Soy

Soy melancólico
Soy aburrido
Soy apagado
Soy un esclavo
Soy un esclavo de mi apatía
Soy un esclavo de mi soberbia
Soy un esclavo de mis vivencias
Soy un esclavo de mis ausencias
Soy un esclavo de mis apariencias
Soy un esclavo de lo que soy, y estoy
Estoy condenado a ser un fracaso
Estoy condenado a vivir estancado
Estoy condenado a perecer en vano
Estoy condenado a derramar el llanto
Estoy condenado a no quererme tanto
Estoy condenado a vivir sin un mango
Estoy condenado a expirar sin un cambio
Estoy condenado a morir para escapar del espanto
Estoy condenado a esconder mi quebranto
Estoy condenado a vivir bajo un manto
Estoy condenado a ser un acto
Estoy condenado a ser
Estoy condenado
Estoy
Soy

Tener fe es importante

Yo tengo fe. No tengo guita, no tengo novia, no tengo un futuro muy prometedor, pero mi fe está intacta. Eso es lo importante, porque lo dice la Biblia: no sólo de pan vive el hombre. Aunque un mendrugo no me vendría nada mal en este momento porque ¿la verdad? la lija que tengo me está matando.

Tenía hambre

Llegó mi cerveza. Con los manises, por supuesto: como corresponde. A la par llegó ella, regordeta y emperifollada. Se pone en la mesa de al lado. Me examina. De reojo me mira, de refilón, como sin hacerse cargo de su mirada. Cuando la miro se hace la que nada que ver y mira para otro lado. Se hace la tonta, ya sé. Ella también lo sabe y lo mismo se hace la tonta.

Lleva zapatos rojos, un vestido largo de un gris oscuro y una bufanda del mismo color pero con un tono verdoso y un dejo metálico, como hecho con esos hilos brillantes que simulan oro sólo que este es de algún otro metal, un metal gris-verdoso. Me hago el distraído y sigo con lo mío. Ella sigue con sus miradas. No me contempla a mí, enseguida me doy cuenta. A pesar de mi buena pinta no le importo un pito: tiene otra cosa en la mira.

Agarro un puñado de manises y sigue el movimiento de mi mano con sus ojos negros. La miro de improviso y la sorprendo por una fracción de segundo antes de que vuelva a desviar la vista. La sigo examinando y ella como si nada, aunque noto que se mueve cada vez más inquieta en su silla.

Me mira y ahora me sostiene la mirada unos segundos; después ojea el platito de los manís. Enseguida me vuelve a mirar y después desvía la mirada y observa a su alrededor. Debe tener mucha hambre, pienso. Me vuelvo hacia atrás y me relajo en la silla como invitándola a dar el primer paso. Me observa fijo. Mira el maní y me vuelve a contemplar; entonces revolotea hacia mi mesa.

Ahora está alerta. Da un par de pasos tímidos mientras me vigila recelosa. No mira el maní: me mira a mí para ver como reacciono. Le sonrío, entonces deja de observarme y concentra su atención en el maní. Se arrima al platito avanzando en diagonal, con pasitos cortos y saltarines. Me relojea una última vez y le entra a dar duro.

Agarra uno con el pico, lo traga mientras eleva la cabeza y la baja para agarrar otro. Con una velocidad que me da vértigo come cuatro o cinco. Mientras come ni me mira, aunque está alerta. Hace una pausa y se aleja un par de pasos para digerir. Curiosea todo a su alrededor—siempre de reojo. Se acerca una vez más, ya más relajada, y engulle un par más. Me observa. Fijo me mira, como si quisiera guardar mi rostro de recuerdo, quizás también como si quisiera agradecerme; después se larga a volar.

Plaza 9 de Julio, Salta

La pausa inevitable

Caminar por el centro de Salta un domingo a media tarde es como caminar por una ciudad fantasma. No porque sea un sitio de tenebroso misterio sino por su deshabitada desolación. No se observan casi negocios abiertos: apenas dos restoranes y uno que otro café. La plaza está tan desierta que hasta las siempre abundantes palomas parecen haber emigrado.

Muchas veces no notamos como el entorno que nos rodea afecta nuestro comportamiento. El clima y la geografía nos influyen colectivamente y las actitudes colectivas nos impactan individualmente. Como un virus nos contagiamos unos a otros hasta que todos quedamos afectados. Nos convertimos en víctimas pasivas de nuestro medio con inconsciente inocencia.

