La tristeza de Natalia

El banco de la plaza nos recibe con un fuerte olor a meo. No hay nadie en él ni nadie cerca. El hedor es fuerte y profundo—penetrante. No sólo contiene pis: puedo sentir un dejo a vino de tetra y algo más que no llego a apreciar. Natalia se siente incómoda de sentarse ahí; yo también, pero la plaza está llena así que le digo que no pasa nada. Me siento para apoyar mis palabras, aunque inspecciono antes que no haya nada sospechoso. Ella no se sienta. Duda inquieta y mira con aprehensión y disgusto. Estiro la mano para darle aliento. Hace una mueca pero se sienta, con cuidado y sufrimiento.

El hedor nos envuelve. No es un olor que se sienta en un lugar específico: parece estar en todos lados, como si alguien hubiera meado cuidadosamente cada rincón del banco y todos sus alrededores. La miro preocupado; ella me mira con el entrecejo fruncido. No pasa nada, le digo y la abrazo.

Un poco de viento comienza a soplar y miramos como arrastra las hojas marrones que están desparramadas por el piso. Las hojas, algunas ramitas y un par de papelitos. También el olor—por suerte—se va. Natalia suspira, le gusta la caricia del viento; yo la aprieto contra mí. Eso también le gusta y trata de sonreír. Creo que lo hace: no le puedo ver la cara, que está apoyada en mi hombro, pero lo supongo.

En silencio observamos a nuestro alrededor. El cielo está despejado. Está pintado de un azul difuso. No es celeste: es un azul sin fuerzas, un azul débil, invernal. Lo mismo pasa con el sol: no se distingue como un círculo nítido sino como una mancha borrosa y cegadora. Contemplamos también los árboles, cuyas copas se transparentan a contraluz, las ventanas de los edificios que resplandecen los rayos del sol, la gente que pasa sin apuro y la que, serena, espera el colectivo.

—¿Cómo estás?—le pregunto.

—Bien.

—¿Cómo te sentís?

—Bien—me vuelve a responder, pero menos convencida y con la voz apenas quebrada.

—¿Cómo estás?

Esta vez no me responde y la escucho llorar muy quedo, tanto que no sé si es verdad o me lo imagino. Le acaricio el rostro con la mano. La paso suavemente desde su pómulo hasta la comisura de sus labios y siento en el camino la humedad de sus lágrimas. No digo nada; la sigo acariciando.

Ahora llora más fuerte pero en silencio. Escucho como aspira aire, mocos y dolor. Me muevo un poco para sacar un pañuelito que tengo en el bolsillo del jean y se lo doy. Intuyo un gracias en la frase ininteligible que me dice. La escucho limpiarse la nariz. Recupera el aire, ahora más limpio. Siento en mi mano acariciante la suya que se seca las lágrimas.

Poco a poco se serena. Respira profundo un par de veces buscando valor. Se levanta de mi hombro y le veo la cara más triste que le conocí. Parece mentira que en ese rostro que formó tantas sonrisas alegres y que me abrió la puerta a un mundo mejor ahora exponga cejas contraídas, ojos rojos y labios compungidos. La miro con cariño y le ofrezco una sonrisa triste que comparte su dolor.

—¿Vamos?—me dice y se para determinada.

La abrazo fuerte y empezamos a caminar.

Casi una estrella de cine

Como una diosa avanza. Es joven, es linda y se sabe poderosa. Ignora las miradas con un aire de reina medieval que mira como sus súbditos la idolatran. Las botas de cuero negro taconean y enfundan los pantalones ajustados que destacan sus largas piernas. Una camisa sugerente muestra la firmeza de su juventud. En la mano sostiene el flamante iPhone por el que habla. Todo en ella marca una distancia glamorosa con el mundo pobre y terrenal que la rodea. Casi parece una estrella de cine.
—Sí mamá, ya te dije que lavé los platos.
—…
—No, hoy no voy a ir a lo de tía Elsa, no tengo ganas…
Casi parece una estrella de cine…

El anhelo

Un genio con potencial
un héroe por destacar
un santo sin consagrar
un rebelde en stand-by.

A tono con la novedad
a la par de los demás
a merced de lo material
a gusto con el bienestar.

Sin animarse a cuestionar
sin arriesgarse a bailar
sin alejarse de la moral
sin perder el compás.

El riesgo de desentonar
el temor al qué dirán
el celo de los demás
el ansia de superar.

Con el mecanismo industrial
con fundamento comercial
con el apoyo del vil metal
con la esperanza de llegar.

Las ocasiones de progresar
las ganas de ir más allá
las rachas de felicidad
las tristezas del trajinar.

Una meta que alcanzar
una imagen que emular
una excusa para escapar
una vida sin brillar.

