Minientrada

Vidriera

Todo negocio
un café, un banco, donde te cortan el pelo
es un escaparate
de ventanales inmensos y luces brillantes
donde la exposición en vidriera
sos vos—vos, hecho producto,
y todos te miran a su paso
y vos mirás a todos desde tu silla
y varios anhelan estar en tu sitio
y vos disfrutás ser el centro de anhelos.

Minientrada

Inocencia

Su coordinación es imperfecta, lo mismo que su perspectiva y la noción de su cuerpo. Quiere agarrar la pelota, pero se pone demasiado cerca y la patea cada vez que se agacha estirando los brazos. Así lo intenta cuatro o cinco veces hasta que frustrada se larga a llorar y llama a su mamá; la pelota, medio metro más adelante, parece decir “yo no tuve nada que ver, no es mi culpa”.

La despedida

Un beso dulce que sabe amargo,
un abrazo que no se puede soltar;
una sensación convertida en nostalgia,
un recuerdo que empieza a asentar;
una emoción que sufre contenida,
una aflicción que no se quiere mostrar;
una voz cohibida que calla mucho,
una mirada triste que no para de hablar.

Una profunda mirada intenta retratar
como una cámara de fotos emocional;
una acariciante mano busca esculpir
los rasgos frágiles de una presencia sutil;
una certeza estéril el saber que es lo mejor
porque la separación igual rompe el corazón;
una fría y monótona voz se interpone al dolor,
la del guardia que exhorta al último adiós.

La tristeza que se expresa rendida,
la humedad que se queda contenida;
el alma que se contrae afligida,
el dolor que crece y aniquila.

Una calma que demora en llegar,
una zozobra que no se puede ocultar;
una rutina que ayuda a olvidar,
una realidad que obliga a continuar.

Minientrada

Boludo—pero no tanto

A veces cuando veo a los jóvenes de hoy (y disculpen si sueno como un viejo choto) me pregunto si yo era tan boludo a esa edad. Cuando les pregunto a mis amigos todos me dicen que sí, que éramos igual de boludos. A mí me cuesta aceptarlo.

Obviamente éramos más boludos: a los veintipocos uno lo es más que a los treintaipico. Además sigo siendo un boludo: eso no está en duda. La pregunta es si era (o éramos) tan boludos.

—Sí, éramos igual de boludos—me insisten ellos; pero yo soy incrédulo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que yo haya sido tan boludo? Y si es así, ¿cómo nadie me dijo nada o me cagó a trompadas?, como a mí me gustaría hacer.

—Si te lo decían, boludo.

—Si vos eras uno de los más boludos del grupo.

Yo los miro a estos dos boludos, con la boca abierta y los ojos grandes, entre la sorpresa y el horror. ¿Cómo puede ser?

Amor a la vista

Mientras marchamos por la vida nos miramos unos a otros. Aunque la mayor parte de esas miradas no pasan de un instante y casi nunca se vuelven a cruzar, no dejan de dialogar. En ocasiones, más que conversar esbozan pequeñas historias que germinan a veces progresivamente, a veces vertiginosamente, en nuestras abstraídas mentes de transeúntes. En la mayoría de las ocasiones no son más que cotidianos eventos intrascendentes, pero en alguna que otra oportunidad progresan hasta convertirse en dramáticas y emocionantes telenovelas llenas de amor y desencuentros.

A veces las retinas expandidas exponen un amor ardiente. Un deseo profundo y latente que se descarga como un rayo. Los ojos, los rostros o una sonrisa comparten un universo de adoración en un efímero instante.

Otras veces sentís que esos ojos fulgurantes esconden una divinidad ajena a tu insustancial realidad. Boquiabierto admiras esa realeza como un sumiso vasallo que percibe en su soberano a un enviado de Dios.

En ocasiones la comunicación es romántica y tierna. Cruzás la vista con una de esas miradas llenas de dulzura en una persona a la que te gustaría morir abrazado. Tu corazón queda palpitando por un lapso, tu mente divagando en epopeyas de amor y perdices.

A veces tu amor sufre despechado. Mirás con ojos lujuriosos y la boca llena de baba, pero recibís a cambio una inspección dura y cortante que te ignora con menosprecio. A veces tu mirada deseosa y ansiosa encuentra unas pupilas que manifiestan la paz de una estable pareja amorosa, retinas que te miran con chanza porque empatizan con tu situación pero disfrutan con gozo de la suya.

A veces el amor es imposible. Las miradas se cruzan—pero tarde y dejan flotando en el aire la sensación de algo perdido, como cuando se te ocurre una idea legendaria a la que una distracción vaporiza y queda perdida por siempre en el éter.

