas y todo lo que pensás,
me decís lo que te pasa y todo lo que querés lograr.
La verdad me aburre un poco todo ese conversar
en especial si es cuando juega la selección nacional.

(Entiendo que me quieras contar de tu abuela que está en terapia intensiva, pero podrías esperar hasta el final, ¿no? Son dos horas nomás, el partido. Si total no hace diferencia: una hora más o una hora menos, a su edad, ¿qué importa?)

Yo sé que no estoy perfecto, que no soy un matador:
no tengo los abdominales marcados ni el pelo con acondicionador.
Me insistís para que haga dieta y me ponga en condición,
por eso, si me anoto en el gimnasio, ¿qué te parece si vamos los dos?

(Digo, como para hacer algo juntos, ¿no?, así nos ponemos lindos los dos. Bueeno, vos estás linda, siempre estás re-linda, pero tonificar un poquito nunca viene mal; sobre todo apenitas la cola, ¿viste? Ni se nota, ¿eh? Ojo: nadie se da cuenta. Yo sí porque te veo bien en detalle, pero estás perfecta. Bueno, apenitas, apenitas, imperfecta.)

Así termina este canto, esta oda al amor,
para que después no te me quejes de lo poco romántico que soy.
Me imagino cómo estarás de enamorada y ardiente de pasión
por eso te pregunto: ¿qué tal si vamos al cuarto, a jugar entre los dos?

 

—Sos un pelotudo Hernán.

Una relación problemática

—¿Alguna vez pensaste en estar en una relación seria?
—Lo pensé, sí. El tema es que a mí me gusta hacer lo que me gusta hacer y me gusta no hacer lo que no me gusta hacer.
—Eso es un problema.
—Exacto.
—Porque en una relación a veces tenés que hacer cosas que no te gusta hacer y a veces no podés hacer cosas que te gustan.
—Claro, ¿ves? Ahí está el problema. Igual le dí vueltas al asunto, no te creas.
—¿Ah, si?
—Sí. Llegué a una conclusión: lo que necesito es un perro.
—Pero, vos odias los perros, ¿no?
—Sí. Eso es un problema.

Una pregunta que se queda corta

¿Cómo lo vas a querer?, me preguntó mientras yo me acomodaba en el sillón y él me acogotaba suavemente con la bata. Más o menos la mitad de lo que tengo ahora, le dije. En ese momento tenía una melena de, digamos, veinte centímetros. No tan largo como parece en números pero bordeando la categoría de pelo largo. “Más o menos la mitad” sería cortarlo a diez centímetros, poco más, poco menos.

No muy corto, me gusta medio largo, le aclaré. Ah, perfecto, me contestó. Me roció con agua en espray mientras me peinaba. Después me puso un acondicionador o algo por el estilo (lo tenía bastante sucio, la verdad, y esta no era una de esas peluquerías de moda donde te lavan el pelo y después te fajan con el precio.) Me peinó un poco más, me levantó un mechón con el peine como en la famosa escena de Loco por Mary y me preguntó, midiendo con la tijera, ¿más o menos por acá? Como era justo la mitad le dije sí, ahí está bien.

Rotó el sillón hacia mi izquierda que es donde estaba la tele y empezó a cortar. Nos pusimos a charlar, como suele ocurrir, comentando lo típico (lo caro que está todo, las noticias del momento que pasaban en la tele, el clima…).

No sé cómo será en los cortes femeninos pero en los masculinos hay un proceso muy claro: primero te cortan con una tijera, después te hacen rebajes (algo que todavía no entiendo muy bien ni qué es ni cómo exactamente se hace) con otra y por último te tijeretean fino las puntas, con un tikitiki que corta más el aire que el pelo. La segunda fase consiste en recortar todos los bordes (patillas, atrás de las orejas y nuca) primero con una tijera y después con una afeitadora. Generalmente a continuación viene el peinado con secador, el cepillado de tu cara y el albornoz que sale de tu alrededor.

Desde mi posición no me podía ver en el espejo. Para hacerlo tenía que girar la cabeza y desde chiquito me enseñaron a no moverme mientras me cortaban y resulté muy obediente. En un momento de la charla, mientras él intercambiaba instrumentos giré la vista para seguir el comentario que me hacía. Vi una imagen en el espejo que me dejó un poco preocupado, preocupación que creció cuando en lugar de pasar a la afeitadora empezó a cortar nuevamente con la tijera con la que había comenzado.