En el Norte es un pecado contra las buenas costumbres no respetar la siesta pero, como podemos ver, no se trata sólo de costumbres. La tarde calurosa invita a serenarse. El cielo, totalmente despejado, deslumbra y pierde a la mente con la inabarcable profundidad de su tono azul. La pesadez posterior a un almuerzo generoso contribuye al letargo. Todo el ambiente contagia una sensación general de paz e intimidad, con algo de trascendental y de místico; una pasividad optimista—y soñolienta.

A pesar del embrujo melodioso de la siesta podemos observar algunos desorientados espíritus que esperan con resignación a que la tediosa monotonía se acabe. La mayoría de estos rebeldes son oriundos de tierras más frías y por eso no comprenden esta inactividad tan completa e improductiva. Sentados en los bares que rodean la plaza, unos terminan un almuerzo tardío mientras otros estiran la sobremesa con un café. Resignados a esperar, sin apuros ni preocupaciones, charlan relajados.

Su tranquilidad es sorprendida por la visita de un perro callejero. De raza caschi, con alguna reminiscencia de pastor alemán, su pelaje tiene el mismo tono opaco y uniforme de la tierra. El pañuelo atado a su cuello, de un verde descolorido con algunas manchas amarillas imposibles de calificar, le da un aire entre bohemio y hogareño. No está limpio, tampoco flaco. Con desgano se acerca parsimonioso a los comensales. Experimentado trotamundos sabe cuándo es el momento de hacerse amigo.

Sus ojos son tristes y sabios; también amistosos y tímidos. Los ojos de un norteño todavía no muy contagiado por el progreso. Busca con la mirada y la sostiene cuando lo miran; no pide nada, sin embargo. No es que se haya resignado a una vana espera: nunca perdió su inocencia lo suficiente como para inventar expectativas. Es un ser simple que vive una vida sencilla. Su sereno equilibrio genera empatía en los turistas que alegres por la novedad de su compañía le ofrecen una caricia o alguna sobra que haya quedado en su plato.

Cumplida la rutina con la que se provee su almuerzo Queco se aleja con la misma tranquilidad silenciosa con la que se acercó. No tiene mucho que hacer pero no está aburrido. Aunque le cuesta resignarse a la pausa inevitable tiene pocas alternativas; entonces se deja contagiar por la parsimonia en que se sumió la ciudad y busca un rinconcito tranquilo y soleado para dormir.

Empieza a caminar sin rumbo con un andar ligeramente torpe. Inmóvil por un momento, espera sin saber qué. Ve que no hay nada que mirar y entonces continúa con su búsqueda. Pasea indiferente hasta encontrar un lugar de su agrado. Da un par de vueltas sobre él para acomodar la dura y seca tierra de la plaza. Hace una pausa y escudriña a su alrededor con la esperanza de encontrar una señal que le permita evitar la situación—pero no llega. Agacha vencido la cabeza y pisotea un poco más su rincón antes de acostarse.

Como toda persona a punto de sucumbir al llamado de la siesta, sus acciones y su mente se aíslan en ese instante del mundo. Batalla concentrado con su cuerpo mientras busca una postura cómoda. No es fácil y entonces algunos movimientos fastidiosos se suceden antes de encontrar la posición inmejorable. Una vez ajustado pispea a su alrededor: busca de nuevo, por hábito pero ya sin deseo, alguna novedad en el horizonte. No la halla y ya que está dispuesto se relaja.

Refriega su cara contra el suave cepillo de sus piernas. Mira hacia adelante aletargado; el sopor de la siesta ejerce presión sobre sus ojos. Se relame y vuelve a recostar la cabeza dócil sobre su regazo. Casi parece sonreír ante la expectativa del placer pequeño pero profundo y sentido de dormir un rato al abrigo del sol.

El piso es duro

Me ofrecieron una silla, pero me hice el interesante y preferí el piso. “Me gusta la perspectiva que tengo”, expliqué. ¡Qué boludo! No aprendo. Ahora tengo los cachetes del culo que parecen dos ruedas de tractor desinfladas, no siento la pierna derecha hace siete minutos y el dolor de la espalda me asesina con paciencia. Encima esto va para rato…

Pequeño drama cotidiano

Tomi tiene la camiseta de Messi, la del Barça. El número diez en la espalda y el nombre de su ídolo sobre él. Llegó primero a la plaza por que corrió el último tramo. Con la pelota lista espera inquieto a que llegue su papá.

