Coherencia

—¿Acá?
—No, no, ahí no.
—¿Acá?
—Mmno, tampoco. No me gusta.
—¿Este?
—No, ahí no da el sol.
—¿Dónde querés sentarte entonces? ¡Ningún lugar te gusta!
—Y bueno, ya sé. ¡Es que son todos incorrectos! No están bien: siempre les falta algo.
—Ya te dije mil veces que a todo lo falta algo. Lo perfecto no existe, ¿entendés?, NO-EXISTE.
—Sí, ya sé que no existe. Yo no quiero algo perfecto, ¿entendés?, simplemente que sea correcto, que sea lógico, ¿entendés? No quiero que sea perfecto.
—Pero lo que vos consideras correcto ¡NO EXISTE!
—Ya sé, ya sé. Ese es el problema. Eso es justamente lo que está mal. Como está mal debería ser corregido ¿entendés?, sino ¿cómo hago? ¿Cómo hago para funcionar si está todo mal siempre?
—Sos un pelotudo nene. Sos un pelotudo.
—Es culpa mía si las cosas están mal, ¿eh? Es culpa mía si las cosas no son como deberían ser, ¿eh? ¿Yo que culpa tengo?
—…
—¿Entendés? Yo sólo quiero que haya lógica, que haya coherencia. No quiero que todo sea perfecto, sólo que las cosas sean como tienen que ser. Eso nomás. ¿Es mucho pedir acaso? ¿Eh?

La botella vacía

I

 Con melancolía te miro desde el rincón,
mientras junto polvo sin llamar tu atención.
Recuerdo con mucha tristeza y en soledad
los momentos que vivimos bocha de tiempo atrás.

¿Dónde quedaron esos viajes compartidos al mercadito chino?
¿Ese tierno abrazo contra tu cachete para sentir mi frío?
¡Cómo me mirabas las burbujas con anticipación y lujuria
mientras derramabas el licor que te llevaría a la gloria!

Me llenabas de halagos románticos:
que fría que estás;
que rica que sos;
sin espuma, por favor.

Me custodiabas como un príncipe a su cortesana:
te preocupabas más por mí que por tu hermana.
Aunque me dejabas sola cuando te ibas
te bancaba igual porque siempre volvías.

II

Pasó el tiempo y las cosas cambiaron.
Todos tus amigos y vos se casaron,
compraste el auto y el departamento agrandaste,
ella tomó el poder y tu vida ya no fue como antes.

 Como a la gordita de la que no quisiste saber nada
después de que te sacó las ganas,
me olvidaste como un culpable arrepentido
que quiso esconder su falta en la sombra del olvido.

A que te conocí en tus momentos más tristes,
cuando no podías ni tomar un vaso sin morirte.
Yo que te soltaba la lengua cuando chamuyabas
y te daba aliento cuando con dificultad la remabas.

Ah… si esta oscura boca pudiera hablar…
pero quedate tranquilo: no te voy a delatar;
eso sí, no puedo dejar de poner la verdad al desnudo:
con tus cambios te volviste un verdadero boludo.

III

¿Dónde quedo el sencillo pibe de barrio,
ese que sumergía el maní en el vaso?
“Este es un Elementos, un cabernet-sauvignon.”
¿En qué momento te volviste un burgués caretón?

Al principio era solo yo; la rubia más linda me decías.
Después empezaste a probar, una distinta cada día:
la Stout y la Bock, la importada y la artesanal;
con el tiempo lo tuyo se volvió inmoral.

Ahora veo que te haces el gourmet,
que te consideras sofisticado porque tomas cabernet;
te escucho aturdir a todos con tu sabiondez…
y me acuerdo cuando tartamudeabas de timidez.

“No hay maridaje,” con la cara dura me explicaste,
cuando a la oscuridad del fondo me empujaste
para cambiar el placer refrescante de mi sabor helado
por ese asqueroso y tibio caldo morado.

IV

Hoy apenas si veo la luz del día
cuando de improviso abrís la ropería.
Sacas la elegante botella de vino
pero a mí me dejas sin destino.

Todos los días tu recuerdo me atosiga.
De mi mente no hay forma que sacarte consiga.
Me desespero por encontrar algún consuelo
pero no puedo pensar en vos sin agarrar un pañuelo.

El eco de la nostalgia me sacude con cada vivencia
y la debilidad de mi corazón se pone en evidencia,
de tristeza me la paso entre llantos y suspiros;
en un gesto desesperado un último favor te pido:

no me dejes llorar sola y vacía
que sin tu compañía mi vida no tiene valía.
Por revivir el pasado todo te perdonaría,
brindemos por última vez en esta noche fría.

Panegírico a una persona querida

El jardín se muestra desolado. Una corta pero dura sequía marca su huella. Las flores apagan su color y se marchitan. El pasto pierde su vigor y se entristece de amarillo. Los grandes y robustos árboles, victoriosos de mil batallas, se bambolean abatidos, sus raíces vacilantes en el suelo que perdió su fuerza. La madre tierra se agrieta dolorida. El polvo de su padecimiento cubre todo y todos sufren con su dolor.