Lo simple de apreciar
lo arduo de tolerar
lo fácil de lograr
lo duro de la verdad.

Modestia

—Pago yo.
—No, no, deja, pago yo.
—De ninguna manera Hernán.
—Dejame de joder pago yo.
La moza se acerca con la cuenta.
—Tomá, cobrame a mí.
—No, no le hagas caso, pago yo.
—Peero, siempre lo mismo ¡che!, tomá, tomá.
La moza mira incómoda a los dos grandulones que flamean dos billetes de cien para pagar la cuenta de veinte con cincuenta. El orgullo ante todo; eso sí: con modestia.
—No le hagás caso, tomá—le estruja el billete contra la mano abierta.
—Bueno, bueno, esta vez te la dejo pasar, pero la próxima pago yo ¿eh?
—Si, si, no te hagas drama.

Caminar entre boludos

Nada peor que andar atrás de uno de esos boludos que van apenas más lento que vos. Vos vas, ponele, a 40 km/h y ellos van a 39; entonces te vas acercando pero no querés hacer el esfuerzo de superarlos y aflojas el ritmo, pero te rompe las pelotas porque vas más lento de lo que te gustaría. Así estas un rato hasta que te decidís a pasarlo y cuando lo estás rebasando lo miras con cara de bronca por el esfuerzo que te obliga a hacer y él te mira con cara de pelotudo porque eso es lo que es.

Otros personajes del mismo tipo de caminante son los zigzagueantes, que parecen borrachos de estupidez. Te decidís a pasarlos por la izquierda y ellos se empiezan a mover para ese lado. Reculás, lo miras con desconfianza y encarás para el otro lado. Ahora se les da por desviarse a la derecha. Ya van dos veces que te hace lo mismo. Lo mirás mal (a la nuca, por supuesto, con lo que él ni se da cuenta) y tomas distancia para decidir qué hacer. Lo observas: zigzaguea sin lógica. Concluís que es imposible pasarlo por la vereda, mirás para atrás, no viene nadie, te bajás del cordón y lo pasas a toda velocidad tratando de no mirar su cara de gil.

También están ellas… y las vidrieras. Una regla general: nunca rebases a una mujer del lado de los escaparates: es imposible saber el momento preciso en que gira noventa grados para mirar unos zapatos y te la llevas puesta. Tampoco es bueno ir pegado atrás: ven una vidriera, les interesa, parece que se van a desviar, bajan la velocidad, vos estás listo para seguir apenas doble para mirar de cerca, pero a último momento decide resistir la tentación y recupera el ritmo y vos te quedás pagando y tenés que acomodar tu marcha y tu distancia para no chocar. Peor es cuando están indecisas. Miran, dudan; avanzan, se paran. Giran, sufren; siguen y se interrumpen de nuevo. Finalmente se deciden y responden a tu cara de paciencia agotada con una mezcla de culpa y sufrimiento. En su defensa, no debe ser fácil se mujer, no las envidio…

Otros casos notables son las parejas que avanzan juntos a la par, como dice la canción. Uno puede medir el avance de la relación por la disposición a dejar paso a los demás. Las parejas ya establecidas no tienen problema en ponerse en fila para dejarte pasar. Los recién enamorados no. Es como si el amor recién descubierto viniera con privilegios y cual monarcas de la vereda avanzan sin inmutarse ni intentar abrir paso. En este momento son el centro del universo y los demás unos pobres pelotudos que no saben lo que es el amor. Pretenden no sólo que les dejemos paso, sino que los admiremos y los envidiemos.

El premio, igual, se lo llevan los boludos con celular. En particular los que mandan mensajitos: a estos los detesto. Si no podés cruzar la calle y comer chicle a la vez no deberías hacerlo, pero ellos lo hacen. Ponele que van a una distancia de vos y empiezan a bajar la velocidad, con la cabeza gacha y concentrados en mandar el mensaje. Te vas acercando y cuando estás listo para pasarlo levanta la cabeza y recupera el ritmo. Un poco más allá de nuevo lo mismo. Esta vez bajás la velocidad porque sabés que si intentas pasarlo retoma el ritmo y te deja pagando. Entonces él se para y vos casi te lo llevás puesto. Te mira con cara de boludo y sigue con el mensaje (hoy ya casi nadie se disculpa), vos seguís. De golpe te pasa a toda velocidad para recuperar el tiempo perdido, pero un poco más allá otra vez sopa.

Hay muchos más, pero no vamos a enumerarlos a todos. Podemos, eso sí detallar unos pocos destacados: están los que avanzan exactamente por el medio de la vereda, los que la tapan con sus bolsas de compras, las viejas con los carritos y su paso de tortuga, los reyes de la calzada que te miran como a un súbdito y esperan no sólo que les abras paso sino que además les hagas una reverencia (una manga de pelotudos), los grupos de adolescentes que usan las baldosas como su living, los perros que duermen la siesta a lo largo de ella. En fin, una larga lista de especímenes de idiosincrasia urbana moderna.