No dije nada. Seguí mirando la tele y conversando como si nada pasara. Él lo mismo. Por dentro no dejaba de pensar: ya está muy corto—ya está demasiado corto, ¿por qué sigue cortando? Todavía más: ¿cuándo va a dejar de cortar? Dejó de cortar cuando repitió el ciclo completo esta segunda vez. (A posteriori me entró la duda de si tuvo un lapsus mental que lo hizo repetir el proceso o si tuvo un lapsus físico que lo hizo repetir el proceso).

Finalmente terminó. Yo no me sorprendí con lo que vi porque ya lo preveía. Giró el sillón y me dejo recto a la imagen que devolvía el espejo: la imagen de mi nuevo corte de pelo. Él no me dijo nada. No me preguntó ¿qué te parece? Yo tampoco le dije lo que me parecía, la caretié con un “bien” poco efusivo. Yo sabía que no estaba bien y él sabía que no estaba bien, pero no dijimos nada. Yo estaba listo para pagar e irme rápido a putearlo mentalmente mientras volvía a mi casa pero él tenía otros planes. Se ve que, como dice la canción, pensó que la función debía continuar y en lugar de soltarme buscó un espejo de mano. Lo puso atrás de mi cabeza para que viera mi nuca rasurada desde el ángulo izquierdo y después lo movió para que pudiera observarme del derecho. Le di bis al “bien” que no sonó convencido pero que tampoco pretendía armar un escándalo. No contento con eso decidió mostrarme la cabeza desde el ángulo superior como para rematar mi derrota moral.

Dos centímetros me dejó el culeado. Dos centímetros—y eso en la parte superior que es donde se deja más largo. Yo le pedí la mitad y él me ofreció un diezmo. Con cara de monaguillo se quedó esperando que le pague. Con cara de cura que da la comunión le pagué. Qué tengas un buen día, me dijo. Nos vemos, le respondí.

Nos vemos el día que nos crucemos en el infierno hijo de la reputísima madre, ¡recontra culeado aprendiz de peluquero!

Papa frita

Martín juntó valor. Finalmente se levantó y avanzó con el pecho henchido en una actitud de confianza ganadora, pero cuando llegó a la otra mesa su valor huyó y el quedó como una bolsita de Lay’s: cuando abrió la boca se salio todo el aire y apenas quedó una voz tímida y aguda que preguntó: ¿estás usando el diario?

Distracciones cotidianas

El paquete descansa sobre la mesa de un mármol duro y frío como el acero. El plástico transparente muestra su prolijo y ordenado contenido: galletas. Bajo la luz directa se muestran con claridad, como si estuvieran contenidas por un envoltorio invisible; donde la luz rebota, el transparente se transforma en un blanco brillante y luminoso.

Acercamos nuestra mano y sentimos liso el plástico. Con la mirada enfocada y el tacto atento, repasamos con el pulgar el envase produciendo el característico sonido de aire metálico que tienen los paquetes. Lo afirmamos donde un vacío nos indica el punto exacto entre dos galletas. Presionamos y el plástico se contonea hasta que ruge vencido. Aflojamos la presión cuando sentimos la masa horneada vertical.

Usamos nuestros dedos como palitos chinos y tomamos la Traviata con una acción de pinza. Instintivamente la reconocemos por su forma, pero no nos detenemos a observarla. El contorno rectangular sólo muestra sus imperfecciones a una mirada atenta. Agujeros simétricos perforan sin compasión un paisaje de valles claros y cerros tostados, salvo algunos que perdieron su cabeza y aparecen como grandes y apagados volcanes.

Ignoramos todo eso mientras acomodamos la galletita a la altura correcta y enfocamos la vista en el cuchillo que reposa sobre la tapa. Los restos del Mendicrim de la última untada forman un pintoresco paisaje de montañas blancas. Debajo hace contraste el rojo de la tapa que levita inclinada por el peso que se recuesta sobre ella. Levantamos con nuestra mano ágil el cuchillo y la tapa interpreta una versión más plástica y frágil del característico ruido de una moneda cuando cae.