Hasta el sol, ese fiel compañero, parece soltar la mano cuando unos nubarrones oscuros lo cubren. En una calma expectante todo queda en silencio. La vida parece hacer una pausa.

De improviso, el rugido escalofriante de un trueno aturde la tarde. La tierra expuesta recibe los golpes de la lluvia que hieren sus resecas heridas y sucumbe ahogada en un denso barro.

 

El diluvio nos captura con su inesperada sorpresa. Nos agarra desprevenidos, incrédulos; nos impregna de llanto y aflicción; nos empantana en el sufrimiento. Por unos instantes nos quedamos atascados, atontados y aturdidos. Rociados de dolor.

Poco a poco el agua nos permea. Lentamente logramos asimilar su humedad. La tormenta pasa y la oscuridad del cielo se desvanece. Las nubes se despejan y el sol reaparece majestuoso y perseverante; infatigable y persistente, incansable y fiel, protector y compañero. Mira de lejos con sus ojos sabios e imperturbables pero cálidos y tiernos. En la frialdad del invierno nos abriga con su cariño. Con la perspectiva de su lejanía, con su sabiduría cercana, siempre atento a lo que pasa bajo su mirada.

Una prístina belleza se desnuda a contraluz. El aire está inmóvil. No hay viento, no se siente ni una ligera brisa, pero hay vida. La tierra que supo sobrellevar con entereza los vaivenes del tiempo regala su fruto. Los nutrientes acumulados son repartidos. Las raíces por ella aceptadas hace largo rato se afirman fortalecidas de ver el fin de la adversidad. Los árboles se ponen robustos, las flores se abren en un vistoso arcoíris, un campo incipiente de brotes muestra un camino verde de esperanza. Es el pacto eterno de la vida que sigue, de las sequías que se acaban.

Cuando la sorpresa y el dolor dan lugar a la reflexión observamos que entre las profundas grietas que forma la aridez, con los embates de la enfermedad y del tiempo, y la huella de brotes incipientes que trae la humedad, se hallan las caras contrapuestas de la vida. El dolor que da pie a la renovación, las heridas que nos lastiman y nos fortalecen, el valor que se manifiesta en el sufrimiento, el ejemplo que se revela en la adversidad.

La tierra supo ser fértil. Acogió la semilla, la germinó y la nutrió; la dejó crecer grande y libre. Sorteó con valentía batalla tras batalla en su afán de protegerla. Ahora la simiente agradece el gesto a la matriz que le dio vida, al humus que la nutrió, al tenaz terrón que nunca aflojo en la lucha y le rinde honor con el color de sus pétalos, con la firmeza de sus ramas, con el tapizado de su verde, desplegando para el mundo la belleza que la tierra, paciente y generosamente, cultivó.

Entrevista a un escritor

—¿Cómo es el día a día de un escritor?
—Bueno, agarrás y te buscás un lugar lindo para sentarte, donde puedas ver cosas y te sentás y mirás. Te quedás un buen rato, a veces una hora, a veces tres o cinco, y mirás la vida pasar. Tomás algunas notas de lo que te llama la atención, si querés, y si no simplemente observás.
—¿Eso es todo?
—Bueno, no. Después escribís sobre lo que viste y, si te interesa ser bueno, te ponés un buen rato a editar.
—¿Nada más?
—Bueno, después elegís qué te gusta de lo que lograste escribir (la mayoría es una cagada, lamentablemente, por lo que es necesario trabajar mucho; este es un laburo donde la mayor parte de lo que hacés está mal, casi como un meteorólogo, ¿viste?) y después tratás de enchufárselo a alguien y le implorás que tenga la caridad de tirarte unas monedas.
—Parece un laburo agradable.
—No está mal, la verdad. No es una cosa así como con mucho vértigo o dramatismo, pero por lo menos trabajás sentado.
—¿Y qué hacés para divertirte?
—Leer. Siempre hay algo nuevo para leer. También observar la vida pasar. ¡Ah!, sí, obvio: y tomar un buen cafecito.
—¿Nunca hacés algo?
(Acá el escritor me mira confundido, medio descolocado por la pregunta.)
—¿Algo? ¿Cómo “algo”? ¿Algo como qué?
—Y sí, ¿no vas a bailar, no jugás al fútbol, no vas al cine?
—Mmm, no, no, y a veces, pero no mucho. Voy al cineclub que es más económico y más interesante, ¿viste?
—¿No ves gente, algo?
—Sí, a veces no te queda otra. En esas situaciones tratás de zafar. O sea, a la gente no le importa mucho Dostoyevski o Flaubert ¿viste?
—¿Esto es todo?
—Ajá.
—¿Eso es todo?
(Me mira sorprendido)
—¿Te parece poco?

Lechonas insconscientes

Como tres grandes elefantes avanzaban las amigas. Amplios tapados cubren sus amplias polleras y sus enormes blusas. Caminan con una ligera torpeza que hace recordar a los pingüinos. Apoyan pesadamente un pie, giran el cuerpo y apoyan el otro. Se empujan, se cruzan entre sí y se ríen alegres.