Oscar se acerca tranquilo: es domingo y se toma las cosas con calma. Charla con Helenita que le hace las típicas preguntas que una nenita de tres años puede hacer. Sonia camina más rezagada, entre abstraída con sus dilemas existenciales y presente para disfrutar con la vista de su familia contenta y en paz.

Con ademanes pacientes Oscar se para unos metros frente a Tomi a la espera de su impreciso pelotazo. Helenita mira la situación encantada y avanza hasta interponerse entre su hermano y su papi. Ahí se planta. Se acomoda con delicadeza sus rulos y queda lista para jugar.

Tomi suspira enojado mientras pide al cielo una justificación para su infortunio. Busca con ojos resignados la mirada cómplice de su padre. Mientras tanto Sonia se acerca a la escena. Mira divertida a Helenita. Una sutil sonrisa se le dibuja en el rostro con el recuerdo de situaciones similares vividas alguna vez.

—¡Dale, pateá!—indica Oscar; pero Messi no está a gusto.

—Que se corra—dice mientras estira el brazo y gira la mano para señalar lo evidente.

—¡Patia Tomi, patia!—se escucha una tierna y fresca voz femenina.

Tomi bufa enojado. Sonia lo mira censuradora. No quiere que la normalidad familiar le arruine la imagen idílica de su familia que tan bien se desarrolla… y se lo comunica a Oscar de reojo. Él comprende y no quiere problemas; también tiene intención de disfrutar de un domingo tranquilo. Se acomoda sobre una pierna.

—No importa, pateá, ya se va a ir—intenta conciliar.

—¡Pucha, siempre lo mismo!

Helenita sigue a la espera, totalmente ajena a la situación que la tiene como problema. Reacomoda su “bebe” que es acogotado con cariño bajo su brazo. Los rulos desordenados por el viento, el vestido rosa y el tosco abrazo a su bebe enternecen su imagen. Sonia se siente en el mundo utópico de una publicidad: todos alegres y dichosos enmarcados por un cielo despejado, una temperatura agradable y un atardecer que con suavidad abre las puertas a la noche.

Tomi toma distancia, mide el objetivo y patea. La cara de Helenita rompe el más duro de los corazones con su llanto mientras su “bebe” vuela despedido. La cara de Sonia se transforma con una mueca. Oscar mira para el costado y después, resignado, camina hacia Helenita y levanta en el camino al bebe.

—Tomi me pego—dice entre sollozos Helenita.

—¿Era necesario Tomás?

—Y bueno… siempre lo mismo: me tiene harto.

—Es tu hermana, tenés que tenerle paciencia. Además sólo quería jugar con vos.

—¿Po’qué me pegaste Tomi?—pregunta ella mientras moquea y recupera el aire.

—Estábamos jugando nosotros. ¿Por qué siempre se tiene que meter?

—Pedile perdón—exige Sonia mientras sube en brazos a Helenita.

Tomi no dice nada. Cabizbajo se mira los botines. Helenita lo examina buscando una pista que explique porque la odia tanto. Sonia mira a Oscar en silencio pero con ojos duros. Él fija su vista incómodo en la muñeca todavía entre sus manos sin decidir para que lado rumbear. Finalmente toma aire.

—Pedile perdón Tomi, no tenés que hacer eso.

Tomi lo mira de reojo, un ligero rubor colorea sus mejillas al verse traicionado.

—Perdón…

La disculpa llega con palabras estiradas mientras la rabia se diluye en vergüenza. Camina hacia su pelota con la vista en el piso. Helenita lo sigue desconfiada con la vista. Sonia también lo sigue, pero con otro tipo de mirada.

—Si te perdono Tomi—decide finalmente Helenita con puro amor infantil y corre torpemente a darle un beso con abrazo. La vergüenza de Tomi se acrecienta mientras un lagrimón brota de sus ojos.

Soberbia

—Creo que tengo un problema de soberbia inteligencial y cultural
—¿Qué es eso?
—Dicho en pocas palabras, todos me parecen una manga de pelotudos ignorantes.
—¿Y vos qué?
—¿Yo? Yo soy el rey de los pelotudos, pero por lo menos me leí un par de libros.