A veces te enamoras en secreto. Empezás a imaginarte con tu media naranja en un romántico cuento de hadas hasta que el otro abre la boca y te das cuenta que es un tomate podrido. Sus palabras repercuten en tu pensamiento como una autobomba que avanza con la sirena puesta y los bomberos dispuestos y a toda máquina apaga en un instante el fuego de tu arrebato.

A veces te sostienen la mirada unas pupilas persistentes y delirantes de entusiasmadas hormonas adolescentes; a veces son unos ojos maduros y solitarios los que te curiosean con un coqueteo sutil. A veces observas deleite y alegría, a veces una mortificada desesperación; a veces los ojos muestran un ser que perdió toda esperanza, a veces son dos tímidos soles que vuelven a clarear luego de una larga noche; a veces son miradas cohibidas, secas de tanto lagrimear; a veces son ojos decididos que previsiblemente se van a golpear.

Epopeya de una realidad meritoria

I

Los contactos son un capital importante:
uno puede ser vago, irresponsable e ignorante,
pero si tiene buenos amigos
las puertas se le abren.
Así es como pasó un día
en que había que cubrir una vacante.
El puesto estaba por ser otorgado
a un candidato de perfil impecable,
pero unos minutos antes
de esa elección tan destacable
el dueño recibió un pedido:
un querido amigo de la facultad
recurría a su apoyo afectuoso
para colocar con él
a su más ilustre pimpollo
que, —¿viste como es?
Está medio perdido…
Necesito que enfoque su mente
y avance recto
por lo menos un trecho…
—No te preocupes, querido,
mandalo nomás, que de él
yo me hago cargo.
Así te encontrás de sorpresa un lunes
con el gerente anunciando
tu nuevo jefe,
que a partir de ese aciago día
hará que maldigas tu suerte.
—Juan es de lo más competente,
dice el capo delante de todos
mientras el otro lo mira bochornoso
acalorado por comentario tan temeroso—
empieza hoy y promete mucho…
Bueno, los dejo tranquilos y solos
para que aprovechen
y se conozcan un poco.
El patrón se retira del grupo
dejando tras de si
un silencio muy sustancioso.
El nuevo superior
sonríe como un bobo
y la calma expectante
queda oscurecida de pronto.
Junta valor para dar su primer mensaje
las palabras que sellarán
la suerte de todos.
—No se crean todo lo que dijo,
dice sudando vergonzoso,
pero sé que juntos vamos a alcanzar
destacados logros.
Risas forzadas y apretones de mano
disimulan las caras de espanto;
miradas furtivas e incrédulas
acompañan su lento retorno al despacho.

II

Cuando los retoños toman el poder
se encuentran con un dilema de engorro:
no saben que hacer
sentados en su escritorio.
El problema con estos genios
no es sólo que no pueden ser productivos:
tampoco dejan serlo a los otros.
Se sienten mal
al ver el laburo ajeno
y a él le quieren adicionar
su pequeño grano de arena.
Con ello lo único que logran
(indefectiblemente)
es desarrollar
un gigantesco agujero negro.
Por eso si ves algo que no cuadra
en un trabajo por lo demás muy bien hecho
ya sabés quien fue
el que ofreció su sabio consejo.
Por suerte sólo se fijan
en lo que para ellos es más importante:
el diseño y su aspecto;
así que a corregir esos dobles espacios,
a resaltar con negrita, cursiva y subrayado
y poner bien grande y en el centro
ese elemento horrible
que se le ocurrió debía ir,
en un arrojo,
a su ingenio.
Sus variadas habilidades
para disfrutar de la vida
chocan con una realidad peliaguda
cuando llega el momento fatal
de tomar decisiones,
dirigir el equipo
o resolver los problemas.
Frente a cada proposición disyuntiva
no saben con que alternativa
van sellar su destino
y el de todos los otros.
Ante cada opción elegida
queda expuesta su desnudez
para oculto sarcasmo
de sus atónitos subalternos.
Incrédulos éstos miran
a esta bestia ignorante
dar confusas explicaciones
a las respuestas requeridas,
cada una de las cuales
cuesta en gran parte ser digerida
y es imposible de ser emprendida.
Aquel, como un animal en peligro,
busca liquidar el asunto espinoso
para refugiarse en su oficina
y evitar por un rato el sofoco.
Por encima de su monitor
atisba temeroso
la reacción de aquellos salvajes
que con garras le mostraron
el conocimiento y la destreza.
No es que le preocupe la burla
de éstos sus criados
(eso lo tiene sin el menor cuidado)
pero no quiere quedar mal parado
ante el amigo que generosamente
le dio la mano.