Con el cuchillo raspamos desde el borde del pote hacia el antártico mar de queso para cargarlo. La pasta se rinde sin resistencia a su paso suave y un montículo queda formado. Desplegamos el queso sobre la galleta con pequeños, casi imperceptibles, golpes secos. Equilibramos con una mano la galleta mientras aplicamos con la otra la presión justa para esparcirlo, con una naturalidad tal que no necesitamos pensar en la compleja ingeniería que este sencillo acto requiere. Toda la acción es supervisada por nuestra vista atenta que, ante los eventos que se desarrollan, alerta a las glándulas salivales.

Reposamos apenas el cuchillo con una mano mientras con la otra acercamos la galleta cargada a nuestra boca. Aunque no la podemos ver cuando está muy cerca coordinamos sin error la última etapa de su viaje. Las mandíbulas se cierran entonces con decisión, los incisivos cortan, la galleta cruje y la saliva invade la mitad atrapada en la boca. Alejamos la mano mientras trabajamos la presa. Los molares comprimen con un sonido seco y contundente. El ruido de la masticación se vuelve esponjoso y húmedo a medida que la lengua actúa como un cucharón y amasa la mezcla.

Gran parte de nuestra percepción de sabor proviene del olfato. Al humedecer la comida con la saliva la esparcimos a lo largo de la lengua y así más de nuestras glándulas gustativas la degustan, además de que podemos sentir mejor sus olores. De esta manera apreciamos con más profundidad lo que definimos como sabor… siempre y cuando prestemos atención a esa percepción, lo que no suele ocurrir luego de un tiempo con nuestros alimentos cotidianos. Así probablemente ya nos olvidamos del gusto salado y la sensación fría y suave que nos provoca el queso untable.

Una vez que la comida alcanza uniformidad y consistencia utilizamos la lengua como un volquete y, con la ayuda de la gravedad, tragamos la mezcla de harina, queso y saliva que formamos.

Repetimos estas acciones varias veces sin prisa ni mucha atención, con nuestra mente concentrada en el escape mental de los sueños y los dilemas existenciales que a veces nos plantean los hechos de nuestra vida cotidiana. Mientras usamos toda nuestra conciencia para imaginar, nuestra mente dirige una compleja operación desde la subconsciencia. Como un hábil general en lo más duro de la refriega, nuestras neuronas envían contingentes de químicos y ácidos estomacales a la vez que coordinan a los órganos pertinentes.

Eventualmente nuestro estómago se llena. El general cambia su estrategia y retira algunas tropas mientras llama al frente a otras. Nosotros apenas nos percatamos en nuestra ensoñación de la sensación de plenitud. Sin cuestionarnos el porqué dejamos de comer. Agarramos el paquete y lo escurrimos como una toalla para cerrarlo. El plástico sufre en un reclamo indescriptible, pero lo ignoramos. Ponemos el cuchillo en la mesa, cerramos la lámina de aluminio y coronamos el pote con su tapa ejerciendo una ligera presión hasta que un clic nos indica, para nuestra tranquilidad, que cerró bien.

Entonces nos retiramos, estiramos las patas y nos ponemos cómodos. Sin distracciones cotidianas podemos enfocarnos de lleno en nuestra mente y las posibilidades que nos brinda.

Cocina vegetariana

–¿Estás listo para el manjar?
–¿Vos decís? Mirá que mucho marketing eso no tiene… Un asado te despierta el apetito con su olor, una lasaña te hace babearte como el queso que chorrea, la simple visión de una napolitana a caballo con fritas alcanza para que ruja tu tigre estomacal, pero lo tuyo… es como esa foto de los tres monos que se tapan los ojos, la boca y las orejas para no ver, ni escuchar ni sentir…
–Bueno, che… que comercial que sos. El marketing no importa. Lo que vale es que es comida sana y sustentable, y que no maltrata animales.
–Sí, sí, esos son buenos atributos… para una ONG, pero en un plato de comida prefiero palabras como crocante, suculento y pulsudo.
–¡Que pesado que sos! Después vas a tener problemas de colesterol, ya vas a ver. Te vas a infartar y te vas a morir a los cincuenta. Yo, en cambio, voy a vivir cien años. ¿Te das cuenta? El doble que vos.
–¿Vivir cien años? Flaca, si tengo que vivir como vos me suicido a los cincuenta…