Fragancias

Fui al súper. Entre otras cosas necesitaba comprar un desodorante de ambientes. Me costó trabajo elegir uno. No sé que onda con las fragancias: entiendo que los fabricantes quieran diseñar olores que toquen una fibra sensible en la gente, pero me parece que se están yendo un poco al carajo. Veía las etiquetas y me sonaban a cosas como “Aliento de bebé recién nacido”, “Nostalgia de esas vacaciones inolvidables en la playa” o “Cariño de la abuelita” ¿No será mucho?

Porque soy escritor

Camino por la calle ensimismado, en mi mundo. Me acompaña Pedro. Me habla pero no lo escucho mucho, concentrado como estoy en los dilemas profundos y estériles que aquejan a todo escritor; que me aquejan a mí. Dilemas que para los demás no tienen sentido, son una estupidez. Probablemente sea así, pero yo no soy como los demás. Ese es el motivo por el que soy escritor (¿qué otro destino para mí sino?). Por eso en lugar de escucharlo a Pedro, que me habla de cosas normales, sigo tratando de reinventar la rueda, de comprender la verdad profunda, de encontrar la piedra filosofal.

Una turista me pide que le saque una foto. La miro sorprendido, despresurizada mi mente por esta brusca caída a la realidad, con la mirada inteligente que tengo a las seis y media cuando me levanto para ir a laburar. “¿Eh?, ah, sí, dale.” Me sonríe y me da la cámara. “Tenés que apretar acá” señala mientras me mira a los ojos. Yo miro el botón. Sí, sí, le digo.

Se pone al lado de su amiga y sonríen con la iglesia de fondo. Aprieto y no sé qué pasa pero no sale la foto. Parezco un viejo pelotudo. Pelotudo e inútil.

Intento de nuevo. Mecánicamente les digo que sonrían, para ganar tiempo, mientras trato de enfocar y que no se me caiga la máquina (tengo mi cuaderno en la mano y a duras penas hago equilibrio con los dos). Les saco otra por las dudas, les indico para cumplir con el estándar. Ok, me dicen ellas.

Estiro la mano para devolver la cámara y ya mi mente retoma las disquisiciones sin sentido que habían quedado abandonadas. Ella me mira con insistencia y una marcada sonrisa mientras me agradece. Yo casi ni me doy cuenta porque ya encaré para donde está Pedro, que quedó un par de pasos más adelante. Seguimos caminando y yo sigo con mis ideas.

—¡Sos un pelotudo!—me larga de improviso. Lo miro sin comprender.

—¿Eh?—lo interrogo confundido.

—Le gustaste.

—¿A la mina?

—Sí, boludo, a la mina—me explica como un padre a su hijo de preescolar—¿no viste como te miró? ¿No te fijaste que te pidió a vos que le saques la foto?

—No, no. Ni me avive. Es que venía pensando en el tema ese, ¿viste?

—Sos un pelotudo. Podríamos estar tomando una cerveza con las minas ahora, ¿te das cuenta? Ya te dije que tenés que dejar de limarte la cabeza con pelotudeces y actuar como un tipo normal.

—¿Y qué querés?—me defiendo. —Ya te expliqué que nací así: nací pelotudo. Soy un pelotudo de nacimiento, ¿entendés? ¿Por qué te pensas que soy escritor? ¿Por la fama y la fortuna? ¡Gano menos que un cartonero!, ¿entendés? Soy escritor porque no me queda otra. Escribir es el destino final de los que nacieron con la misma enfermedad que yo.

—¿Qué enfermedad tenés vos?

—Insuficiencia social combinada con filosofitis pelotuzoide. O sea, soy un pelotudo.

El truco expuesto

Sentada en el pasto, sobre un mantel con un patrón escocés en amarillo y blanco, veo su espalda unos metros adelante mío. Una espalda redonda y encorvada. El pantalón del jogging lo tiene bajo y puedo observar su bombacha de un color rosa adolescente. La delicada prenda también está baja. El nacimiento del cañón se deja ver. Su naciente profunda se pierde entre dos bordes sonrosados—no precisamente de rubor—y se pierde en una cueva oscura de misterio pero no tanta seducción. Todo bajo el marco del crepúsculo verde esmeralda de su buzo.

La perspectiva me tapa a su compañera. “¡Truco!”, escucho su voz. La espalda de mi atención se acomoda como un péndulo invertido y sus brazos y cabeza se comprimen pensando la cuestión.