La cuadra de la plaza se les hace larga. La noche es cálida y húmeda y ya llevan unas cuadras de caminata.

—¡Vamos gorditas que ya llegamos!—dice una.

—Si seguimos así en cualquier momento vamos a movernos rodando.

Se ríen de nuevo.

—¿Cómo va esa dieta Mary?

Sonrisas y miradas cómplices entre las tres.

—¡Ay, querida! Para que te voy a mentir. Arranqué bien el primer día pero después fue el cumpleaños del Héctor, ¿viste? y venía aguantando bien hasta que trajeron el rogel para apagar las velitas y bueno… vos sabes que el rogel es mi debilidad…

Risotadas generales.

—Ay si, los cumpleaños son la perdición, siempre están llenos de cosas ricas.

Nuevas carcajadas. La caminata continúa con esfuerzo y llegan a la esquina acaloradas. Rosa pone un pie en la calle lista para empezar a cruzar.

—¡Cuidado que está en verde!—le advierte Mary.

—¡Pero si no viene ningún auto!

—¡Vamos!—dice Nelly y aprovecha el envión de la bajada para dar un par de pasos. Mary la mira asustada, pero más miedo le da quedar sola.

—Son unas imprudentes—dice preocupada y avanza mirando a su izquierda.

Nelly y Rosa se ríen.

—Imprudencia sería quedarme esperando con el hambre que tengo—se le burla Rosa.

Cuando están por la mitad de la avenida, Mary ve un auto que se acerca.

—¡Viene un auto!—dice casi en pánico.

—¡Vamos, apúrense!—dice Nelly y dobla los codos y pega los brazos al cuerpo como si fuera a correr.

La situación es pintoresca. Asemeja una manada de paquidermos que avanzan como pingüinos sobre una sabana gris mientras bufan y jadean como búfalos.

Rosa es la primera en llegar a la vereda. Mira para atrás y se ríe divertida de sus amigas que avanzan. Nelly llega segunda. Se apoya contra el poste del semáforo y busca aire.

—¡Ay!—dice.

—¡Espérenme!—grita Mary.

—¡Dale!—la alienta Rosa.

—¡Ay!—repite Nelly.

El auto pasa—acarrea a un grupo de jóvenes imberbes—el conductor les grita “¡lechonas inconscientes!”

—¡Qué mal educado!—dice Mary, casi sin voz, manos en las rodillas y transpirando profusamente. Nelly mira el auto pasar.

—¡Vas a ver lo que te hace este lechón si te agarra, papito!—le grita Rosa.

Nelly y Rosa se miran y se destornillan a carcajadas.

—Sos una guaranga—la reta Mary.

—¡Vamos gorditas!—incentiva Rosa—¡Acá venden las mejores facturas y me muero de hambre!

Al ritmo de la moda

Un repiqueteo veloz capta mi atención. Un par de diminutos tacos se mueven con un paso cortito pero vigoroso. De ellos se elevan dos piernas que avanzan temblorosas. El temblor se origina en la dificultad de estabilizar una recatada caderita sobre una base tan puntiaguda y fina. El esfuerzo es doble porque además de equilibrar dos jamones que alcanzan para alimentar a toda la hinchada debe contrapesar dos bolsos, un bolsón y una cartera—que no es pequeña.

Dos brazos robustos (pero no extensos) sostienen los bártulos. Se sitúan a los extremos de un torso delicado centrado en una sufrida columna que hace contrapeso y baila al compás del repiqueteo. En el puesto de mando una cara sonrosada y suspirante, con dos ojos vivaces que miran de reojo para uno y otro lado. Con típica gracia femenina intenta mostrar seducción, pero no es difícil apreciar en sus cejas tensas que sus sentidos están puestos en el equilibrio.

El porqué de los tacos es un misterio. Suman más o menos siete centímetros a su altura pero no la hacen más alta: el ojo común igual la cataloga como petisa. Los acusados de siempre (las exigencias de los hombres, las de la sociedad o las de la moda) no son los causantes en este caso de semejante acto de intrepidez. La culpa está en la siempre presente, siempre espinosa, siempre fría y silenciosa rivalidad de mujeres, en la que se enreda una compleja combinación de deseo personal y crítica externa (a veces expresada; generalmente intuida). Siento un poco de piedad por su mujeril lucha mientras veo como su figura de trompo se aleja traqueteando en un zigzag inseguro.

Me pregunto cuanto más aguantarán las agujas de los tacos.

Limpieza pudorosa

El tacho está que rebalsa de basura. La joven, elegante y educada, se para ante él y mira con preocupación. Busca donde colocar su papelito. Mueve su torso como un delicado boxeador que busca donde pegar. Con cuidado y un poco de asco lo pone en un rincón. Su intento demasiado precavido fracasa y el papel cae al piso. Duda un instante pero decide seguir adelante: al menos lo intentó.