III

La solidaridad, empero,
es el código de honor
entre los que se encuentran en falta
y por cada necio puesto a dedo
siempre hay por ahí
uno o dos zalameros.
La amistad crece con envión y sin freno
entre el inútil que busca un aliado
y el que para vivir
está a todo dispuesto.
Empleado bien entrenado
que a todo lo que dice el jefe
asiente
y de cualquier chiste se ríe
como un simpático bufón
ante su soberano.
Sumiso se muestra ante su jefe,
ingenuo ante sus compañeros.
El equipo lo mira como a un traidor
que indiferente tira al tacho
tanto arduo trabajo
por acatar la expresa orden
de un mandamás irritante
que hace planteos tan dignos
como la opinión de un infante.
Como un chiquito obediente
replica las quejas de sus colegas
respondiendo con cara de sonso
que él no tiene la culpa de todo.
Los peores son, sin embargo,
los que en el medio se quedan.
No cortan la relación con los chupamedias
y a la par de los otros se quejan;
pero de frente al jefe
silenciosos esperan:
no se arriesgan ni a elevar
un tono su voz.
Con cara inocente miran sorprendidos
la frustración de los otros
enojados con ellos
por su neutral timidez.
Como diplomáticos del Vaticano
quieren unir a todos
como si fueran hermanos;
igual que aquellos ilustres santos
son sus resultados.
Contra jefes salames
y compañeros zalameros
los demás siguen su lucha
con perseverante denuedo.
Una batalla estéril
de resistencia agotante
contra tan poco ingenio
y tan enorme flojera.
Poco a poco
los ánimos tibios se incendian
y las discusiones se caldean,
pero despacio la bronca se asienta
hasta que el cansancio
la apaga del todo.
Los mejores
(o más suertudos)
comienzan su retirada
a horizontes mejores;
los otros
ven crecer su desesperación
hasta convertirse en sarcasmo.
Negativos, críticos e insoportables
ya no se bancan más el desastre,
pero por un motivo o por otro
nunca abandonan la nave.

IV

El mundo sigue
entretanto su rumbo
y en la inverosímil dimensión del demérito
los jefes impresentables
logran subir otro puesto.
Como son agradecidos
de aquellos que agua les dieron
mientras paseaban por el desierto,
utilizan su reposado dedo
para elevar con ellos
al más meloso de sus subalternos,
generalmente—el peor de todos.
Así se escribe la carrera meritocrática:
la amistad, la conveniencia y la experiencia
(para chupar las medias)
abren las mejores puertas.
Pero nada teman
los que privilegian otras competencias:
todo inútil siempre necesita alguien
que haga la parte que le cuesta
(después de todo
el área tiene que funcionar.)
Lo único que pide a cambio
es que no se le discuta
(no importa lo absurdo de lo que diga,)
que le dejen llevarse el mérito
(porque quiere mostrar su agradecimiento
con aquél que le dio el puesto)
y que sonrían y lo entretengan
cuando aparezca cada dos minutos
a matar los resquicios de tiempo
en su agenda exhausta de compromisos.

El boliche más inclusivo de todos

Existe una utopía a la que todo filósofo debería tomar de modelo,
un lugar que se busca con más empeño que la entrada del Cielo;
donde todos tienen la puerta abierta y nadie se queda afuera,
donde todos son iguales y nadie mira al otro en forma altanera;
donde no importa si sos alto, bajo, rollizo o delgado,
si sos negro, blanco o de un marrón no categorizado,
si llegaste al mundo recién o festejas este día como uno ganado,
si estás en la flor de la vida o tu vida es una flor que lentamente marchita;
donde no importa si sos hétero, gay o transexuado,
si tu situación es casado, viudo o algún otro estado,
si cambiás todos los días de novia o estás solo y mortificado,
si salís seguido con tus amigos o te la pasás aislado en tu pieza;
donde no importa si sos budista, judío, musulmán o cristiano,
si crees en Dios o sos un ateo que nunca se ha confesado,
si sos obrero, clase media o un cerdito acaudalado,
si sos de izquierda, indiferente o más bien derechista;
donde no importa si tenés un trabajo digno o estás desempleado,
si sos cumplido, serio y honrado o un transgresor por la policía buscado,
si vivís en una villa o en el más exclusivo barrio cerrado,
si te sobra el dinero o no te alcanza ni para dos galletitas;
mientras tengas un billete de circulación válido
o un rectángulo con tu nombre hecho de plástico
(y que cuando pase por el aparato diga que tenés saldo)
podés entrar al boliche más inclusivo de todos;
pero si no tenés un medio de pago a mano,
vas a aprender lo que es el ostracismo, estar out y ser ignorado
porque este club es un lujo…
pero sólo para los que están invitados.

Cita

Últimamente me descubro con frecuencia hablando solo. Dicen que no es tan grave, mientras uno no se responda. Yo no sólo me respondo, sino que discuto y me enojo.

Raymond Chandler