Una cabeza enrulada y sonriente se asoma de improviso. Confiada en sus cartas y en el silencio de su adversaria, la rival se estira erecta. “¿Y?, la picanea. “Perá, che”, responde mi espalda. Su nuca se estira y me imagino las cejas fruncidas tratando de adivinar cuanta verdad hay en la amenaza. “Seguro me estás mintiendo”, le dice para ganar información. La otra se ríe. “Y bueno, acepta entonces”, la desafía.

Mi espalda se vuelve a balancear incómoda y después se inclina para adelante a meditar. El cañón crece, se hace más largo y profundo. El elástico de la bombacha se da vuelta abriendo más el panorama, que no es nada alentador. “Quiero”, dice mi espalda y vuelve para atrás, los hombros ahora relajados. La rival se ríe. “Estás en el horno”, le dice. Mi espalda se estira para agarrar unos bizcochitos; los come con ansiedad.

Tac suena la carta que su rival apoya. “¿Eso nomás tenés?”, comenta confiada mi espalda. “Ya te gané la primera y con la que me queda no tenés chances en la tercera”, dice rulos mientras le echa agua al mate. Tac, baja otra carta. “¿Estás nerviosa?”. “Jaja, si no tenés nada”, le dice rulos y se siente el agua que gorgotea mientras sube por la bombilla. “¿Y si te subo el canto, eh?” “Dale, a ver si te animás”. Mi espalda se balancea nerviosa hacia adelante y hacia atrás. El cañón de su culo se expone ahora un poco más, ahora un poco menos, como acompañando el dilema de si arriesgar o no.

“¡Quiero retruco!”, le lanza. La otra se ríe. “¿Estás segura?” Mi espalda agarra unos bizcochitos más. “Sí, obvio”, responde y engulle un puñado. “Quiero, entonces, y ¡quiero vale cuatro!” Mi espalda se apoya ligeramente sobre su costado y agarra el mate que le pasa su rival. “Quiero”, le dice y su mano derecha se mueve para tirar su última carta. La otra suelta una carcajada. “¿Eso nomás tenés?” “Jugá, dale, jugá”, responde impaciente, mientras sorbe el mate. “Tomá”, le dice y resuena el plac fuerte de la última carta.

Mi espalda se adelanta bien pronunciada como si no pudiera ver el naipe. El cañón se expone en toda su desnudez, la bombacha tan baja como el pantalón.

— ¡Uuh! Me rompiste el orto—se lamenta mientras con su diestra intenta recuperar la decencia.

Evidencia

El cartel, tipo pizarrón, con las promociones del día está sobre un caballete y atado a la columna por un cable. Esto prueba dos cosas: no sólo con alambre atamos las cosas y no sólo productos de valor roba el ocasional ladrón.

Los monumentos

A veces me sorprendo, en mi andar por una plaza cualquiera, con un acto de homenaje frente a la estatua de algún prócer. Un cometido que se desarrolla imperturbable, con bandas militares, pomposos discursos y fúnebres arreglos florales. Cada vez más breves y menos concurridos pero todavía presentes. Veo ese grupito reducido, firme y engalanado que entona himnos y ora discursos y percibo la presencia del realismo mágico de Cien años de soledad. Siento como si en un olvido garrafal nadie hubiera avisado en el Ministerio que los tiempos cambiaron y las costumbres ya no son las mismas. Miro entonces las estatuas para intentar determinar que fantasma del pasado despierta está acción inverosímil del presente.

Efigies grises y solemnes, majestuosas e impávidas, que persisten como vestigios de un ayer inmóvil. Trascendieron para ser olvidadas, pero perseverantes resisten las inclemencias del tiempo y del progreso con la misma tozudez que llevó a las personas que representan a destacarse. Cubiertas de palomas y de polvo pero refulgurantes con el brillo del sol, opacas en su materia pero iluminadas artificialmente, abandonadas pero presentes.

Sus nombres los conocemos porque sus plazas lo llevan. Podemos saber algo de ellas por la letra de molde con que se tallaron sus logros más importantes en las plaquetas ornamentales que las acompañan. Me genera duda saber si hay alguien (más allá del solemne séquito) que todavía las note. No me refiero a mirarlas buscando el mejor ángulo para la foto turística, sino a realmente reconocer el héroe detrás del plomo y la importancia para los tiempos actuales de su gesta de antaño.

Me pregunto también qué pensaría el hombre de la escultura si con sus ojos apagados pudiera ver. Si desde la mirada pensativa de su asiento o en su vista solemne desde la altura de su caballo mirara el mundo. Tantos años y eventos que pasaron bajo sus ojos: tantos días y tantas noches; tantas lluvias y tantos vientos; tantas promesas de campañas políticas; tantas generaciones jóvenes que se prepararon para enfrentar el mundo. Me pregunto qué pensaría de nosotros.